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Rosana Passano: “La vida castiga a la gente que no cumple sus sueños”

Publicado: 12/01/2019


Nacida en una familia atravesada por el arte y la actuación se subió por primera vez a las tablas casi de casualidad y encontró su vocación en la adultez. Actúa, escribe y dirige y en su última obra, Opaca, brilló con un unipersonal introspectivo que con humor cuenta las ‘tragedias’ personales de la actriz.

El apellido Passano está directamente relacionado con el teatro y con la cultura del oeste del Conurbano. El arte estuvo siempre presente en la familia del recordado Ricardo Passano. Su herederos continuaron el legado artístico y fue Rosana Graciela Passano quien hoy lleva adelante el trabajo sobre las tablas. La vecina contó a Castelar Digital cómo se subió por primera vez a un escenario, cómo lidió con prejuicios machistas en el seno de su familia y cómo el clown le salvó la vida.

Opaca es una obra unipersonal que ha rotado por distintos escenarios de la Ciudad de Buenos Aires y otros tantos teatros de Castelar, Morón, Ituzaingó y toda la zona. Dirigida por Diana Vignolles, con la difusión de Círcula y la colaboración de su esposo Luís Mancini y Julia Grimoldi, cuenta con guión e interpretación de Rosana Passano quien se valió de su propia experiencia laboral en un comercio de la ciudad para reinventarse sobre el escenario. Una mirada humorística sobre las tragedias diarias de los habitantes de la urbe.

Opaca es el peldaño actual de una serie de pasos, saltos y recodos en la vida artística de Rosana Passano. Su vínculo con el arte surge desde la cuna: “mi bisabuelo era poeta y director teatral en Uruguay. Falleció cuando tenía que venir a dirigir a Pablo Podestá. Mi abuelo fue Ricardo Passano, el fundador del teatro La Máscara en Argentina, una maravilla. De la época en que al teatro se iba de overol, porque era un trabajo, no solo un arte. El actor tenía que hacer de todo, les hacía hacer la escenografía, serruchar, además de hacer el repertorio de los más grandes. Era un conocedor del teatro. Una tía de mi padre era Elsa O’Connor, una de las más grandes actrices teatrales argentinas, algunas películas se dan de ella. Mi viejo Ricardo Passano, mi tío Mario Passano”, explicó la vecina.

Aquella costumbre artística y teatral propia de la familia Passano tenía un tapujo de género que Rosana debió afrontar y romper: “Siempre quise decir esto y hoy lo voy a decir, todas las mujeres de mi familia fueron actrices frustradas. Quiero dedicarle lo que hago a las mujeres de mi familia, en ese momento los maridos no dejaban actuar a las mujeres, en mi familia, que era una familia de artistas no se dejaba actuar a las mujeres. Yo ya de grande quebré con esa tradición nefasta de no dejar actuar a las mujeres de la familia”.

Azar y caradurez

A pesar de las posibilidades que su apellido le brindaba y el conocimiento del mundo artístico, Rosana no se volcó hacia el drama sino por casualidad. Tuvo un primer encuentro en la adolescencia pero recién en la adultez, y por medio de sus hijos, se dedicó al teatro: “A los 17 años muy de caraduras estábamos juntando plata para el viaje de egresadas y una compañera trajo ¿Quién, yo? de Dalmiro Sáenz para ver si podíamos sacar un mango más. Yo me devoré la obra en 30 minutos, algo me estaba llamando, y dije ‘yo la dirijo’. Muy caradura, nunca más hice eso, porque me daba vergüenza, después tomé conciencia. A los 17 años dirigí a quien hoy es mi marido y a un par de amigas. Salió linda y la dimos dos veces y juntamos unos pesos para el viaje de egresados. Cuando salieron mis compañeros a saludar yo me escondí, me dio vergüenza porque estaba mi papá en la platea. Él me dijo que estaba muy bien, pero no le creí. Fue alentador verlo pero me dio pánico. Muchos años después cuando mi hija más chica, Catalina, tenía cuatro años la maestra del colegio Achalay nos convocó para hacer talleres. Me anoté en teatro, yo tenía 35 años, me animé y se me abrió un mundo. La primera vez que me animé, se eligió una obrita, la Bruja Pelada, la mamá que hacía de la bruja pelada le salió un viaje y no pudo hacerla. De golpe la directora probó a quién le salía graciosa la brujita, me eligieron y fui muy feliz, sentí que era el papel de mi vida. Después no aflojé más”, reseñó Passano y completó, “lo gracioso de eso es que el día del ensayo general, estábamos en la escuela  y me avisaron que estaba mi viejo… se me fue la voz. Un amigo me dijo, vos hace la mímica que yo hablo, porque se sabía la letra. Y el ensayo general lo hicimos así. Tomando pastillas para la garganta y té de tilo la pude hacer lo más bien al otro día. Tenía mis pruritos con mi padre, una imagen muy fuerte”.

