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Columna
Anécdotas
23 Sep 2022

Vi a Maradona meter cuatro goles en la biblioteca de la 17

Por: Leandro Fernández Vivas.
Los Mundiales de Fútbol son momentos emocionantes, colmados de anécdotas, historias y cábalas. Con alegrías y tristezas, el Mundial del 94 fue histórico, fue la última vez que el Diego vistió la camiseta argentina en una competición de ese nivel y quien firma esta columna vivió esos partidos directamente desde el aula de su escuela.
La pelota gira rauda sobre el verde césped del estadio. El botín, negro y zurdo, la acaricia fuerte y la dirige hacia donde debe ir: el ángulo superior derecho del arco. Maradona festeja, corre y le grita su gol a la cámara, mirando a través del lente a a todos los que vemos el Mundial de Estados Unidos a través de la televisión.  

El Mundial 94 me encontró con 9 años de edad y cursando 4º grado en la bella Escuela 17 de Castelar. Aquel martes 21 de junio ingresamos al turno tarde pocos alumnos a la escuela, no más de diez por cada grado. Veníamos de un finde semana largo, hacía frío y jugaba Argentina, motivos suficientes para cualquier familia masomenos futbolera para que los chicos se queden en casa a ver el partido. Pero eso no pasó en mi familia. Los Fernández Vivas teníamos cero futbol, mirábamos los partidos del mundial pero siempre y cuando no coincidiera con algo más importante como, por ejemplo, ir a la escuela. Ese giro del destino me llevó a ver a Maradona meter cuatro goles en la biblioteca de la 17.

Los memoriosos señalarán que en ese encuentro Maradona anotó un solo tanto, los otros tres llevaron la firma de Batistuta. Pero yo, en mis inocentes 9 años, no tenía ni idea de quién era quién dentro de la cancha de fútbol a más de 8 mil kilómetros de distancia de mi Castelar.

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Las docentes de la escuela resolvieron de la mejor manera. Siendo pocos y todos interesados en el mundial, decidieron que veríamos el partido en el único sector del colegio que, por ese entonces, tenía televisión y conexión a cable (o quizás aún era a antena): la biblioteca.

En el patio de las arcadas, un aula en particular era distinta a todas las otras. Cerrada con llave y con persianas en sus ventanas, guardaba celosamente el tesoro de la 17. La biblioteca era una pared completa de libros, tras muebles con ventanas vidriadas y mucha altura. Con una mesa gigante al centro y sillas de hierro y cuerina bordó para leer cómodo. Como principal habitante del espacio: un embalsamado pingüino al que se le caían las alas pero que igualmente era el anfitrión perfecto del espacio.

En hileras, unos detrás de otros, cada grado comenzó a ocupar el piso de la biblioteca en sentido a la tele que se guardaba protegida dentro de un cubo de chapa. 4ºC quedó ubicado en el centro, posición ideal: muy adelante obligaba a elevar demasiado la mirada para ver la tele, muy atrás achicaba las figuras en la pequeña pantalla de tubo del televisor de la época.


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Comenzó el partido y arranqué mal. Siendo la bandera argentina celeste y blanca, comencé a hinchar y celebrar cada jugada de los muchachos vestidos del blanco de nuestra bandera. Los blancos era Grecia, Argentina jugó de azul. Cuando mis compañeros notaron el error, tras reírse, me enseñaron que los azules eran los nuestros y, más importante aún, que uno de ellos era Maradona.

En mi casa, la cultura sin futbol llegó a silenciar a una figura del tamaño de Maradona. Mi viejo había festejado el Mundial 86 y nos habíamos amargado en el 90 (fui el único pequeño ser con la bandera de Argentina en la espalda después de la final perdida con Alemania que paseó contento, sin entender, por la plaza de San Justo aquella vez). Pero de Maradona no se hablaba, como no se hablaba de futbol, como no sabíamos cómo iba River, equipo de mi papá, ni cómo iba Boca, el de mi mamá. Menos sabíamos quienes habían sido elegidos para acompañar a Maradona a Estados Unidos. Nada decían las revistas Conozca Más que me compraba mi mamá sobre la Selección Argentina, sobre Maradona o sobre fútbol en general.

Emocionado por el momento, por lo divertido y entretenido que fue estar toda la escuela compartiendo la misma aula, gritando cada jugada, viviéndolo como si fuese una tribuna; celebré y festejé cada movimiento de los de azul y grité cada gol como si fuese de Maradona. En mi pequeña concepción del mundo a mis 9 años, todos esos de azul eran Maradona. Es decir, no conocía a ninguno, no identificaba al Diego entre sus compañeros, pero entendía, de escuchar a los demás, el valor de ese particular ídolo jugador. Entonces si la pelota la tenía uno de azul, la tenía Maradona y era algo bueno.

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Los goles los gritamos todos juntos, saltamos y festejamos sin importar de qué grado era el que estaba al lado, no hubo distinción de años ni edades. Las maestras aplaudían y yo celebraba los goles de Maradona. El primero fue de un Maradona de pelo largo y rubio, el último fue de un Maradona de pelo corto y exultante, que lo festejó mirándonos a todos a los ojos, gritándolo con todo su corazón a la cámara de televisión, a nosotros que estábamos del otro lado.


Pasó mucho tiempo hasta que pude aprender qué había pasado en ese partido, quién era Batistuta y lo que significó ese gol de Maradona, el último con la camiseta de Argentina de su carrera y, sobre todo, quién era Diego Maradona.

Los mundiales siguieron y el de Francia en 1998 me dio la revancha. Otra vez estábamos en la 17, un proyecto de educación particular, de una primaria con 9 años y una secundaria polimodal de sólo 3, me permitió ver el mundial siguiente otra vez en mi escuela. Para ese momento la 17 ya tenía sala de video. Un aula mayor en el primer piso, con un televisor mucho más grande pero también elevado y protegido dentro una caja de lata. El partido clave fue Argentina vs Inglaterra por los Octavos de Final de Mundial de Francia. Gritamos los goles, saltamos, sin querer rompimos una mesa, celebramos y nos emocionamos con Batistuta, Ortega, Verón, Zanetti y Simeone. No estaba Maradona con su camiseta azul, pero celebramos de la misma manera: gritando de corazón.

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Leandro Fernández Vivas

Leandro Fernández Vivas

Periodista

Técnico Universitario en Periodismo.
Director Periodístico en Castelar Digital.
Socio Fundador de Ocho Ojos.

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