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María Rosa Lojo: “A los artistas nos gusta ensoñar”

Publicado: 16/11/2015


Escritora, amante de la historia e investigadora del Conicet. Sus libros se leen en Castelar, España y Tailandia, entre otros países. “Lo que me motiva a escribir y leer es una gran curiosidad por la vida”, contó a Castelar Digital.

En su refugio personal, su casa de Castelar norte, y rodeada de sus obras, sus ensayos, sus novelas, sus libros y tesoros; María Rosa Lojo, la escritora local más internacional recibió a Castelar Digital para contarle los secretos de su escritura. Con premios recibidos desde Buenos Aires hasta Tailandia, con estudios realizados sobre la obra de Borges, Sábato y hasta, y principalmente, Lucio V. Mansilla y su hermana Eduarda, la vecina explicó qué la llevó a escribir y qué disfruta de cada aventura en la que la sumerge el desarrollo de cada una de sus novelas.

Doctora en Filosofía y Letras, recibida en la UBA, Investigadora Principal del Conicet y profesora de la Universidad del Salvador, reparte sus días entre las investigaciones históricas y literarias y la producción de nuevas historias. En los últimos días su novela ‘Finisterre’ fue premiada en Tailandia, a tan solo un poco más de 17 mil kilómetros de Castelar.   

‘Canción perdida en Buenos Aires al Oeste’; ‘La pasión de los nómades’; ‘La princesa federal’; ‘Una mujer de fin de siglo’, ‘Las Libres del Sur’; ‘Finisterre’; ‘Árbol de familia’; ‘Todos éramos hijos’, son los títulos de algunas de sus obras de ficción. Se complementan con ‘La barbarie en la narrativa argentina’; ‘Cuentistas argentinos de fin de siglo’; ‘Sábato: en busca del original perdido’, ‘Los gallegos en el imaginario argentino’; ‘Diario de viaje a Oriente (1850-51) y otras crónicas del viaje oriental de Lucio V. Mansilla’; entre algunas de sus investigaciones, ensayos y ediciones críticas.

Con una mirada especial sobre una época apasionada de la historia argentina, aquella que enfrentó a unitarios y federales, con Juan Manuel de Rosas y Lucio Mansilla como personajes clave, sus libros se basan en datos históricos para, a través de la ficción, disparar historias propias de la época y el contexto temporal desde una nueva perspectiva.

Su vínculo con los libros, con la lectura y luego la escritura, nació en su infancia y gracias al apoyo de su familia, a los relatos de sus familiares. Asegura que el primer paso es leer: “Primero se nace lector, es lo básico. Pero no solo se trata de leer signos escritos, sino también de escuchar a otros leer y contar, literatura oral: es lo primero que reciben los chicos. Yo tuve mucha afinidad con mi abuela materna, ella fue la primera en contarme historias. También cantaba, coplas españolas, zarzuelas,  y narraba, por las noches, historias de familia. Mi mamá era muy aficionada a la lectura, había tenido una pequeña librería en Madrid. Recibí los libros como legado, y aprendí a leer antes de ir a la escuela, estimulada por lo que escuchaba, por el interés de los relatos, quería saber qué decían los libros. Mi abuela me enseñó a leer antes que la escuela”, explicó a Castelar Digital. 

Paralelamente comenzó a escribir, de manera casi natural o sin darse cuenta: “en la primaria ocupaba ese papel. Sos el nene (o la nena) que escribe los poemas para los aniversarios patrios o te piden que redactes algo sobre algún suceso. Me gustaba, tenía facilidad para hacerlo. En la adolescencia empecé a escribir poesía”.

Esta correlación entre la lectura y la escritura se fue despertando de la mano de los libros que le disparaban aún mayor curiosidad. “El primer cuento que leí sola, siendo muy chiquita, fue ‘Nubecita el chanchito distraído’.  Después me enteré de que era una historia de Oesterheld. Nubecita era muy poco práctico, bastante torpe, se la pasaba siempre mirando las nubes y por eso mismo su apodo, así es como por esa distracción crónica un día se queda dormido en un tren o un carro que lo lleva a la ciudad y en la ciudad se siente perdido. Empieza distintos oficios y siempre termina mal, la gente se enoja con él y se esconde en un tren que lo lleva al campo… Es la vida del contemplativo. A todos los artistas nos gusta ensoñar, mirar para adentro y a veces nos movemos torpemente en lo cotidiano porque miramos las cosas de otra manera”.