De ese primer taller de teatro del colegio Achalay de Ituzaingó surgió un grupo de amigos que con el tiempo disparó distintos grupos y compañías de teatro como Motealpe y Teatraje. Rosana se alejó de las tablas hasta que una amiga la engañó para que participara en un casting que sería un disparador para su carrera: “Una de las mamás, Alejandra Sánchez, es una queridísima amiga y directora, una persona maravillosa, le comentó a otra de mis amigas que quería que yo participara en un casting, pero que no me dijeran que ella quería, pero que participe en el casting. Me llevaron engañada. Cuando me enteré que la directora era Alejandra Sánchez esos días no comía, no dormía, me moría. Sabía quién era ella, la tenía ahí arriba. Ella me eligió para hacer de la Tota Méndez en El Asesinato de la Tota Méndez. Quedé aterrada, miedo e inseguridades como siempre, pero lo hice, fue una experiencia maravillosa con Alejandra, compañeros maravillosos, muy generosos como Raúl Delgado, Adela Sánchez, compañeros entrañables. Esa obra fue dificilísima, hice una señora tipo Isabel Sarli, tenía 48 años y era lo opuesto a mi ese personaje, extrovertido en lo físico, una mujer escotada, con tacos, tipo vedetonga venida a menos. Peluca, tres corpiños, mostrar, tacos que en mi vida me había puesto. Llegaba al escenario aterrada, mis compañeros me veían aterrada, pero subía al escenario y aparecía algo que yo no sabía de dónde salía, todavía no lo entiendo. Me transformaba en eso que Alejandra me pedía que fuera, no sé si lo disfruté, siempre le pido hacerla de nuevo porque ahora la encararía distinto, me divertiría mucho más. Después de eso empecé a hacer clown y aprendí a reírme de mi”.

Aquellas primeras experiencias en el taller de teatro y los grupos posteriores, avocados al teatro infantil en donde Rosana dirigió a sus amigos, fue el paso fundacional de su carrera. Luego La Tota la llevó a sus límites y después el clown le enseñó cómo romper esas barreras autoimpuestas: “Clown es mi vida, es sanador, es reírme de mis tragedias, que son todas, soy una tragedia con piernas. Clown hizo eso: revertir, sanar, no dejar que te acartones, te endurezcas, es todo el tiempo decir ‘qué estúpida’, es no tomarte en serio, cosa que de mi familia no era, era todo muy solemne. Mi abuelo era como un dios del Olimpo y no tenía mucha relación, una vez lo escuché decir que el teatro era un templo y quien no lo tomaba así que no lo pisara. Entonces el día que pisé un teatro me quedé sin voz, era todo demasiado trágico y el clown hizo que lo disfrutara”.

