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Kasa Taller la propuesta cultural de Budapest

Publicado: 03/08/2010


Reconocido por su colorido estilo, y por los originales encuentros que realiza en su particular “Kasa Taller” de Castelar Sur, charlamos con el artista callejero Buda, también conocido como Budapest.




Apenas llegamos a Anatole France, no nos fue muy difícil encontrar la casa de Buda. Un R12 ‘break’ amarillo estacionado en la puerta, con un submarino dibujado, y el tanque de agua de la casa cubierto en su totalidad por una llamativa obra de arte, nos facilitaron la tarea. En la puerta Buda está hablando con alguien, nos reconoce y nos saluda.
Entramos, y el artista nos da un paseo por el living-taller, garaje-galería, y terraza-escenario, en una casa intervenida casi totalmente por el arte. “Ésta casa tiene una arquitectura particular, el tipo que la construyó pensó en la orientación y la luz, el frente está mirando hacia el norte, con un ventanal espectacular”.
En el paseo por la terraza nos pusimos a debatir sobre el origen de la suciedad acumulada en el suelo y en las tejas tras la lluvia del día anterior. Caeríamos en la cuenta un par de días mas tarde, que ese extraño polvillo (afortunadamente inofensivo) provenía de un lugar tan alejado como Bolivia, y terminaría afectando nuestros barrios.

Desde hace 6 meses realiza con éxito, una serie de encuentros quincenales en su casa, en donde tocan bandas de amigos, se exponen cuadros, fotografías y trabajos de diseño.

¿Cómo fue tu relación con la gente de La Cucha?
-Guido, era el baterista de El Popinauta, y yo estaba tocando con ellos como músico invitado, y un día me dijo ‘Si tenés algo nuevo, vamos a sacar las fotografías y vamos a darle lugar a los cuadros’. Y a partir de ahí empezaron a cambiar un montón de cosas. Sin pecar de soberbio, exponer cuadros en un bar es más especial que fotografías. Un cuadro ilumina, una foto en blanco y negro es mas estática, más rígida, con un vidrio es mucho mas fría. En cambio un cuadro no deja de ser algo más cálido, y algo que invita a la gente a colgarse un poco, a analizar y ver. Y La Cucha fue como una alianza perfecta, porque a ellos le sirvieron los cuadros, y a mí me sirvió exponer ahí. Y se fueron vendiendo, mejor que en una galería.

La persiana del garaje se eleva, y el sol despierta una galería de arte abierta al barrio, barrio latino como le gusta llamarle a Buda. Colmada de obras propias y de amigos porque el espíritu de la propuesta es impulsar el colectivo de artistas locales, y no la sola obra del artista, convirtiendo una casa común y corriente, en una obra de arte grande, gratis para todos. “Queríamos que la gente que pasa por la vereda, con las bolsas del supermercado, sepa que puede encontrar una galería de arte a la vuelta de su casa”.

Buda (34 años), es guía de turismo, y es esta profesión la que le permite dedicar parte del mes al arte y parte a recorrer el mundo. El humilde precio de sus obras es meramente simbólico y popular. Y esto habla claramente de su personalidad. Algunas de sus maravillas las vende por tan solo 50 pesos. Hoy es quien pone la cara a la movida, pero él asegura que son varios los que la hacen posible, desde su hermana hasta amigos y vecinos. Ya que es indispensable hacerlo con responsabilidad, se trata de una casa común en que se habita y se vive, que un sábado se ve invadida de algunos conocidos y otros no tanto. Por lo que la limpieza general al otro día es agotadora.
En la galería han expuesto muchos artistas como Eugenia Guiñazu, con una serie de fotografías de Rock del Oeste, Luisina Colombo, con su fotografía digital y Rocio Vilalta, una artista que sorprendió con una serie de cuadros llamada ‘Putas Virgenes’ hecha sobre radiografías de huesos, que la gente sintió muy movilizadora.
Con la diferencia de estilos que han pasado por aquí, Buda nos explica que la casa va cambiando de idioma a medida que pasan artistas. “Cuando se exponen artistas como Rocio Vilalta, que transmite sensaciones muy fuertes, el público se da cuenta que el arte no tiene que ser siempre una caricia al alma, sino que el arte es emoción, y que la emoción es el barro, lo mas profundo y a veces habla un lenguaje mas duro. Yo acá juego un poco a ser curador, aprendo a ser animador cultural, porque cuando viene la gente, trato de que se comprendan ciertos códigos. Es gratis para que se entienda que la responsabilidad es de todos, y respeto es lo único que se pide a cambio”


