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Tristán García Torres y el sueño de fundar un club en el patio

Publicado: 01/07/2017


Carreras de patines en medio de Arias, partidos de hockey entre los colectivos y penales entre los vagones de la Cumelén. Otro Castelar vive en la memoria de los vecinos. “Es el pago chico, donde uno vive y tiene el corazoncito”, explicó a Castelar Digital.

Calle de tierra que en apenas cinco cuadras perdía su rectitud por mezclarse la calzada con la vereda y algún zanjón. Un solo restaurante que era el mismo elegido por las familias como por algún borrachín. Un ferrocarril que, cual pulso sanguíneo, llevaba y traía vecinos, historias y vida. Chicos, muchos chicos que por las tardes y hasta bien entrada la noche tomaban por asalto las calles y los miles de potreros. A lo lejos se podía escuchar una vaca, gallos y otros animales, los del famoso Serafín y los de algún otro habitante también. Un único asfalto que con el exiguo tránsito se transformaba en la mejor pista de carreras en patines de la zona. Castelar hace muchos años era completamente distinto al que es hoy. Muchos vecinos recuerdan aquel pueblo devenido en ciudad, aquel pequeño poblado que invitaba a vivir.

Aquel Castelar distante en el tiempo y en su fisonomía es muy difícil de imaginar desde un balcón de los muchos edificios que lo poblaron en las últimas décadas, o a través de la vidriera de uno de sus cientos de comercios, pero Tristán García Torres no necesita hacer uso de su imaginación, él lo conoció así de distinto.
Vecino desde su más pronta niñez conoció aquel Castelar pujante y en desarrollo. Supo apreciar sus rincones además de extrañarlo cuando pasaba sus días, ya de adulto, entre pasillos y salas de los tribunales porteños. Abogado de profesión y juez de carrera, siempre regresó al Oeste donde tenía su corazón.

En aquel Castelar jugó, conoció el amor y hasta fundó un club que tuvo sede en el fondo de su casa. “Es mi pago chico, es mi otro mundo. Viví, trabajé y estudié en Castelar. Después, con la facultad, me fui a la Justicia en Capital, pero mi corazón, amigos y familia siempre estuvo en Castelar, por eso siempre quise sumar mi granito de arena”, explicó a Castelar Digital.

“La curva de Ituzaingó” fue su primera casa en los comienzos de la década del 40. Su padre alquiló un solar de cuatro manzanas conocido en los barrios del sur del pueblo como “la quinta de los Rogoloni” ubicada sobre el final de la Avenida Zeballos donde al toparse con las vías del, por entonces, Ferrocarril Oeste se transformaba en Rivadavia. “Después nos mudamos a la calle Los Incas donde viví toda la vida, frente a las vías. Después pude comprar una casita. En Los Incas ahora vive un hijo mío con sus tres nenas, ahí donde vivieron mis viejos toda la vida”.

“Vivimos en Castelar haciendo actividades de chicos, en la calle, en el barrio. No se soñaba con irse de vacaciones al mar o las sierras. Mi papa era jubilado, había sido juez pero no eran buenas las jubilaciones, pero estábamos chochos de quedarnos en Castelar. Castelar nos contenía, jugábamos en la calle, hacíamos futbol, carreras, hockey en patines, todas actividades deportivas inventadas por nosotros. El Club Argentino era lejano a nosotros económicamente y por ser nosotros chicos, el Club Castelar estaba lejos”, explicó el vecino.