“Con Motealpe hicimos muchísimas obras, fuimos muy felices, llevábamos a nuestros hijos a vernos. Por eso Catalina también siguió la carrera de su abuelo, pero profesionalmente. También mis sobrinos siguieron la carrera artística, Pablo Passano es cantante, tuvo el grupo Buenos Aires Karma, y Eleonora Passano es una artista completísima, hizo comedia musical con Julio Bocca. En el grupo de teatro infantil fui directora y a veces me tenían que frenar. Me apasiona, y actuando me han tenido mucha paciencia los directores porque me voy, me vuelvo loca cuando veo algo que puede ir y me dejan”, destacó la vecina.

Tras la dirección y la actuación se volcó al Clown, disciplina que no abandonó. El recorrido artístico la llevó también a conformar una compañía de clown, Sonno Contento con la que se animó a adaptar el clásico de García Lorca La Casa de Bernarda Alba: “Haciendo clown conocí a Yanina Frankel a quien adoro, es una de las profesoras más queridas, tuve muchas , pero todos amados por mí, porque todos tuvieron mucha entrega. Yanina es del oeste, la fui a ver a Mañozas, un dúo que forma con Malena Maldonado. Me enamoré de su impronta, de su estética y la convocamos a hacer clown. Queríamos hacerlo en capital y un amigo, Homero Arnold, es psicólogo, compañero del grupo Sonno Contento me dijo que estaba cansado de viajar a capital. Elegimos convocar a una profesora al oeste y empezamos con ella. Fundamos el grupo, hicimos Vacacionattas, Ritmo y La casa de Bernarda alba. La Casa la llevé yo, por fanática de Lorca. Y cuando la leímos mis compañeros de clown la vieron oscura pero les pedí que tengan fe, lo oscuro es clown, podemos hacerla. Yanina en seguida lo vio y fue algo increíble, estoy desesperada por hacerla de nuevo, la hicimos durante dos o tres años y todavía hay gente pidiéndola. Es maravilloso porque todo el mundo me decía que no la había leído, que uno haga desde el clown que alguien lea La Casa de Bernarda Alba de Lorca, es tarea cumplida. Actué con mi hija, ella hacia la Poncia y yo Angustias, actuar con mi hija fue tocar el cielo con las manos”, reseñó.

De Lorca a Passano y Vignolles

Tras el éxito de La Casa de Bernarda Alba el derrotero de Rosana Passano pareció detenerse. Durante un tiempo no surgieron nuevas propuestas ni proyectos, o al menos ninguno alcanzó sus expectativas. Durante este período surgió la inquietud de contar su historia, de presentar sobre el escenario un viaje introspectivo contando sus logros y miserias, siempre en clave de humor y aplicando lo aprendido en Clown, así nació Opaca: “Cuando dejamos de dar Bernarda Alba quedé vacía, muy vacía, seguí tomando clases de clown porque es mi pasión pero empecé con esto de no saber qué hacer con mi parte artística. Seguía trabajando en Puerto Libre, el todo por dos pesos de Ituzaingó, pero me moría de tristeza, literalmente. Con el sueño de hacer algo y cada vez era más fuerte la sensación de querer contar mi historia. Había mucha gente buena, amigos y conocidos, que me apoyaban diciéndome ‘tenés que contar lo que te pasa en el negocio y lo que te pasó, te atrapó esto de sumarle dinero a tu familia y solventar gastos y no pudiste hacerlo de otra manera, porque no te animaste’. Empecé a pensar que necesitaba alguien que me dirija, le dije a mi hija y me dijo que no, me sacó corriendo: ya es mucho ser madre e hija. Es una asignatura pendiente, moriría porque me dirija Catalina. Un día una ex novia de mi hijo me dijo ‘vos tenés que contar la historia, dejate de dar vueltas y te tiene que dirigir Diana’. A Diana Vignolles la conozco por amigos en común, pero ella viene del palo de la danza, la expresión corporal, yo no entendía por qué. Diana había hecho unos spots para Bernarda, la había visto. Pasó un tiempo, la veo embarazada un día por la calle, la paré y le dije ‘vos me tenés que dirigir’. Se rió y me dijo ‘bueno, dale’. En vez de decirle ‘hola Diana’, le dije ‘hola me tenés que dirigir’. Pusimos un día, nos empezamos a juntar, primero empezamos con otro tema. Una obra que no tenía que ver conmigo, sino con la historia de mi viejo, quería hacer algo con la radio. Un día le digo ‘Diana, hacia como tres meses que veníamos con eso, adaptando avisos, una radio vieja, pero esto no es mi historia, esta es la historia de mi papá. Quiero contar mi sufrimiento en el negocio’. Empezamos a improvisar y surgió. En el medio nació su hijo, ella tiene mil cosas, Círcula, la casa. Fue placentero pero fue largo, retomamos y fue una unión muy linda. Buscábamos música, siempre coincidíamos, nos gustaban los mismos colores, la música para la obra. Difícilmente diferíamos demasiado en algo”, relató Passano.