En las obras, el estilo particular de Buda se percibe tanto en sus colores como en su temática reflexiva. Sin embargo por el taller se encuentran conviviendo cuadros simbólicos y surrealistas, con otros mas explícitos e hiperrealistas. Al lado de la heladera, que por cierto tampoco pudo escapar a la intervención global del ambiente, está exhibido el cuadro “Plan Cóndor” una de las manifestaciones mas claras del artista, en donde se ve un diablo sonriente entregando dólares a cambio de dictaduras militares. Este cuadro fue inspirado a partir de que un día a Buda lo engañaron con 100 dólares falsos. La interpretación de sus obras, puede ser siempre muy ambigua y librada a cada observador, aunque hay veces que busca guiar el sentido a ciertos lados y hacer el mensaje más fácil de comprender, mucho mas directo.
“El arte en el barrio tiene que cumplir una función de comunicación, sino es un monólogo en que aquel que no la entendió o no la sintió, se embroma. A mí me gusta mucho mas exponer obras acordes a cada público.
Yo intento que la pintura sea un ida y vuelta, decir algo para cambiar un poco la cabeza y la mirada del otro.”

Junto al multidisciplinario grupo de artistas “Atlantes”, Budapest participo en algunos trabajos, como el mural de la Plaza Cumelén, también conocida como “Plaza del Vagón”. Al igual que Marisa Alonso y su grupo transformaron la esquina de Francia y San Pedro. Allí en la plaza se esforzaron por realzar la situación artística de los murales, grafittis y pegatinas que se venían encimando y hacían decaer un poco el aspecto del parque. La pintada de los murales se realizaba de día, y se trataba de un trabajo conjunto involucrando no solo a los artistas, sino a todo aquel que pasaba por allí. Dejándose influir por la gente que pasaba, niños que dejaban su mano impresa en las paredes, absorbiendo sensaciones del momento y expresándolos mediante el arte. Convirtiéndose en parte viva de la obra.

Para él, el arte en la calle se libera, y es un medio para alcanzar nuevas fronteras. La obra deja de ser de alguien para pasar a ser de mucha gente. “Yo hice un mural en una calle que ahora se hizo peatonal. No es Caminito, pero de pronto pasa un japonés con una cámara, le saca una foto y la obra viaja por el mundo”.

¿En qué lugares expusiste?
“Acá en zona oeste me tocó exponer el Teatro Gregorio Lafferrere, uno de los mejores lugares para exponer. También me tocó en la UBA en Capital Federal. En San Telmo en la Universidad de Cine. En lugares que tienen que ver con la educación me siento mas cómodo, que en un circuito cultural de primera, Palermo, Recoleta, lugares como esos.
También tengo muchos murales hechos. Pinté en un estudio de Morón, Estudio Indigo. En Fm En Tránsito uno que quedó muy lindo. Y ahora estoy pintando uno en San Antonio de Padua, también en un estudio de grabación, y voy a arrancar con uno en el Abasto a una cuadra de la casa de Gardel.
Hace un par de años parecía que en el oeste había menos cosas. Pero más que eso, ahora hay mas ganas de mostrarlo, mas integración, un diálogo mas fluido entre artistas y primordialmente mas respeto..
He conocido artistas plásticos que se han frustrado en el camino, porque es tan dura la lucha. Para alguien que decide hacer de toda la parte creativa, una vocación, un trabajo,  un oficio, no poderlo llevar a cabo es como el tipo que no tiene laburo. Es como el panadero que le clausuran la panadería, y no lo le dan crédito y no tiene ni para comprar harina. Entonces no te podes dignificar. Por eso esa necesidad de mostrarse. Y el problema mas grande es la falta de recursos.”.

