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Guerra de Letras por Dante Pena

Publicado: 25/06/2006


A finales de 1981 mi padre estaba desocupado. Hacía pocos meses que había cerrado definitivamente la fábrica Citroen en Barracas, y tanto él como mi madre, contaban y recontaban lo que había sobrado de la indemnización de mi viejo, para ver que es lo que se podía hacer. En diciembre de ese año, surgió la posibilidad de conseguir la concesión del buffet del Club Castelar, en el lado sur, sobre la Avenida Zeballos. Y toda la familia, se puso manos a la obra.

Para finales de Marzo de 1982, muchas cosas habían cambiado en mi familia. Teníamos distintos horarios, distintas actividades, y responsabilidades. Yo había entrado como becario a trabajar en Aerolíneas Argentinas, y si bien era bastante pibe, esta actividad, sumada a mis estudios de aeronáutica en el Jorge Newbery de Haedo, y la ayuda que debía prestarle a mi viejo en en buffet, restaron dramáticamente horas de esparcimiento a mi tiempo libre. Tuve que cambiar mi vida de adolescente despreocupado, por otra de adulto pluriempleado, sin anestesia. No teníamos otra posibilidad en esos días. Todo el mundo se puso a laburar.

A partir de esas fechas, mi relación con mis padres y amigos cambió. Ahora entiendo la mirada de mi viejo cuando me despertaba muy tempranito, para irnos a trabajar y a recibir a los proveedores del barcito. Era una mezcla de agradecimiento y orgullo, ya que a la edad en que otros chicos estaban boludeando (con todo derecho), su hijo no sólo tenía dos empleos, sino que estudiaba de noche, y la familia se unió de un modo diferente, sin pedir explicaciones.

Una mañana, como cualquier otra de Abril, algo fría y húmeda; mi viejo me despertó mas temprano de lo habitual. Estaba muy nervioso. Caminaba rápido hacia ningún lugar en concreto de la casa, se ponía y se sacaba los anteojos, y hablaba solo.

Papá siempre fue un tipo que inspiraba confianza por su autocontrol. Él siempre tenía la respuesta a todo, y se le respetaba por su buen hacer. Ese día amaneció como un chico que estaba a punto de dar un examen final.

-Qué pasa viejo?, le pregunté frotándome los ojos, aún dormido.
-Nos van a matar, estos locos nos van a matar…
-Que pasa?
-Estos tarados nos metieron en una guerra Dante, están locos… es lo único que les faltaba!
Ante la palabra "guerra", y la mirada desencajada de mi viejo, supe que algo grave había ocurrido. La radio de la cocina estaba en la misma emisora de siempre, en el mismo programa, el de Magdalena Ruiz Guiñazú, el preferido de mi viejo, el que venía después de "La peña del Camionero".

Las noticias eran desordenadas y confusas. Hablaban de no se que operativo, de que habían desembarcado en no se donde y que "viva la patria", y no se qué mas.

Nos metimos en el viejo Ami 8 de Papá, y salimos para el Club Castelar. Al llegar, pusimos la radio, para ver que carajo estaba pasando, y pude sintonizar por fin mi vieja televisión en blanco y negro de válvulas, que me había llevado al barcito, para que me hiciera compañía, arriba de dos mesitas cuadradas apiladas en un rincón.

Todos los canales, que por aquél entonces eran estatales, estaban en cadena. Aparecían periodistas con cara de trasnochados, blandiendo partes en trozos de papel, diciendo que habíamos recuperado las Islas Malvinas. Yo no me lo podía creer. Las Islas Malvinas?, Las mismas islas que llevábamos ciento y no se cuantos años reclamando?, las que me habían enseñado en el colegio, que nos pertenecían porque había una cosa que se llamaba Plataforma continental?, o eran las islas que nos pertenecían porque las heredamos del Reino de España?, Al final comprendía que eran las islas que nos pertenecían porque Dios es Argentino.

Tenía un estado de euforia y confusión extremo. Me imaginaba un ejército de soldados desfilando por la avenida Nueve de Julio, llevando un cacho de isla cada uno, y repartiendo lana de ovejas kelpers a la gente que los aplaudía.

