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Anibal Ovieczka : “Cada bota tiene su historia”

Publicado: 15/07/2016


Artesano y ‘bootmaker’, como se denomina su oficio, confecciona en su taller las botas texanas que visten músicos, deportistas, motociclistas y famosos. Ricky Fort, Pappo y Maravilla Martínez eligieron sus obras para dejar huella. “Mi meta siempre fue hacer la mejor bota del país”, contó a Castelar Digital.

Aníbal Ovieczka fabrica con sus propias manos las botas del estilo texano que luego vestirán rockeros, actores, estrellas y famosos. Con una vocación nacida desde su gusto y condensando sobre el cuero su pasión por el rock y el arte, el vecino confecciona botas a pedido que son reconocidas a nivel nacional e internacional por su calidad, diseño y dedicación.

Pappo, Barilari, Mizrahi, Maravilla Martínez, Baby Etchecopar, Fabián Vena, Roberto Piazza y hasta el excéntrico Ricky Fort lucieron sus botas, realizadas a pedido y diseñadas en base la personalidad de sus futuros usuarios. Botas Texanas desde Castelar al Mundo. 

“Siempre vi en la bota un calzado que pasan los años, pasan las modas, los estilos, pero las botas texanas quedan”, explicó Aníbal Ovieczka y completó, “aunque estés todo rotoso, te ponés un par de botas y ya estas”.

Con un oficio marcado y con productos que llevan su firma en el diseño y destino, el artesano vivió la mayor parte de su vida en Castelar y parte en Ituzaingó. Siempre ligado a la confección de calzado supo aprovechar su vocación para transformarla en una marca propia. Su presente exitoso es muestra y resultado del esfuerzo y la dedicación, del buen gusto y de la ductilidad con la que trabaja el cuero. Empero, no siempre pudo dedicarse a sus botas aunque siempre lo anheló.

Paso a paso

El principio de la década de los noventa fue un momento bisagra en la vida de Aníbal. Tras una empresa en donde el esfuerzo y sacrificio laboral se transformaban en estrés y mala salud, decidió dejar todo para dedicarse al calzado. Casi sin querer, pero guiado por su gusto, se dedicó a la confección y diseño de botas. “Siempre fui amante de la bota; de pibe paseaba en Capital, por la calle Florida antes de llegar a Plaza San Martín en donde había una galería que empezaba a mostrar la cultura hippie y me encontré cara a cara con una bota y ahí fue el amor a primera vista! Después fui aprendiendo el oficio: Pasé por todos los procesos de aprendizaje, primero aprendiz limpiando máquinas y ahora puedo manejar una fábrica importante de 5000 pares por día”.

Aquellos primeros años de los noventa lo llevaron a volcarse por el borcego, que si bien aún no era el predilecto de los jóvenes de la época, ya comenzaba a verse en películas y producciones internacionales y luego se transformó en el calzado de la época. “Llegué a tener 40 personas trabajando en taller y un local en una galería. La idea era hacer un producto de buena calidad, es más lento pero siempre pensé que vas a estar más tiempo usando el calzado, pero cuando vuelvas a comprar vas a volver a comprar el mismo. Siempre tuve esa idea y logré un borcego muy bueno y eso me dio la posibilidad para comprar la maquinaria y empezar a hacer las botas porque se necesitaba una maquinaria especial. Acá no hay una cultura de botas como en Estados Unidos, entonces ciertas máquinas había que reformarlas”.

El negocio marchó bien por un tiempo. Con el devenir económico e histórico del país, el comienzo de la década del 2000 fue muy adverso para el productor y vecino. Con la caída de las ventas se minimizó la producción y las botas pasaron a segundo plano. “En el 2000 pensé en irme a Estados Unidos a hacer botas, tuve el pasaje reservado para Los Ángeles, pero un amigo de allá me fue claro: Estados Unidos es hermoso para los ‘americanos’, pero para los inmigrantes es difícil. No iba a poder montar mi taller de botas. Mi amigo me dijo ‘Si venís para acá pensando que acá te sostenes vos y a tu familia en Argentina estás equivocado. O te pegás la vuelta porque extrañás o te enamorás de una mexicana y te olvidás de tu familia. Salvo que traigas toda la familia trabajen todos y se olviden de Argentina…’ y yo con mi oficio, ir allá y olvidarme todo no, no es lo mío”.

“Me quedé e hice de todo; vendí latitas de coca en un semáforo, fui remisero, trabajé pintando… en todo ese trayecto me fui comiendo las máquinas porque la familia tenía que comer, pero el olor a cuero es adictivo para mí: un día vino un amigo músico y me pidió una botas. Me faltaban las máquinas, pero me puse y se pudo”, casi sin querer su destino había vuelto a acompañar su vida.
 

Influencia

“Vengo de la época de las grandes explosiones artísticas”, presenta su vida Aníbal mientras eleva su mirada para recordar aquellos primeros años de desarrollo. “Woodstock, la película, me crié con la evolución de la cultura musical, pero también con la dictadura militar, con carros del ejército en la calle, aunque así pude ver el nacimiento de grandes bandas como Deep Purple, los Rolling Stones y andaba en la movida muy ‘under’, Época que con solo tener el pelo largo eras extremista o drogadicto y bueno uno siempre fue un poco rebelde de aritos y me he comido alguna cagada a palos por eso. Yo tocaba el bajo, teníamos una banda, hacíamos heavy. Moby Dick se llamó, y de la gente que nos seguía salió Iorio, JAF, Walter Giardino. Después eran épocas difíciles para hacer y vivir de la música, y había un círculo muy cerrado y selectivo”, esa primera impronta rockera, con el devenir de los años, le traería su primer cliente, aquel primero que le explicó sus gustos y así le dio forma a sus botas. “La parte artística de la música me lo suplanto la bota sin darme cuenta. Aquellas primeras botas me las pidió Juan Monastra, todavía las tiene. Después empezó el boca a boca y me inicié de a poco, esto no fue de un día para otro, ahora me dedico hace 20 años exclusivo para las botas”.

