05/04/2017 - ¨La señora de las tertulias¨ por Alberto J. Dieguez

Su vida se circunscribía a realizar reuniones en su departamento de Montevideo y Arenales, al que asistían alternadamente sus amigas, y a visitar cuanta exposición y muestra de arte se inaugurara en la ciudad. Hortensia era una asidua visitante del Malba, de la Fundación Proa, del Museo de Arte Moderno, de la Galería Van Eyck, de la Arroyo….

Era una mujer divorciada de un diplomático, que le había posibilitado conocer los mejores museos del mundo: el Museo de Arte Moderno de New York, el Guggenheim de Bilbao, el Corbousier de Tokyo…
Preparaba las reuniones minuciosamente. El momento del té, la hora del bridge, la despedida. Cada hora del día tenía su té adecuado, aunque ella prefería una infusión de chai mezcladas con té negro, al que agregaba un chorrito de leche, acompañado de alfajores, scones y brownies de limón. Para el final del día, despedía a sus visitantes con un blending de frutas o de flores, siendo de su preferencia el jazmín.
Era una anfitriona experta en contar las historias más tremebundas, siempre agregando algo de su propia cosecha. Entre todas ellas, se destacaba su erudición sobre el Barón Bisa, un hombre adinerado de una agitada vida, que se suicidó tras arrojar un vaso de ácido sulfúrico al rostro de su segunda esposa, en una reunión frente a sus abogados e hijo.

Le interesaba contar el suicidio de “la negra”, la psicoanalista Arminda Aberasturi, a la cual no había conocido, ni siquiera leído; lo de Virginia Wolf y su suicidio en el río Ouse.  Recientemente había descubierto,  gracias a  haber incursionado en  la Unidad Koestler de Parapsicología de la Universidad de Edimburgo,. la vida del filósofo judío Arthur Koestler, sus trabajos de parapsicología y su suicidio junto a su esposa.

No podía faltar en su catálogo local  Leandro Alem, Francisco López Merino, Lola Mora, Leopoldo Lugones, Florencio Parravicino. ¡El alma humana tiene sus vericuetos, sus escondrijos, que pueden hacer que una persona goce con la tragedia del otro!

Estudiaba detenidamente los ancestros de sus personajes, descartaba a “los medio pelo” como ella llamaba a todo aquel que no pertenecía a la alta burguesía y se quedaba con los ilustres. Tenía admiración por el escritor aristocrático Manuel Mujica Lainez. Gustaba de Bomarzo, del Unicornio, de la Misteriosa Buenos Aires, de Crónicas Reales, del El Gran Teatro, de los Cisnes.   “Manucho” reunía varios aspectos de su interés entre los que se destacaba su debilidad por las ciencias ocultas, la demonología y su  accidente de la infancia. Hortensia tenía en su haber, temas recurrentes lo oculto, lo misterioso;  lo dramático del suicidio; el poder de la aristocracia decadente de Buenos Aires.

Durante las mañanas pasaba largas horas en la Biblioteca Nacional, revisando las noticias policiales de los periódicos antiguos. Recorría minuciosamente las necrológicas tomando notas, intentando descubrir quién podía darle más información sobre los hechos , buscando realidades ocultas. Mientras, aprovechaba este tiempo, para escribir algún obituario para el diario de los Mitre.

Día tras día, semana tras semana se abocaba con pasión a esas tareas y deslumbraba a sus visitantes. Ese jueves llegaron al tercer piso de su departamento, las amigas de las tertulias del Restaurante Torcuato & Regina, donde un historiador realizaba un ciclo de tés, mientras relataba a su público los amoríos de próceres, dandys y figuras políticas del pasado. Tocaron timbre, pero nadie contestó. Insistieron. Llamaron por el teléfono celular y tampoco respondía nadie. Optaron por ir a pedir ayuda al encargado del edificio. Pudieron entrar gracias a una llave gemela que tenía en su poder.

En una mesa prolijamente puesta, se hallaba la porcelana lista para el té. Mas allá en  otra mesa de cedro, de estilo Reina Ana, sobre su paño verde se encontraban dos mazos de cartas  francesas, listas para la partida de bridge.  Hortensia  yacía en un sillón, con los ojos petrificados mirando sus manos, de las que habían caído tres cartas, tres ochos, uno de pique, otro de corazón y el otro de trébol.

Alberto J. Dieguez