Los potreros, las calles y todo descampado se transformaban en un gran patio de juegos. A pocos metros de la estación y del lado norte, casi frente a la usina eléctrica del ferrocarril y a metros del comienzo de los galpones del depósito ferroviario existía una playa de maniobras. Un sector amplio colmado de rieles y cambios de vías utilizados para cargar y descargar los vagones y para girar y reacomodar coches de pasajeros. Allí, entre hierros, bulones, clavos y vagones, Tristán y sus amigos se divertían: “En ese momento no éramos pobres, éramos una clase media intelectualmente instruida, pero sin los recursos económicos necesarios para irnos de vacaciones, éramos chicos de diez años que jugábamos a todo tipo de deportes. Y jugábamos a la pelota donde hoy está la Cumelén. Destaco de las intendencias anteriores que hayan creado una plaza donde era un nido de ratas. Solamente estaba limpio donde habíamos hecho nosotros la canchita pero no era un lindo lugar. En cambio ahora es una plaza que es un modelo de plaza y de respiro para muchísima gente”, aquellos juegos también dispararon un sinfín de anécdotas, “un día mi abuela me regaló una remera muy linda y la llevé a jugar al futbol, hacía calor, jugábamos en cuero. Terminamos y voy a buscar la remera. No estaba ni la remera ni el vagón donde la había colgado. Vino una locomotora y se llevó los vagones que estaban desde el día anterior descargando. La locomotora se llevó el vagón y mi remera. Cuando volví sin la remera me castigaron, fueron tres o cuatro días sin poder salir. Pero ni nos dábamos cuenta porque nos enfrascábamos en el deporte. Y eso que no éramos jugadores de futbol. Era malo. Pero jugábamos igual”.

Aquella libertad de la seguridad de la calle no se transformaba fácilmente en rebeldía. Tristán destaca que si bien podían hacer propias las calles de su barrio toda actitud estaba controlada por el respeto. La confianza de sus padres les permitía jugar hasta bien entrada la noche. Era común jugar durante todo el día, regresar a su casa a cenar y volver a salir para ‘pelotear’ bajo la luz de la luna. El respeto a los mayores volvía en forma de confianza: “la autoridad la tenía que poner una mamá. Yo la adoraba a mi mamá, pero si llegaba tarde, no salía. En verano después de cenar salíamos tarde a jugar. Cuando escuchábamos el silbato de la fabrica Castelar, que sonaba llamando a su personal a las diez de la noche, yo tenía que estar en mi casa. Si llegaba tarde, no salía al otro día en penitencia. Si se repetía me castigaba con tres días. Para mí, siendo hijo único, era una cadena perpetua porque no tenía con quién jugar. Añoro ese sentido de autoridad. La autoridad que tenía el maestro por ejemplo, era una persona, no autoritaria, pero si tenía una firmeza en la formación de los chicos”

Aquellas interminables tardes jugando en las calles de Castelar llevaron a Tristán y sus amigos a practicar infinidad de deportes y a inventar varios otros. Cientos de aventuras, anécdotas y vivencias forjaron un lazo irrompible. En aquellos tiempos de crecimiento y comunidad dieron paso a un proyecto conjunto. El compañerismo y la amistad llevó al vecino a fundar con sus compañeros de andanzas un club. Nació en el patio de su casa el Club Atlético Los Incas.


Un club en el patio y un periódico en la mano

“Fundamos el Club Los Incas, hasta nos hicimos carnecitos. Éramos muchos chicos del barrio, algunos me voy olvidando, otros se mudaron y otros ya fallecieron: Eduardo Martínez, Quique Gantes, Juan Carlos y Rosendo Domíguez. Todos vecinos del barrio de Francia, Los Incas y Rodríguez Peña. Ricardo Soler, "Bibi" Suarez Orozco, "Chuchi" Vegas, Raúl Doblas, los inglesitos Antar, "Pampa" Lazzarino, Cacho Urio, Tito Santisteban, Norberto Tarrio, Oscar Méndez, los hermanos Karp, Rosen, "Tito" Santisteban, Eduardo Stropolo y muchos otros que quizás me olvido. Habíamos nucleado un club para contenernos y divertirnos nosotros mismos ante la falta de otra posibilidad, ante un contexto social y político de peligrosidad y seguridad distinto. Ahora Castelar es diferente y necesita esa contención desde el Estado”, narró.