Mi viejo seguía con la misma cara de preocupado, y por primera vez me sentí lejos de él. Por que estaba así?, yo lo había visto gritar los goles de Kempes en el mundial `78, el era argentino, no?. Y resultaba que yo estaba tan feliz como cuando ganamos la copa del mundo. Podía entender a mamá, que era española, pero por que mi viejo?, el no era argentino acaso?.

Ese día fue interminable. La gente en la calle tocaban las bocinas de los coches, y habían sacado del cajón del desván las banderitas argentinas de plástico del mundial ´78. En los puestos de revistas, ediciones extras de los diarios, anunciaban con gigantescos titulares la recuperación de las islas. En el kiosquito de la barrera de la estación, habían sacado un cartón amarillo lleno de escarapelas y lacitos hechos con cintas celestes y blancas.

Yo era parte de todo ese fervor patriótico, y hacía con los dedos la señal de la victoria cada vez que un colectivo de la 238 pasaba haciendo sonar la corneta de aire. Era como si de repente todo el mundo hubiera decidido que el cielo era mas azul, las nubes mas blancas, y los problemas de la hiperinflación y el desempleo hubieran desaparecido por arte de magia.

Con el pasar de los días, mi viejo seguía con su cara de culo, diciendo cosas incomprensibles, que sonaban en mis adolescentes oídos, como "antipatrióticas". Decía que nos llevaban a todos como ganado, y que se habían pasado con provocar una guerra para distraer la atención del desastroso estado del país. Yo mientras tanto, me borraba de estudiar, y dibujaba en papeles Canson nº 5, escenas de aviones enzarzados en batallas inverosímiles, con azules escarapelas en sus fuselajes.

Recuerdo que en un acto de patriotismo decidieron cambiar el nombre de la calle Inglaterra, por el de Islas Malvinas. Mi casita del pasaje Los Incas estaba rodeada por calles con nombres de crueles potencias imperialistas europeas, como ser Francia, España e Italia. Y por el otro lado estaba San Pedro, que si bien no era el nombre de un país, era el nombre de un delegado sindical del Vaticano en el paraíso, lo que hacía que deseara cambiarle el nombre a todas las calles. En mi particular guerra de letras, deseaba que la esquina de mi casa fuera la de las calles "Patoruzú" esquina "Isidoro Cañones".

En las radios ya no se escuchaba música en inglés, y mi ídolo don Freddy Mercury, pasó a ser un desalmado pirata, al que no le gustaba escuchar la "Marcha de la Bronca" de Pedro y Pablo.

Por las mañanas, muy tempranito, esperando el micro que me llevaba a Ezeiza tres veces por semana, me leía el diario "Crónica", y la revista "Gente", que eran sin duda alguna los mas objetivos y serios en el momento de decir la verdad "verdadera" de la guerra. Mi viejo compraba "La Razón", que era un diario de viejos decadentes, sin orgullo por el momento histórico que estaba viviendo nuestra patria.( Todo esto desde mi objetivisimo punto de vista ). Claro, yo era un patriota hecho y derecho.

Hoy recuerdo esos días de locura, como una inmensa y espesa bola de emociones. Orgullo, Griterío, giles en la televisión hablando boludeces, maratones recaudatorias estatales, odio hacia todo lo extranjero, y después, un estado de dolor, desencanto y vergüenza, que se encontraron de golpe frente a mi adolescencia. Una edad en la que los actos se guían mas por el corazón que por el cerebro.

Mi viejo mantuvo su cara de culo hasta días después del 14 de Junio. Él estaba concentrado en llevar adelante su aventura económico-familiar en el buffet del Club Castelar, y no en aventuras del gobierno en unas islas que si bien nos pertenecían, no tuvieron ni el tiempo ni la seriedad y profesionalismo, que hubieran merecido por ser tales.

Poco tiempo después supimos que un compañero del Jorge Newbery había muerto en las islas. Algunos días después empezaron a llegar a mis oídos las primeras noticias del abandono de los chicos en las trincheras. Del valor de quienes lucharon contra los ingleses, contra las inclemencias del tiempo, y contra sus propios superiores. Y también del heroísmo de unos pocos militares que cumpliendo con su deber habían deslumbrado al mundo castrense con sus arriesgadas incursiones aéreas, su arrojo, y su veteranía.

