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La Escuela Newbery mostró todos sus aviones

Publicado: 27/11/2015


Un Gloster Meteor en condición de vuelo, un T-28 único en el mundo y máquinas que dejaron de surcar los cielos para formar técnicos y mecánicos aeronáuticos. “Los estudiantes piensan, crean, diseñan, prueban materiales y construyen”, explicaron los docentes a Castelar Digital.

La estrecha cabina de un avión de combate. Asiento rígido y olor a combustible. La vista clavada en los añejos relojes que muestran el incremento de las revoluciones. Nacido en el final de la Segunda Guerra Mundial, un Gloster Meteor IV está dispuesto para que el público conozca el rugir de sus motores. Pintado de verde y gris y portando en los laterales de su fuselaje la escarapela celeste y blanca, la vieja máquina no está comandada por un militar, ni siquiera por un piloto, sino por un adolescente y estudiante secundario que siguiendo el procedimiento aprendido le da vida otra vez a sus dos viejas turbinas.
La escena que puede ser parte de una película de ficción, es una vivencia común en noviembre de cada año en la Escuela Jorge Newbery de Villa Luzuriaga. La Escuela Técnica Nº 1 de La Matanza realizó el viernes 20 de noviembre su ExpoNewbery, una muestra sobre los trabajos que realizan sus estudiantes a lo largo del año y que además presenta a los vecinos el material didáctico con el que cuentan los profesores y alumnos para cumplir los cursos. Aviones de combate, de transporte, de entrenamiento, gigantes turbinas que dieron vida al Boeing 747, motores de vehículos de calle, robots, grúas automáticas, tornos eléctricos, y mucho más,  explicado por los alumnos.

La Newbery, tal como la llaman quienes la conocen, es una escuela técnica de más de 70 años que brinda las carreras de Técnico Electromecánico y Técnico Aeronáutico, forma y ha formado a miles de mecánicos especialistas que trabajan a lo largo de todo el país y en el resto del mundo. Cuenta en su interior con aviones históricos y únicos en su especie, como ser un Douglas A-4Q Skyhawk, veterano de Malvinas, un T-28, el último sobreviviente de entre los que operó la Armada Argentina en sus portaviones, y un inmaculado Gloster Meteor de los que utilizaba la Fuerza Aérea en Morón, entre otras naves.

Nacida en la década del 40 -como una escuela de artes y oficios- siempre dedicó sus aulas a la enseñanza de la mecánica aeronáutica y otros sistemas. “El primer edificio estuvo en Morón, frente a la plaza”, explicó ante las consultas de Castelar Digital El profesor Tibaldo Santana, jefe general de la enseñanza práctica en la escuela. “Funcionó donde ahora está el Instituto de Previsión Social, donde también funcionó el Colegio Nacional de Morón. En ese momento había un grupo de gente visionaria que quería armar una escuela de aeronáutica, era gente del Comando de Aviación Naval. Estuvo en Morón hasta que lograron la ubicación del predio. Era un asilo de huérfanos abandonado, ubicado en Don Bosco, entre Almafuerte y Arieta, la ubicación actual del colegio”, explicó Santana.

“Primero se hizo un galpón para tener los aviones. Había un Glenn Martin, un Grumman. Había una escuadrilla entera de Dewoitine, había un Stearman, todos aviones de la Armada en desuso. Había un helicóptero, un Sikorsky S-55, panzón con el motor radial en la trompa. Eran elementos valiosos, al Grumman le decían ‘zapato volador’: tenía como un zapato abajo, era un avión con un bote  y con un motor radial. El Glenn Martin, tenía el premio de diseño de los bombarderos”, destacó el docente. El Glen Martin fue un bombardero bimotor que voló en la Armada desde fines de la década del 30 hasta comienzo de los 50, durante el mismo período voló el Grumman  J2F6 Ducks, un hidroavión de observación. Estas dos máquinas duermen hoy en Estados Unidos. “Eran los únicos que quedaban. No había más, los pidieron desde un museo”, relató Santana y lo completó el Profesor Eduardo Giménez, jefe del Departamento Aeronáutica del Newbery: “Ese Glenn Martin era el único que quedaba en el mundo y hoy es el único ejemplar del mundo. Está en el Museo de la Fuerza Aérea Norteamericana en Dayton,  Ohio. Tiene la inscripción, un cartel que dice que es el ejemplar de esta escuela”.