Opaca había nacido, la obra unipersonal e íntima de Rosana Passano estaba sobre el escenario: “Todavía no lo puedo creer, las primeras funciones fueron mágicas, nunca pensé que lo iba a hacer en el teatro de los dueños del negocio donde trabajé 20 años. El teatro Pirán es de los dueños de Puerto Libre. Ellos me ofrecieron y abrieron el espacio, para que el último tiempo ensayemos en el espacio y la estrenamos ahí, sin ningún rollo ni problema. Era una crítica social enorme, no a Puerto Libre en si mismo sino al trabajo enajenante de una persona vendiendo en un Todo por 2 pesos o zapatos o maníes. Es la crítica a mí misma por qué seguí con eso y no cumplí mis sueños antes. ¿Qué hace la vida con la gente que no cumple sus sueños? La castiga. Yo tenía que llevar adelante mi familia, lo económico en un mundo neoliberal muy duro. Yo también decía que tengo que cumplir con estas obligaciones y eso tiene un costo, la luz, el gas, los impuestos, tiene un costo. No reniego de eso pero me anulé demasiado y la vida te pasa factura y te da revancha. Tengo 61 años pero soy muy feliz haciendo Opaca”. 

Con producción de Círcula, Opaca llevó un recorrido similar que La Casa de Bernarda Alba y sumó escenarios en Buenos Aires. De la zona destacaron el Centro Cultural y Biblioteca Popular Enrique Santos Discépolo de Morón, el Teatro Pirán de Ituzaingó, el Copete de San Justo, la sala de la Unión Vecinal Arias y Jonte, Danzar Mundos de Haedo, entre otros, junto con la sala Cirujismo de la Ciudad de Buenos Aires.

El nuevo año llega con nuevas propuestas, una nueva obra de clown junto con Sergio Villamil y Darío Sietecase. Rosana Passano debió transitar varias décadas de su vida hasta encontrar la disciplina que la llenara, que la hiciera feliz. De una obra infantil, un juego para sus hijos entre padres de colegio llegó a escenarios que conocía desde el público y para contar su propia historia. Hoy lleva su experiencia al escenario pero aconseja no dejar pasar los sueños ya que no animarse tiene su costo: “que la gente haga lo que sueña hacer. Tiene un costo, que es justamente no tener un costo, precio, pero es felicidad pura. Algo que digo ya de abuela: observemos a los niños, qué hacen, a qué juegan, qué les gusta representar. Los niños tienen varios juegos preferidos pero vuelven siempre a uno en particular, ese que vuelven creo que va a ser el futuro que le dé más placer y más felicidad. Mis dos hijos son artistas, de chicos disfrutaban mucho de todos los juegos pero los dos siempre volvían a algo. Uno es historietista y la otra actriz. Yo en mi casa jugaba a las escondidas, era muy tímida y la timidez no me permitía delante de mis padres jugar a lo que ahora disfruto tanto. Hay que observar a los niños”, finalizó con un consejo la vecina Rosana Passano.

Entrevista: Gabriel E. Colonna
Redacción: Leandro Fernandez Vivas

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