En 1999, Pisé por primera vez el césped del estadio Santiago Benabéu. La cancha del Real Madrid. Estaba contratado por una empresa Inglesa (con la que aún hoy trabajo eventualmente), para poner la publicidad de la UEFA Champios League. La Copa de Europa de fútbol. Principalmente me llevaron a trabajar allí, por mi nivel de inlglés hablado. No es realmente bueno bueno, pero podía mantener sin inconvenientes, una charla fluida con los ingleses que llevaban las riendas de la empresa. Yo era , además de un laburante, el nexo entre los jefes ingleses y los empleados españoles.

Una mañana llegué muerto de frío, en mi moto, abrigado con mi campera de cuero de oveja tipo "Bombardero". En ella, lucían todos y cada uno de los escudos de los escuadrones que habían participado en la guerra de Malvinas tantos años atrás. Ya en el vestuario, pude observar a uno de los trabajadores ingleses, mirándome fijamente al pecho. En él estaba, además de una bandera argentina militar, un escudo bordado del "Ecuadrón de caza y ataque nº 5". EL "C5", con la cabeza de un halcón sobre fondo amarillo, y la leyenda en latin "Ad Astra Per Aspera". El que más riesgo había corrido, en los cielos de Malvinas en los días de Mayo de 1982, sobre el estrecho de San Carlos, volando rasante entre los buques de desembarco ingleses.

El trabajo nos llevaría cuatro días. Al tercer día, este señor inglés que tendría unos cuarenta y tantos, me llamó para nivelar los carteles sobre uno de los arcos de la cancha.. Serio, sobrio, y muy inglés. Yo, la verdad después de convivir con tantas personas en los años que llevaba fuera de mi país, después de conocer la opinión de cantidad de gentes, de diferente países, ya no tenía tanto resentimiento contra los extranjeros, la verdad, no tenía ningún resentimiento, porque yo era extranjero. Y la verdad, había tenido contacto con algunos ingleses, y me parecieron personas de lo mas normales.

Este hombre tan serio, tan marcial, se llamaba Mick. Como Mick Jagger. Llevaba el pelo cortito, y hablaba un ingles clarísimo, lo que me facilitaba mucho la conversación. Después de almorzar, el sol empezó a picar un poquito. Y como estos señores ingleses estaban tan habituados al frío y la humedad del norte, el clima de Madrid, les parecía como el de la costa del Mediterráneo . Así que con toda naturalidad, Mick se quitó la camisa negra del uniforme de la UEFA, dejando ver en su torso y brazos, numerosos tatuajes. Entre ellos destacaban algunos pequeños, escudos militares. Algunas leyendas, y algo que me heló la sangre: la palabra "Falklands", en uno de ellos.

El resto de la tarde lo pasamos terminando algunos "flecos" antes del partido, remates y detalles que podrían haber pasado inadvertidos en otros casos, pero que para esta empresa eran errores imperdonables, dignos de la mas detallada atención.

A la mañana siguiente, desmontando todo el aparato propagandístico, llegué yo en mi moto, abrigado con mi campera de cuero. En la puerta del estadio estaba Mick, con signos de haber pasado una noche algo movidita, los ojos medio locos de resaca y fiesta. Fumaba un cigarro enorme, que despedía un olor nauseabundo, pero que me hizo acordar al olor a tabaco de "machotes", que se respiraba en la peluquería de Hugo, en la esquina de San Pedro y Arias.

Nos saludamos, y al momento de entrar, me puso una mano en el hombro. Mi estatura es de 1,83. Pero este tipo me llevaba como una cabeza. Me preguntó por el escudo del pecho, y yo le contesté que era parte de una colección de escudos bordados de la Fuerza Aérea Argentina, que yo era técnico aeronáutico, y que eran un recuerdo de la participación de la FAA en "Malvinas", haciendo un perfecto hincapié en la palabra "Malvinas".