“Después leí todo tipo de libros. No me hicieron leer literatura para niños. Leí ‘El Quijote’ entero y ‘Las mil y una noches’, recuerdo haberlos leído a los 12 años, esto no quiere decir que entendiera todo lo que decían, pero tampoco es necesario. Esas experiencias tempranas sirven para abrirte la cabeza, te presentan un camino abierto que quizás no podés recorrer completo pero te dejan la semilla. Por eso no me gustan ciertas corrientes pedagógicas que insisten en darles a leer a los niños especialmente lo que los conecta con su mundo cotidiano, porque el libro le permite al niño imaginar un mundo diferente, viajar sin moverse, pensar otras cosas. Después, el primer libro de literatura argentina fuera de la escuela, fue un texto de Lucio V. Mansilla, pero no ‘Una excursión a los indios ranqueles’, sino ‘Los siete platos del arroz con leche’. Cuenta su vuelta de un extraordinario viaje que lo llevó a Oriente y luego a Europa. Él era muy chico cuando su papá decidió sacarlo de Buenos Aires (a los 18 años), entonces lo manda como comerciante a Calcuta, cuando ni siquiera había ido a Montevideo. Es un viaje a las antípodas, sin ninguna preparación previa salvo que era un muchacho que leía y tenía la educación de un chico de la clase alta porteña. En ese texto aparecía su viaje, su tío Juan Manuel de Rosas, la Argentina criolla, Palermo, Manuelita. Son personajes que me quedaron en la memoria y después terminé escribiendo novelas enteras sobre ellos. La semilla la sembró a los 14 años ese texto de Mansilla, que me pareció algo cercano pero también exótico. Eso no se leía en la escuela, no era una Argentina habitual ni “oficial”. Era algo que no existía más, que había desaparecido, pero este narrador lo presentaba de una manera muy cautivante: la historia nacional como un secreto de familia o un tesoro perdido”, describió María Rosa Lojo.

Ese primer contacto con una parte de la historia argentina y con las descripciones de época de Mansilla dejó su marca en el estilo y vocación de Lojo. “ ‘La pasión de los nómades’ nació de mi interés en este escritor. Para escribir mi novela hice su viaje a los ranqueles, recorriendo con mi familia los mismos lugares en un Mercedes 53, que lo tenemos todavía. Pasamos por todos los puntos clave donde anduvo él para llegar a las tolderías. Publiqué sobre esta experiencia en la revista Ciencia Hoy en Clarín (el artículo se llama ‘Extrañas vacaciones: mi excursión a los indios ranqueles’) , y en otros medios también, pero menciono estos porque son accesibles en la web. Fuimos a Rio Cuarto, fuimos a Villa Sarmiento, donde estaba el Fuerte Sarmiento. Que es el primer lugar del campo de donde sale Mansilla. Baja desde Río Cuarto y para en el recién creado Fuerte Sarmiento. Y después el viaje transcurre por Córdoba, por el oeste de San Luis y el norte de La Pampa, hasta llegar a Leuvucó, donde estaba el cacique Mariano Rosas.  Mi novela mezcla una poética realista y momentos de crónica y de ‘road movie’, con un alto grado de fantasía, porque es el fantasma de Mansilla quien vuelve a una Argentina de finales del siglo XX, que es su país pero es también otro muy distinto, donde él tiene que rendir cuentas del pasado y pedir cuentas sobre el presente. Cruza lo histórico con lo maravilloso. La novela no fue un gran éxito de ventas pero tiene tres ediciones y se sigue vendiendo. Ganó el  Primer Premio Municipal de Buenos Aires y provocó mucha curiosidad, que se volcó en artículos académicos e incluso algunas tesis, la última de ellas defendida en Brasil en este mismo año . Como experiencia familiar, la escritura fue hermosa. Viajamos unos 15 días. Fue en plena pampa, en ese autito viejo, llevando una tienda de campaña. Teníamos solo dos hijos en ese momento. Para los chicos fue una experiencia muy particular. Fuimos a lagunas, lagunas muy chatas, que en realidad eran casi bañados, no lagunas profundas, mis hijos esperaban ver otra cosa, tal como en la pampa húmeda. También esperaban ver ranqueles, cosa que no ocurrió. Pero quizá, sobre todo, porque muchos pobladores de la zona no se reconocían como descendientes de aborígenes. Se habla mucho de la Conquista del Desierto y del exterminio físico, pero mucho menos de la desaparición simbólica, de la borradura y la mutilación de la memoria que viene después”.