“Fui autodidacta. Si te gusta la guitarra y te la colgás de 10 a 8 horas… y seguro vas a ser buen guitarrista, eso hice con las botas. Igualmente, me costó mucho el pasar de ser un empresario a ser un artesano, de estar comiendo en un buen restorán en una cupé nueva y de golpe en una feria con un stand… fue todo un proceso muy duro de digerirlo, pero bueno con esfuerzo se puede, esto te tiene que gustar para hacerlo yo creo que ya desde hace muchísimo tiempo no podría hacer otra cosa”, reflexionó Ovieczka.

Límites, Castelar y el futuro

En el oeste está el agite, sostiene la famosa canción de Divididos y Aníbal apoya esa idea. “Nací en un conventillo de Pompeya y después me trajeron a Castelar. En ese entonces eran los lugares que las inmobiliarias hacían remates de terrenos y con créditos hipotecarios se podían hacer una casa. Viví en Castelar en a una cuadra de la Plaza de los Españoles, me crié en la plaza y el Club Mariano Moreno. Cardozo entre San Nicolás y Pergamino. Una infancia hermosa, todo lleno de quintas de donde nos llevábamos mandarinas y nísperos… La zona oeste es una zona distinta muy particular, anda a saber por qué motivo… será el nivel del mar? Toda la zona fue cuna de muchos artistas, músicos, siempre la movida estuvo en la zona oeste. Después me fui a ituzaingó y hace unos años volví a Castelar en donde tengo el taller también”.

Con el destino en marcha y las máquinas trabajando, el vecino había encontrado su método, su tiempo y un nivel de producción que le permitía satisfacer a varios clientes y pedidos al mes. Empero, un día llegó Ricky Fort a la televisión y nada volvió a ser lo mismo, al menos para el mundo transitado sobre botas.

Corría el inicio de la segunda década del siglo cuando el empresario chocolatero devenido en artista mediático mostraba en la pantalla chica su vida glamorosa y colmada de riquezas, junto con su ostentación se incluían las botas de cuero, típicas texanas que impulsaron la demanda de este calzado en todo el país. “Bajé 25 kilos por estrés, me internaron 3 veces, iba al baño con celular y el teléfono de línea. O sea, la época de Ricky Fort fue una época en que yo venía trabajando entre 15 y 20 días para cada bota y terminé haciendo 40 o 50 pares de botas en simultáneo. Un día tuve que llamar al médico, me querían internar pero no había cama. Me fui a mi casa, apagué el teléfono y rompí el celular; sentí que me moría. Entonces me dedique a mis pibes y como con las botas siempre quise tener una moto, aproveché que no podía trabajar porque estaba en estado terrible, vendí el auto y con lo que quedaba me compre la moto, me pasé el verano aprendiendo a andar en moto por colectora”, resumió el vecino.

Con altibajos y llegando a los límites, el bootmaker logró encontrar el equilibrio en su producción y el tiempo necesario de dedicación para cada par de botas. “La creación de cada par es el mismo proceso que puede llegar a tener un artista, un escultor, pintor o músico: la composición de una canción está basada sobre una figura… acá es acostarte pensando en esa bota. Viene el cliente, que tiene una idea de lo que quiere y acá se le abre un abanico que no tenía pensado. Al cliente le aconsejo según el tipo de uso que le va a dar a la bota, te explico todos los detalles a favor y en contra, tomo medidas de pie pantorrilla y le doy todas las opciones para decidir lo que para el resulte más simple. Porque a mí me gustaría que tenga esta altura pero si vos querés una bota de otra altura cada vez que bajes del auto te vas a tener que acomodar la botamanga, por ejemplo. O si querés un cuero delicado y vas al campo entre las vacas no te vas a llevar una bota de nobuk. Y siempre me pasa algo con las botas, me cuesta desprenderme de algunas. Por ejemplo las primeras botas que le hice al músico de Rata Blanca había muerto mi viejo y venia retrasado… el día que estaban enterrando a mi viejo yo estaba trabajando con las botas de Giardino”

La charla sumergida en el olor a cuero del taller de Aníbal viaja a través de los pedidos, los detalles y los clientes. Las anécdotas, los esfuerzos y alguna que otra fantasía: “tengo varios proyectos. Tengo alrededor de 20 pares que no son de encargue y con ellas quiero presentar una colección de botas artísticas. No tengo tiempo, pero me gustaría en un lugar grande, en una galería de arte grande”, señaló el vecino.

Aquellas primeras botas que vestían a los ‘cowboys’ tejanos, con su especial taco, indispensable para que el jinete pudiera hacer pie firme sobre el suelo árido del sur de Estados Unidos y así enlazar y controlar al ganado, distan mucho de las botas artísticas que crea y vende Aníbal en su taller. Cada par es distinto al anterior y eso lo hace especial, único. “Cada trabajo es un mundo cada bota tiene su historia. Y mi meta siempre fue hacer la mejor bota del país”, finalizó Aníbal Ovieczka.

Entrevista y fotos: Gabriel Colonna
Redacción: Leandro Fernandez Vivas

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