Sonrió, y respondió ¿Malvinas?, supongo que se llamarán así, ¿no?". "Yo estuve trabajando en "MALVINAS", me respondió, imitando mi acento, pronunciado sobre el nombre latino de las islas. Pero sin ni un atisbo de burla. Después de un rato, y a la hora del desayuno, me invitó a tomar algo en un bar enfrente del estadio. Le pregunté por el trabajo en la cancha, y me respondió que estaba todo en orden, que sobraba gente para hacerlo.

Y aún con esa mirada de sobredosis de alcohol etílico, comenzó a contarme de que se trataba ese "trabajo" que tuvo en Malvinas.

Mick fue sargento de las tropas de infantería de marina de la Royal Navy. Fue destinado a Malvinas en 1982. Y me contó algunas verdades que me hicieron comprender que, no todos los ingleses que estuvieron allí estaban de acuerdo con lo que estaban haciendo. Me dijo que jamás llegó a disparar un solo tiro. Que lo que mas trabajo le dio fue ir recogiendo pertrechos y chicos muertos de frio, que aún sin armas se resistían a entregarse, lo que lo llenó de admiración y le creó un conflicto interno. Me preguntó si alguien sabía donde estaban los mandos argentinos, y yo, le dije, que la versión que nosotros teníamos de la guerra fue la que nos contaron los militares por un lado, y los chicos veteranos por el otro.

Me dijo que ese escudo que yo llevaba en el pecho, pertenecía al escuadrón que había bombardeado el buque de desembarco en el que él navegó. El "Sir Tristán". Y que conoció a muchos de los que ese día murieron en ese ataque de la FAA.

Algo que me hizo reflexionar, fue que él, (y sus camaradas de armas), tomaron esa guerra como "un trabajo". Y que mucho tiempo después, Internet mediante, pudo comprender el significado que tenían las islas para los argentinos, y cuan metidas estaban dentro del ser nacional, en la enseñanzas de las escuelas, en los reclamos y en el orgullo de esas personas que él jamás llegó a conocer. Recordé la primera página de alguna de las tantas ediciones de Crónica de la época. Haciendo referencia a "los Piratas" y los argentinos. Pues bien. Yo tenía a uno de esos piratas enfrente de mi. Con su bigote y su pelo blanco, y sus tatuajes en todo su cuerpo. Y la verdad, solo me pareció un tipo cansado y algo bebido. Eso si, me pareció horrorosamente honesto.

El día terminó con toda la carga de carteles bien acomodada en el camión de patente belga. Mick me trajo una gorra negra del uniforme de la Champions League, y yo le pregunté que podía darle a cambio. Señaló el escudo del escuadrón C5. Lo arranqué de mi campera y se lo dí. Antes de despedirnos le conté la anécdota del cambio de nombre de la calle de mi barrio de Castelar. Le dije que ya no se llamaba mas "Inglaterra", y que ahora se llamaba "Islas Malvinas". El me miró y me dijo, "¿Y vos como le llamas a esa calle?", sin comprender bien la pregunta le contesté "Inglaterra". Se rió, subió a un taxi, y se fue.

Al siguiente partido pregunté por Mick. Ya no trabajaba en la empresa. Me dijeron que no era inglés, que era escocés. Y que vivía en un pequeño pueblo en el norte del país. Los ingleses laburan bien. No comparto algunas cosas de su vida, algo desabrida y gris, pero laburan bien. Aún hoy siento desconcierto cada vez que recuerdo que para ellos Malvinas solo fue "un trabajo". Para nosotros fue algo mas que eso. Fue un año en que tanto yo, como mi país tuvimos que madurar. Uno, porque su familia lo necesitaba, y otro porque sus habitantes ya empezaban a estar hartos de tanto manoseo y desprecio. No fue un buen año 1982. Sólo recuerdo noches húmedas, gente triste, mi barrio sin el color de otros años, mi niñez perdida de golpe, la cara de mi viejo reflexiva e indignada, y los relucientes letreritos de las esquinas de la calle "Islas Malvinas " recién pintados.



Desde Madrid, mirando un atlas escrito en Turco, los saluda:

Dante.

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