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El pibe del pasaje Los Incas por Dante Pena

Publicado: 03/11/2004


Hace mucho mucho tiempo, un chico de 8 años, se presentó en la estación de Castelar pidiendo hablar con el jefe de la estación. Quería quejarse porque llevaba toda su niñez jugando entre hierros retorcidos y basura enfrente de su casa, que estaba en la vía. No era un orgulloso chalet típico de Castelar. Su casa era una humilde vivienda que ni tan siquiera tenía salida a la calle, mas que un oscuro pasillo detrás de un alambre oxidado que marcaba el principio de la vía. Allí jugaba, y hasta cazaba mariposas, cuando las había; pero pensaba que aquello podía ser mas bello aún.

Hola. Soy una persona a la que acaban de hacer feliz.
Vivo en Madrid. me fui de Castelar porque como tantos otros no soporté la situación de aquella época. Me canse y me vine aquí, a España; aprovechando la ciudadanía que heredé de mi madre. Viví en Castelar durante 26 años, y llevo 13, exactamente la mitad, en Madrid.

Hace mucho mucho tiempo, un chico de 8 años, se presentó en la estación de Castelar pidiendo hablar con el jefe de la estación. Quería quejarse porque llevaba toda su niñez jugando entre hierros retorcidos y basura enfrente de su casa, que estaba en la vía. No era un orgulloso chalet típico de Castelar. Su casa era una humilde vivienda que ni tan siquiera tenía salida a la calle, mas que un oscuro pasillo detrás de un alambre oxidado que marcaba el principio de la vía.
Allí jugaba, y hasta cazaba mariposas, cuando las había; pero pensaba que aquello podía ser mas bello aún.

Así, se fue decidido a pedirle al jefe de la estación que le diera permiso para que con unos amigos de ayudantes, pudiera cambiar todo aquel basural y convertirlo en un lugar al que todos los chicos quisieran venir a jugar. Porque a ese chico, a veces le daba vergüenza decir que vivía en la tercer casa del pasillo de la vía. En un lugar que no parecía formar parte de Castelar.
Al verlo, el jefe de la estación sólo esbozo una sonrisa y lo mandó a que volviera a su casa. Le dijo que en unos días él iba a limpiar todo eso que al pibe le molestaba; y que haría de ese lugar un sitio al que todos quisieran visitar.

Esta claro que jamás se le ocurrió semejante disparate. Y que aquélla anécdota habrá servido para aderezar alguna sobremesa con compañeros de trabajo. Pero el pibe se lo creyó. Espero sentado durante días, al volver del colegio, ansioso para ver la llegada de los hombres que iban a hacer las tareas de limpieza y ajardinado, los hombres que quitarían los hierros retorcidos de las vías, los hombres que limpiarían y pintarían el vagón viejo de tren que el pibe usaba como lugar de juegos.
El tiempo pasó, y el chico lejos de rendirse cortó varias ramitas del pino que estaba en el patio de su casa. Un viejo pino que ya empezaba a dar señales de vejez; señales de muerte.

Los planto enfrente de su casa y los regó durante días y días. Como acto de rebeldía, para decir que esa era su contribución a derrotar la fealdad de ese sitio, y vencer la vergüenza que le daba el presentarles a sus amigos el lugar en el que vivía.

Durante los años posteriores, muchas de las ramitas plantadas anárquicamente, crecieron. Muy juntas, muy unidas. Pero el lugar no cambió.

El pibe creció, y abandonó sus pensamientos de niño para centrarse en los problemas de su país que ahora era mucho más sucio y descuidado que en su niñez.
¿Olvido los pinos? ...Sí. Los olvidó, porque no intentó cambiar nada de su tierra. Se dió por vencido sin tan siquiera probar a dar una patada al tablero de ajedrez que era su sociedad. Y se fue.

Muchos años después, un hombre con barba entrecana estaciono su coche en su casa en Madrid. Cansado, muy cansado. Madrid es un lugar bueno para vivir. Ordenado, justo, limpio, con servicios públicos maravillosos, y policías de guante blanco con formación universitaria.

Vive bien, tiene una pequeña empresita. Un buen lugar, un buen coche. Pero nada más que eso. Nada más. Se sentó frente a la computadora y revisó su correo después de hacer un café, sólo, en su casa. Poca cosa: Algún saludo y algunos spam de algún descerebrado niño yankee. En un buscador, tecleó la palabra "Castelar". y revisó sin mucha atención las promociones de hoteles y las páginas de historia del conocido filósofo español. Una pequeña referencia atrajo su atención, y entro en esa página; una página pequeña de Castelar, su barrio.

Cuando accedió a la galería de imágenes, la taza de café se hizo añicos contra el suelo. Allí estaba su querido vagón de tren. Su vagón privado, su lugar de juegos de tantos años estaba en el medio de una placita hermosa, con flores y árboles y bancos y faroles. El corazón le latía a mil pulsaciones cuando vio que mas allá, había un wallpaper de esa plaza vista desde otro ángulo. El fotógrafo para hacer esa foto tuvo que pararse justo delante de su casa, la humilde casita de paredes blancas a la cal que tantos años había sido el hogar de una familia inmigrante gallega. Y en esa foto, en esa maravillosa foto, había unos pinos. Unos enormes pinos verdes y fuertes, que regalaban sombra a un banco al lado de un coqueto paseo de polvo de ladrillo y césped.
Eran sus árboles. Sus pinos. Su acto de rebeldía. Su marca en aquel lugar que había permanecido durante mas de 30 años creciendo orgullosa, sin importarle lo que ocurría a su alrededor, porque la razón por la que habían nacido y crecido, eran infinitamente mas importantes que cualquier torpeza cometida por los políticos de su país. Era la señal de que alguna persona había compartido su sueño, lo había hecho una realidad.
Miró la foto durante horas, hasta el amanecer que lo sorprendió con la mirada perdida y los ojos llorosos.
No tenía hijos, pero tenia a sus pinos allí en su casa. Como si lo fueran.
Gracias por darme este momento de felicidad. Gracias por dejarme ver mi sueño de la niñez.

Ojalá que la persona que se siente en ese banco, a la sombra de esos pinos, disfrute de la vista, como el pibe lo hizo durante todos los años que vivió allí. Y que sepa que el que plantó esos árboles se acuerda cada día de su vida, de su barrio. Del Pasaje Los Incas. De la casita de techo a una sola agua del numero 2643.

Desde Madrid, los saluda Dante. El pibe de Castelar. Gracias.

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