Con el paso de los años la Armada brindó otros aviones y se sumaron también ejemplares y turbinas de la Fuerza Aérea y empresas privadas con los que los estudiantes aprendieron todos los procedimientos de mantenimiento de las aeronaves.

La ExpoNewbery

La fama de la escuela y el material con el que cuenta, llevaron a los directivos y alumnos a encarar a fines de los noventa la posibilidad de mostrar todo lo que se trabajaba a lo largo del año en cada curso. Nació la ExpoNewbery que no solo convocó a los familiares directos de los alumnos, sino también a vecinos, curiosos y amantes de la aviación. Desde las primeras muestras el acto que coronaba cada jornada era el encendido de los aviones en dotación.

“La expo debe tener 17 años. Fue una muestra para mostrar nuestras potencialidades. La convocatoria es muy grande, se redujo en los últimos años en la extensión al fin de semana. Se hace sólo el viernes y eso limitó la gente, pero es mucho trabajo lo que se muestra”, explicó  el profesor Giménez.

“La Expo tuvo continuidad, se realizó todos los años. Con más o menos participación”, destacó Gustavo Rey, director del colegio, y continuó, “algunos años atrás teníamos la modalidad de poner en marcha las aeronaves, pero con el tiempo, la edad de las maquinas y al tener mucha carga de público, preferimos evitar los peligros. Son prácticas que hacen los alumnos, se hacen las puestas en marcha durante la cursada. Pero sin autos, con los alumnos necesarios, con los equipos de seguridad y a lo sumo un grupo reducido que esté viendo pero lejos del avión. No podemos hacerlo con este caudal de público. Que a veces se ha desbordado, alguien que se acerca… los alumnos la práctica la hacen pero unos días antes, unos días después y dejamos la ExpoNewbery como muestra estática con todos los trabajos que se hacen”.

“En esta expo se mostraron los tornos en marcha, el taller de mecánica funcionando a pleno, un laboratorio zonal de ensayo industrial que no existe en otra parte. Cómo manejamos los que serían los saberes sobre materiales. Este laboratorio nos permite probar todos los materiales que vamos a utilizar en nuestros proyectos. También vamos a abrir un taller aeronáutico y otro electromecánico para probar alternadores, tenemos el equipamiento. Los chicos piensan, crean, diseñan, prueban materiales y construyen”, completó Tibaldo Santana.

Profesores y aviones

La charla llevó hacia nombres y máquinas, hombres e historias. El diálogo recordó a un antiguo profesor del establecimiento, Mario Moretti, el Loco Moretti, famoso por su carácter y su enseñanza, y que se transformó hace años en el protagonista de una Anécdota de Dante Pena, el lector de Castelar Digital que desde España narró para la web sus vivencias a principios de esta década. Sucede que cada alumno que completa su carrera en el Newbery queda ligado con la historia y el legado del colegio y sus docentes. Los entrevistados en esta nota, y la mayoría de los profesores que allí dictan sus clases, fueron primero alumnos del Newbery. La experiencia de un lado y del otro en el aula hace a la relación y el entendimiento entre docentes y estudiantes.

Los conocimientos de los docentes se plasman en los talleres que se realizan en contra turno tanto para la carrera de Técnico Aeronáutico y Técnico en Instalaciones electromecánicas. Los alumnos cuentan con tornos para trabajar madera y metal, con motores a explosión interna, ya sean nafteros o diesel y todo tipo de herramientas. Empero, destacan los aviones con los que cuenta el colegio.