Aquel pequeño club tenía su sede social: “El lugar fijo era un galponcito que había en el fondo de mi casa, le pusimos un cajón de escritorio y dos sillas. Hasta teníamos una bibliotequita. Hacíamos todo tipo de deportes y creamos deportes. Como leíamos revistas deportivas, un día se nos ocurrió hacer hockey en patines, no teníamos ni idea lo que era. Hicimos los arcos y la cancha en la calle Campana. El ómnibus pasaba cada 40 minutos, levantábamos los arcos de madera, pasaba le colectivo y los volvíamos a poner. Cada barrio tenía su equipo de hockey en patines. Había un equipo que integraba Javier Badicula y un chico Ayerza, de la familia, del castillo del Colegio Inmaculada, que venía para vacaciones. Estaba Diego Metz, el negro Obando, después nosotros teníamos nuestro equipo, todos chicos de entre 12 y 14 años. También hacíamos atletismo: no sé como conseguimos un disco, una bala y una jabalina. De futbol no teníamos nada. Estaba Norberto Tarrio que el papá había sido internacional de Argentina, nos daba la camiseta del padre para que jugáramos cada uno. Le dábamos mucha importancia y jugábamos en la calle”.

Aquel pequeño club también tuvo su propio medio de difusión: “¡Sacamos un diario! Era muy cómico, lo hacíamos en papel carbónico para hacer unos diez o quince ejemplares. Tenía una sección de chistes, que los chistes los copiábamos de alguna revista que conseguíamos. Y lo sacábamos una vez por mes. El diarito del club Los Incas”.

Esa pasión por el deporte y por el barrio impulsó a Torres y sus amigos a continuar la tarea iniciada en el club. Al crecer y comenzar los estudios secundarios no todos los jóvenes podían dedicarse a jugar, empero, se las ingeniaron para darle nuevos espacios a sus ganas: “nuestra vocación deportiva nos llevó a apadrinar chicos más chicos. Nosotros tendríamos 17 años y apoyábamos a chicos de diez años menos: los hacíamos hacer atletismo, hockey en patines, carreras en patines, futbol. Estaba Cachito Michelena, Juan Carlos Comis, Carlitos Merlo, los hermanos Corigliano, los hermanos Iglesias, Julio Fernández. Soñábamos con que los colegios abrieran las puertas sábados y domingos. Logramos que el colegio Sagrado Corazón nos diera la oportunidad. Todos los sábados se reunían chicos de todo Castelar de 9 de la mañana a 1 de la tarde”, recordó Tristán.


Del potrero a la Justicia

Los años pasaron y la niñez con ellos. Tristán siguió los pasos de su padre y se dedicó también a la abogacía, llegando a ser juez. Recorrió cada ‘escalón’ dentro del Palacio de Tribunales, en la Ciudad de Buenos Aires, de “pinche” hasta Juez de la Cámara de Apelaciones en lo Criminal, pasando por Secretario de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y Juez en lo Criminal. Aquella vocación lo llevó a trabajar lejos de su Castelar natal pero también lo llevó a dar clases, primero en la Universidad de Buenos Aires y después en la Universidad de Morón. Paralelamente surgió un proyecto solidario que le permitió volcar su profesión a la patria chica. “Fui muy amigo del Padre Gerardo Tomas Farrel, que fue obispo en Quilmes y se hizo cargo de la parte social en Morón. Creó un estudio de asistencia social sobre tres patas: uno de investigar qué es lo que necesita la comunidad, entonces creó un centro de investigación de Morón, con sociólogos, asistentes sociales, alumnos. La otra pata es la parte de formación de los asistentes sociales, para que sean profesionales. Y crea la Escuela Diocesana de Servicio Social en 1966, yo colaboro con un grupo de amigos del padre Farrel: Pichi Manigot, Cacho Urio, Carlos Pisano, Juancho Pisano, Alicia Diberto. Estuvimos colaborando hasta que Farrel se va. Trabajamos con él porque entendía que la escuela sea subsidiaria, que hiciera siempre lo que los órganos oficiales no hicieran, entonces se creó el primer servicio jurídico gratuito de Morón en el ámbito del obispado. Se planeó sobre la base que los médicos tienen el hospital, pero los abogados no tenían  un hospital jurídico. La gente carente de recursos podía ser atendida por un abogado bueno, o por uno malo que sólo quiere sacarles dinero, según donde cayera. Entonces se crea así el servicio gratuito. Ya más adelante  cuando se crea el Departamento Judicial de Morón, Farrel transfirió el servicio al Colegio de Abogados. Siempre busqué trabajar profesionalmente en Capital pero sin olvidar el pago chico, donde uno vive y tiene el corazoncito”.