De padres españoles que llegaron a Buenos Aires a raíz de la Guerra Civil, Lojo pasó sus primeros 5 años de vida en el barrio porteño de Liniers, pero una afección respiratoria de la pequeña María Rosa llevó a la familia a mudarse hacia zonas más altas y menos contaminadas. Así llegaron a Castelar, que en la década del 60, era llamada la Córdoba Chica. “Era una nena delicada de salud, me enfermaba fácilmente de la garganta, de los bronquios. Mi papá compró este terreno a la familia que hoy vive en la esquina y decidió construir una casa. Esa casa original es la base de la casa de hoy, ya muy reformada, pero es el lugar donde yo me crié, tiene una gran significación emocional. Es un privilegio vivir en el lugar donde creció la familia. Castelar me gusta mucho aunque extraño la tranquilidad que había antes, se vivía en una ciudad abierta, de verjas bajas, chalecitos, los chicos podían ir en bicicleta 40 cuadras sin que los padres se preocuparan. Había una calidad de vida que desapareció. Castelar sigue siendo una ciudad agradable, aunque esté bajo vigilancia. También ha mejorado en algunos aspectos urbanos. No en todos. Para mí fue terrible ver cómo derrumbaron casas hermosas y antiguas, porque las adoraba. Recuerdo la casa del molino, que se llamaba Rosalind, como el personaje de mi novela ‘Finisterre’. La tiraron abajo para hacer un edificio de departamentos que nunca va a tener el valor que tenía esa casa. Eso lo veo como una pérdida. Ciertos lugares eran históricos y muy bellos. Es muy difícil preservarlos, no son casas tan antiguas como para que la municipalidad las compre y las familias tienen el derecho de venderlas. Se respeta, por otro lado, que los edificios de departamentos sean relativamente bajos y en la zona cercana a la estación. Toda la zona de la estación se mejoró, la urbanización, las plazas secas. Hay mucha actividad artística, y movidas muy interesantes como el bar Bombay (que nació de la Casa Bombay en Ituzaingó). El bar es también una empresa cultural, con radio propia, que funciona por internet y con streaming, y hasta tiene una biblioteca donde los escritores de la zona hemos dejado nuestros libros. Recomiendo el programa “Arriba, los artistas”, conducido por el escritor Pablo Melicchio, que es otro vecino. Está igualmente el Centro Cultural Domus, con sus talleres… creo que Castelar se ha vuelto un lugar muy atractivo en ese aspecto”.