En el patio del Newbery se puede apreciar a un A-4Q que formó parte de la Tercera Escuadrilla de Caza y Ataque del Comando de Aviación Naval de la Armada Argentina durante la Guerra por las Malvinas y que actuó en al menos 8 misiones incluida una el 25 de mayo en la que bombardeó e impidió el desembarco de tropas cerca de Puerto Argentino. “Esta máquina vino en el año 91, fue la última de todos los aviones que llegaron entero. Estaban dados de baja, el avión para su traslado no podía llegar armado, por espacio y peso, vino desarmado, con un motor en un contenedor, pero con faltantes. No era ya un avión volable... Venía con la espina dorsal cortada, le faltaba un pedazo del paquete central eléctrico”, rememoró Giménez.
“En una ExpoNewbery los alumnos casi lo ponen en marcha. La llama hubiera roto todos los autos de Arieta. Consiguieron de todo: un arrancador y todos los elementos necesarios, lo escondieron todo y lo fueron haciendo. Hicieron un barrido en caliente, que es inestable porque los aviones se dan vuelta por el torque. Estos chicos con otro proyecto le fueron cargando combustible sin permiso y lo quisieron arrancar. Cuando sentimos el olor del combustible los queríamos matar”, contó Santana.

Otro histórico y particular avión que se aprecie en el Newbery es el Percival Prentice, un avión de factura británica en los primeros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial que la fuerza Aérea Argentina utilizó desde 1949 hasta 1960. “Este avión llega a principios de los 60. Era utilizado por la Escuela de Aviación Militar de la Fuerza Aérea. Este en particular llegó al colegio desde Reconquista. Quedan muy pocos en el mundo. De todos los pocos que quedan, en los medios e internet siempre nombran al del Museo Nacional de Aeronáutica de Morón y este que está acá”, explicó Giménez.

El más grande en tamaño de los aviones del colegio es el Beechcraft C-45. Se trata de un avión con dos motores radiales utilizado como transporte ejecutivo y traslados. Opero bajo las órdenes del Comando de Aviación Naval de la Armada entre 1960 y fines de los 70. “Es el único que quedó de los pocos que operó la Armada. Este llegó al colegio luego del supuesto Conflicto con Chile. Vino pintado de marrón y verde, camuflaje de combate”, contó Santana.

El T-28 es otro de los más bellos aviones del colegio. Se trata de un entrenador avanzado, embarcado y con capacidad de combate. Cuenta con dos puestos, uno para el instructor y otro para el aprendiz que se sientan en tándem detrás de un poderoso motor radial. Volaron con colores argentinos desde 1966 hasta 1979. “Este T - 28 es uno de los doce que fueron modificados para que puedan operar desde portaviones y es el único que queda. Gran parte de los jefes de la armada, pilotos, fueron instruidos en ese avión, cuando vienen acá lo miran y lo miran. Se ponían locos, porque lo ven como lo vemos nosotros al Newbery ”, completó Santana.

El material aéreo se completa con turbinas y motores de distintos tipos de aviones pero destacan las últimas dos joyas recibidas por el colegio, dos turbinas JT8 y JT9 que equiparon aviones de la familia MD80 de Austral y Boeing 747 Jumbo de Aerolíneas Argentinas, respectivamente.

De la muestra destaca por su estado y por su historia, fuertemente ligada a la historia de Castelar, un Gloster Meteor IV que en sus mejores épocas cortó el aire despegando desde la Base Aérea de Morón. Se trata de un avión caza diseñado en la Segunda Guerra Mundial que fue uno de los primeros aviones a reacción operativos de la historia. Llegaron a Argentina a fines de la década del 40 y fueron las máquinas más poderosas y veloces con las que contó la Fuerza Aérea en aquellas épocas. Voló hasta 1970 cuando se desprogramó todo el sistema de armas. Uno de ellos protagonizó el accidente aéreo en Castelar de marzo de 1958 a metros de la Escuela 17 de Castelar sur. “El Meteor vino en el 72. Estaba completo, estaba en marcha, menos con comunicación venía con todo. Sin armamento ni sistemas de comunicaciones. Como muchos de nuestros profesores eran militares tuvimos el gusto de conocer al jefe la escuadrilla de Gloster.  Durante mucho tiempo, la avenida que pasaba frente a la base de Morón llevó su nombre, Pierrastegui.  Siempre nos invitó y nos llevó a volar. Una vez nos llevó en un avión Morane Saulnier Paris. Es un avión de cuatro plazas, Él iba adelante con el teniente Flores y yo atrás con un compañero. Pierrastegui descompensó el avión con un dedo y le dijo al Teniente que se hiciera cargo del avión que nos iba a enseñar vuelo invertido. Cuando soltó el bastón para que lo tome el Teniente el avión inmediatamente empezó hacer vueltas, porque lo tenía descompensado, lo traía a palanca y pedales. Lo que me acuerdo es que yo tenía un encendedor Ronson y golpeaba contra el techo de la cabina junto con mis monedas”, rememoró Santana.