¿Cuál es tu participación en Fm En Tránsito?
“Estoy como colaborador, ad honorem. Voy dos veces por mes, y hago una columna que se llama “Los caminos del arte”, que combina un poco lo de salir a recorrer y ver lo que pasa en otros lugares  nivel cultural. Hablo del barrio, de los alrededores las ciudades cercanas, y lo que veo en las provincias. Ahora me estoy por ir a La Rioja y Catamarca y cuando vuelvo siempre traigo alguna anécdota para contar”

¿Cómo te iniciaste en el arte?
“Siempre supe que me gustaba, y a la vez sabía que era lo que me resultaba fácil. Como esos nenes que se dan cuenta que le pegan bien a la pelota. Te tenés que hacer cargo. De chico dibujaba, los papeles en casa sobraban. Tenía amigos que dibujaban bien y nos juntábamos a dibujar. Fui con una profesora de arte, Alicia Gobi y me encantaba ir, me maravillaba. De más grande lo fui llevando hacia la caricatura y el humor gráfico. Y después como me empecé a dedicar un poco a la música, me encargaba de hacer las artes de tapa de los discos, los flyers de la banda, todo a nivel grafico. Y cuando me tuve que poner a laburar, la parte creativa fue quedando a un costado. La retomo cuando Antry Tripay, un mapuche, me enseña a hacer trabajos en platería. Ahí retomo el dibujo para diseñar las piezas que después iban a ser trabajadas en el metal. El metal me resulta muy rígido, muy caro. Trabajar con fuego era peligroso. Así que me quedé con el dibujo. Me empecé a influenciar mucho de cultura mapuche y otras culturas andinas, y las empiezo a incorporar a todo lo que ya venía mamando, arte de todos lados. Me gustaba mucho el surrealismo catalán, dentro de las vanguardias el cubismo, el dadaísmo. Incluso el arte precolombino. Todo eso lo fui fundiendo y a partir del 2001 van apareciendo pinturas que dan nacimiento a otras. A partir de ahí no paré. Ahora tengo mas de 150 pinturas en la calle”

¿Cómo es tu relación con Castelar?

“Siempre Castelar fue como una cuna. Crecí y me hice en Castelar. Viví del lado Norte hasta los 24 años, y después me mude al lado Sur. Trabajé en el colegio Fátima, en el Pompeya Palotti. Pero estudié en el Inmaculada. Me muevo mucho por el Oeste, me gusta andar por Morón, Ituzaingó. Pero tardé en darme cuenta que era mi lugar de pertenencia realmente. Por cuestiones de trabajo, viajo por todo el interior del país, y países limítrofes, y siempre pensé que iba a encontrar un lugar en el medio de una cordillera,  en un valle,  en una selva, o al lado del rió. Y después me di cuenta a eso de los 28 años que mi lugar era Castelar. Definitivamente todo lo otro colaboraba para que las musas aparezcan, pero yo tengo ganas de quedarme acá. A veces me quejo de Castelar, de ciertas cosas que tienen que ver con modos de ver a la ciudad, que a mí no me gustan. A veces se muestra a Castelar como una princesa en el medio de un conurbano bonaerense donde las realidades sociales y económicas son otras. Castelar es como una florcita en el medio de de tierras pantanosas. Y vivir en un lugar así sin tomar conciencia de lo que pasa en los alrededores, es como el caballo que no tiene ganas de mirar para los costados. Tomé conciencia de todo eso, y Castelar me gusta porque están todos mis amigos. Puedo salir a caminar a la noche silbando bajito, disfrutando, puedo ir al bar que me gusta. No me gustaría vivir en un Country, ni en una capital donde nadie se conoce con nadie, donde la gente del 6to no sabe quien vive en el 7mo. Y no me gustaría vivir en un valle en donde cuando tenga ganas de de ir a ver una exposición en algún lugar no pueda ir, porque esté perdido en el medio del Finisterre. Y entonces me di cuenta que acá estaba a 22 Km. de la gran capital, que estaba atravesada por las rutas 4 y 7, que tenía la posibilidad de estar en 2hs en el pleno campo respirando el verde de los eucaliptos. Y aun se mantiene esa cosa de pueblo, que la gente aunque no te conozca te saluda porque te ve todos los días”.

Como todo artista, Buda es una persona muy sensible a movilizaciones internas. Cataclismos naturales, o personales son hechos que muchas veces ha plasmado en sus obras. Y la necesidad de adrenalina lo lleva siempre a buscar lo nuevo, lo desconocido. Y afortunadamente lo consigue. “Disfruto mucho cuando viajo por una ruta la sensación de cosquilleo en el estómago de no saber con lo que me voy a encontrar. Recuerdo una vez viajando en un micro, una nube de luciérnagas se estampa contra el parabrisas y deja todo el ómnibus impregnado con una fluorescencia, fue una imagen muy surrealista, una situación que jamás volví a vivir, fue muy impactante”.


Para enterarse de los encuentros visiten: www.fotolog.com/arte_budapest

Entrevista: Gabriel Colonna
Redacción: Agencia SIEN

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