Escritos, trabajos, placeres y premios

Su casa es su refugio. A medida que avanza la nota, las referencias a sus libros la llevan a mostrar su biblioteca en donde sus obras conviven con aquellos ejemplares de escritos clásicos, y no tanto, que atesora. Allí, en su Castelar y la casa de su infancia, también se dedica a escribir. “Trabajo todos los días, investigo, escribo ensayo y ficción, que suele estar enlazada con mi trabajo profesional cuando se trata de ficción histórica. Hice el doctorado en letras y me especialicé en la investigación sobre literatura argentina. Y ahora estoy dirigiendo dos colecciones de literatura nacional. Una de ellas es una colección de ediciones críticas de literatura crítica argentina (EALA), en la editorial Corregidor. Esta tiene que ver con el viaje a Oriente de Mansilla; es la edición de un manuscrito inédito que encontró el tataranieto de Mansilla en un desván cuando muere su mamá. Un diario manuscrito de cuando fue a la India y que le sirvió de inspiración para muchas obras. Si bien es un documento aún muy primario, y no permite descubrir ahí que Mansilla va a convertirse en un gran escritor, proporciona un montón de claves sobre su vida, sobre la manera de mirar las culturas, y por qué asume en su libro sobre los ranqueles una perspectiva muy poco corriente para su tiempo”, explicó y continuó, “Lo interesante es que Mansilla no ve a los aborígenes como seres extraños a la condición humana, los ve absolutamente humanos, no los ve tan distintos de él. Incluso algunas actitudes de los aborígenes le parecen más humanitarias de lo que se consideraba civilización. Cuando a él lo mandan a Calcuta de manera tan brusca, y al ser tan joven, lo descentran por completo, era un “niño bien”, mimado, pero que hacía cosas inconvenientes (como enamorarse de una francesita que confeccionaba sombreros, o leer libros “revolucionarios” para su entorno). Cuando se va tan lejos, se va dando cuenta cómo para los funcionarios de las potencias coloniales, él mismo es un ser exótico que viene del extremo del mundo. Les extraña que sea una persona civilizada y normal y que sepa hablar francés. Creen que Argentina es una tierra salvaje. Él mismo se siente un salvaje en la mirada de quienes representan una civilización a la que él creía pertenecer. Ese descolocamiento, esta relativización de las posiciones, se mantiene durante el resto de su existencia y le permite desarmar creencias que se dan por supuestas. La edición crítica estudia ese tema, se refiere al proceso genético de su escritura, tiene todo tipo de anotaciones históricas, lingüísticas, culturales.”

Cada uno de estos trabajos académicos demanda alrededor de cinco años de investigación y esfuerzo, en los que se busca el material original, se consiguen las autorizaciones de reproducción (cuando se trata de manuscritos), se investiga y se escribe. Entre sus tantos estudios, los últimos de María Rosa Lojo apuntan a la identidad de los argentinos, a la historia argentina reciente, desde las inmigraciones, en donde destaca la gallega que sin embargo, asegura, está invisibilizada (como matriz cultural) y denigrada, así cómo se ocultó la cultura de los aborígenes en los tiempos de Mansilla. Estos trabajos se complementan con las ficciones, también atravesadas por la Historia: “Los trabajos de ficción siempre nacen de compromisos muy apasionados, son trabajos que realizo en paralelo a los trabajos profesionales, pero con la misma profesionalidad, aunque la ficción no sea para mí un medio económico de vida. En general han requerido todos una investigación muy prolongada porque siempre pongo en diálogo la historia y la literatura. La novela ‘Finisterre’ me llevó muchos años, tanto como mi tesis de doctorado. En ella hablo de las guerras de frontera de la pampa central, durante el siglo XIX, centrándome sobre todo en la perspectiva de las mujeres, y pongo en paralelo varios mundos (España, Argentina, Inglaterra) y varios tiempos. Si bien el registro novelístico es distinto al de una tesis me llevó mucha preparación. También ‘Las libres del sur’, que es sobre la juventud de Victoria Ocampo y el despertar femenino de la época. Mujeres como ella, de clase alta, habían sido educadas para vivir puertas para adentro pero se inclinan hacia el mundo intelectual y eso provoca todo tipo de conflictos y también hace estallar contradicciones en ellas mismas. Otro que me llevó menos tiempo pero que escribí toda mi vida es ‘Árbol de familia’, un libro hecho de memorias de dos ramas familiares y dos mundos: España y América. Y otro que también estuve de algún modo escribiendo desde hace la adolescencia es el último: ‘Todos éramos hijos’. Este tuvo un alto costo emocional. Es un libro comprometido con el destino de mi generación, y recién ahora pude tomar distancia suficiente para materializarlo. Mis coetáneos son los desaparecidos, tuve compañeras y compañeros que no volvieron de esa experiencia. Pudo ser solamente una experiencia juvenil de militancia, pero terminó siendo una experiencia final y fatal. La obra es una novela de formación en que la política y la renovación religiosa (desde el Concilio Vaticano II) se cruzan con el conflicto generacional, en los estudiantes de dos colegios de Castelar: Inmaculada y el Sagrado Corazón, donde la Teología de la Liberación incidió de manera particular. Y en un sentido amplio, más allá de la militancia (no todos sus protagonistas militan ni creen en la revolución) es una novela sobre los desajustes de la adolescencia y el extrañamiento de vivir.”