Ese pago chico también le trajo el amor y una gran familia. Desde el sur del pueblo, del otro lado del ferrocarril un día llegó Alicia y la vida de Tristán nunca volvió a ser la misma: “Las vías separan el sur del norte, no porque sea más lindo, Castelar se formó primero del lado sur donde estaba la quinta Elvira. Y del lado norte también había quintas: Ayerza, Brea, Costa, Sayago. Y del lado sur estaba la casona de Estanislao Zeballos. A mi mujer la conocí por una hermana de ella, que estaba de novia con un amigo mío que vivía a la vuelta de mi casa. Se conocieron en la Escuela Modelo que estaba en Carlos Casares. Nos conocimos con Alicia, nos pusimos de novios y estuvimos cinco años de novios porque yo era pinche en tribunales. El alquiler salía 20 y yo cobraba 18. Mi mujer era profesora en la escuela de enfermería de la UBA, ganaba 60 a tiempo completo, así que nos pudimos casar. En la luna de miel me avisan que me salió el cargo y pasé a ganar 64. En el 69 con un crédito nos pudimos construir la casa a la vuelta de la Escuela 7. Nos hizo el proyecto Pedro Azarino. En ese momento Castelar llegaba hasta la Escuela 7, hasta Arredondo. Después seguía el campito de Serafín. Tenía vacas y un famoso campo de perales, tenía cien metros de perales. De chicos nosotros íbamos a buscar peras en el verano y nos llevábamos alguna, o nos la daban o las sacábamos. La Escuela 7 estaba metida en el campo de Serafín, nosotros nos mudamos cuando toda la zona se estaba loteando”, completó el vecino.

Aquel Castelar de carreras de patines y clubes en los patios de las casas no volverá, pero la distancia en el tiempo no lo han hecho desaparecer. Sigue vivo en la memoria de Tristán Torres y en el espíritu de todos los vecinos que lo conocieron y transmitieron a las subsiguientes generaciones aquel sentimiento de comunidad. Tristán ansía igualmente que vuelvan algunas prácticas de aquel pequeño pueblo: “Hoy Castelar no puede contener al chico porque no puede salir a la calle. Y cuando sale está el peligro de la droga. Así como nosotros vivimos una etapa de la vida infantil contenida por nuestras familias, por los vecinos, por los amiguitos, todos los chicos de ese momento ninguno fue una mala persona, todos trabajaron o estudiaron, empresarios, empleados, profesionales, de banco, comercio, estudiaron… pienso que el Estado debería contener a los chicos de alguna manera. Deberían crear en el Gran Buenos Aires colegios de doble escolaridad, habría que hacer un esfuerzo, que el chico esté desde las 8 de la mañana a las 5 de la tarde en la escuela y se va a la casa a hacer los deberes o a estar con los padres. El Estado ahorraría en hospitales, en seguridad. El chico tiene que contenerse de alguna manera. Yo comparaba esa infancia nuestra con la infancia de ahora… en mi casa no cerrábamos la puerta con llave. A veces de noche se cerraba la puerta. Porque había muchas casas en construcción y había algún sereno, había miedo de que entrara algún sereno. El sereno solitario iba a comer al único restaurant que había que era el que estaba frente a la estación, Tarzán. Y venía por ahí borrachito y -por error- en vez de meterse en su casa que cuidaba, se metía en otra casa. Una vez nos pasó que se nos metió un sereno diciendo que era su casa. A partir de ahí cerramos a la noche. Con la inseguridad actual es otro Castelar”, finalizó el vecino.

Distinto en población, en su arquitectura, en servicios y en cantidad de habitantes, Castelar es hoy la ciudad que ni siquiera llegaron a imaginar aquellos muchos chicos que transitaron en patines, corriendo, jugando y sonriendo por estas mismas calles. Aquellos vecinos, lejos del barrio de su infancia, aún recorren cada rincón del pueblo y pueden revivir desde sus memorias aquel ahora extraño poblado.

Entrevista: Gabriel Colonna
Redacción: Leandro Fernandez Vivas

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