“Nosotros somos contemporáneos de los accidentes de los Gloster”, señaló Giménez y continuó Santana, “estaba en la escuela primaria cuando cayó el Gloster en Castelar. Yo estaba en la escuela 14, que está sobre Yrigoyen en Morón,  y el avión cayó en la 17. Escuchamos el despelote, pero no sabíamos que había pasado. Después nos dimos cuenta que había pedazos de turbinas por todos lados. Fuimos y vimos la figura del cuidador de la plaza marcada en la vereda, lo calcinó cuando pasó por la playa. Después de ese accidente pusieron la barrera de contención, una red que si el avión se iba de pista lo atajaba. También presencié el accidente sobre el asilo”. En 1956 dos aviones mientras realizaban prácticas en los alrededores de la base se tocaron y cayeron a tierra. Si bien los pilotos lograron saltar los restos de las máquinas cayeron en el asilo de anciano Martín Rodríguez ubicado en Ituzaingó. “Es interesante recordar que no tenían escape, la manera era liberar la cabina, girar, soltarse y dejarse caer. Pero había que tener cuidado que no lo agarre la cola. No recuerdo ahora si cuando fue el accidente del asilo que se chocan dos, u otro accidente, donde uno de los pilotos saltó y el avión tenía una aleta como tiburón con una antena,  y esta le cortó la pierna. Después se cambió la antena. Estando en el barrio escuchas. Imaginate que la bola de fuego, nosotros estábamos en la calle, la vimos desde Morón”.

“Otra de aviones: Soy testigo también que cuando tenía 13 años, más o menos en el 55, que andábamos en bicicleta por Morón, había dos B-17 Fortalezas Volantes privadas que habían estacionado en la Base de Morón y no le dieron  patente de vuelo. Las terminó desintegrando la gente. Estaban completos, dos bombarderos B-17. Cierro los ojos y veo los matafuegos en los parantes, la gente se metía adentro se llevaba suvenires”, finalizó Santana.

Los profesores también recordaron que durante algunos meses la escuela contó con el fuselaje de un Fairchild F-28, un avión biturbo hélice que operó la empresa CATA desde la Base de Morón y que por problemas judiciales debió dejar el colegio.  Los relatos sobre vuelos, aviones y anécdotas sobre alas se suceden mientras la ExpoNewbery se llevaba a cabo.

“Son 1300 alumnos, en 50 divisiones de Primero a Séptimo. En el taller, a contraturno, son 110 grupos. Es una escuela muy grande. De La Matanza es la más grande y de la provincia habrá sólo cuatro o cinco con más alumnos. El colegio tiene identidad propia, no hace falta que la ubiques, decir La Newbery y ya saben dónde está. Se le da la impronta propia cuando se construye este edificio. La escuela ya tenía identidad, pero con este edificio, grande que se ve de todos lados, no pasa desapercibido. Entonces eso hace una visión muy imponente. Este edificio se inauguró en 1979. De  esa época hay varios edificios así, incluido el Dorrego de Morón, porque era el mismo diseñador, el Ingeniero Cabrera. Son las primeras escuelas diseñadas con computadora”, reseñó Gustvo Rey, el director de la escuela, y finalizó, “muchos directivos, mecánicos y técnicos de Aerolíneas y otras empresas egresaron de la Newbery. Compañías aéreas, de transporte privado, ejecutivo y comercial se mueven gracias a alumnos de la Escuela Newbery”.

Entrevista, redacción y fotos: Leandro Fernandez Vivas

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Viernes 4 de Diciembre de 2015 - 14:37 hs

Usuario: Fabio Dimitri

Localidad: Castelar

Comentario: Muy buen artículo. Los felicito. Yo fui alumno del Jorge Newbery y recuerdo muchas anecdotas. Tambien tuve oportunidad de trabajar en CATA a finales de los años 80.
Una corrección: el fuselaje del avion era un Fairchild F27 (no F28 como dice en la nota).
Saludos desde Mexico
Fabio Dimitri


 

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