Desde 1984, en que recibió el Primer Premio de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires, María Rosa Lojo no ha dejado de recibir premios y distinciones. En 1985, el Premio del Fondo Nacional de las Artes en cuento por ‘Marginales’ y en 1986 por su primera novela: ‘Canción perdida en Buenos Aires al Oeste’; en 1992 obtuvo la Beca de Creación Artística del Fondo Nacional de las Artes;  en 1996 alcanzó el Primer Premio Municipal de Buenos Aires Eduardo Mallea, por ‘La pasión de los nómades’; en 2004, el prestigioso Premio Konex a las Letras, en 2010 recibió la Medalla del Bicentenario otorgada por la Ciudad de Buenos Aires y en 2014 el Premio a la Trayectoria en Literatura de APA (Artistas Premiados Argentinos); sólo por nombrar algunos de sus reconocimientos. Además, mientras se redactó esta nota, su novela ‘Finisterre’ recibió un premio en Tailandia. Se trata del premio Phraya Anuman Rajadhon a la Mejor Traducción Literaria de 2015, que realizó Pasuree Luesakul (también autora de una tesis de doctorado sobre la obra de Lojo) y se entregará el 8 de diciembre en la Universidad de Silparkorn.

Tailandia está ubicada en el otro extremo del globo terráqueo y a más de 17 mil kilómetros de Castelar. Empero, hasta allí llegaron las producciones de María Rosa Lojo. Sin ser ‘best sellers’, sus obras son consideradas ‘long sellers’, es decir que a pesar del paso de los años no pierden vigencia y siguen reeditándose. A ese logro se le suma también la reproducción en otros países, otros continentes y otros idiomas. “En inglés tengo un libro de textos poéticos, ‘Esperan la mañana verde’ y ‘La pasión de los nómades’. Y mis textos han sido incluidos en una antología (‘Voces de Hispanoamérica’) muy representativa de la literatura hispanoamericana que funciona como libro de texto en las universidades de USA. En francés está ‘Amores insólitos de nuestra historia’, que se tradujo en Canadá como ‘Amores insólitos del nuevo mundo’. ‘Esperan la mañana verde’ también se tradujo al francés pero en París. En italiano tengo dos novelas; ambas cambiaron de título, para que estos fueran significativos en el nuevo contexto. ‘La princesa federal’, sobre Manuela Rosas, se tradujo como ‘Il diario segreto di Pietro de Ángelis’. Y ‘Las libres del sur’, como ‘La Musa ribelle’. Pronto saldrá ‘Árbol de familia’ en esta misma colección, dirigida por Rosa Maria Grillo, una catedrática de Salerno. Y ‘Finisterre’ se volcó al gallego además del tailandés.

Con una pluma incansable y muchos proyectos laborales aún en desarrollo, la vecina de mayor proyección internacional seguirá escribiendo. “Lo que me motiva a escribir y leer es una gran curiosidad por la vida, por el conocimiento, el conocimiento de mí misma, de los demás. El deseo de descubrir quiénes somos, qué hacemos en el mundo. La fascinación por las posibilidades de la cultura humana en la Historia. Los seres humanos son tan parecidos y a la vez tan distintos, pueden hacer tantas cosas que no imaginamos. Cada uno es un misterio, esa es mi motivación”, finalizó María Rosa Lojo. 

1 - http://www.cienciahoy.org.ar/ch/hoy36/ranquel1.htm, y http://www.clarin.com/sociedad/Extranas-vacaciones-excursion-indios-ranqueles_0_963503791.html

2 - MEMÓRIAS, EXÍLIOS E VIAGENS EM LA PASIÓN DE LOS NÓMADES (1994), DE MARÍA ROSA LOJO. Universidad Estadual de Londrina, 2015, por Alessandro Da Silva.

Entrevista y fotos: Gabriel Colonna
Redacción: Leandro Fernandez Vivas

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