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Acronix - Diseño Gráfico

¨Imagen¨ por Jorge Beade Harbin

Publicado: 10/03/2015


Nada se pierde, más bien recorre un camino circular y entra sin permiso en el mundo que debimos haber tenido.

Emiliano había llegado de La Pampa allá por el 88 en medio de una de las cíclicas y ridículamente naturalizadas crisis de nuestro sistema republicano. Siguiendo el destino de la mayoría de los inmigrantes del interior a la gran ciudad, se alojó en una pensión de la calle Constitución. El lugar: un cuarto de tres por tres con cuatro camas… Bah, muebles que, vistos generosamente, podría llamárselos camas. Paredes altas, engrosadas y descascaradas por demasiadas manos de pintura barata. El techo, corroído por la humedad, primorosamente decorado por hongos negro-verdosos, testificaba el desinterés y la desidia de sus dueños así como la pobreza económica y cultural de sus ocupantes.

Una noche, casi sin notarlo, se encontró en la calle pegando carteles para el candidato. Así le dijo su compañero de cuarto (Santiago Irusta apodado el entrerriano), que era un buen trabajo y les daría algunos pesos para ir tirando. El joven Emiliano en su absoluto desconocimiento de la política tomó aquello con naturalidad provinciana, como un trabajo más, quizás haya sido por eso su sorpresa al recibir la noticia de que tenía un puesto de ordenanza en la municipalidad de la ciudad, situación que aceptó con la misma sumisión con que una noche empezó a pegar carteles de un desconocido con cara de feliz ganador.
Pasaron los días, los meses, los años y Emiliano dejaba que la vida lo recorriera con la misma simpleza que asumía el cambio de las estaciones, el crecimiento de las plantas, el nacimiento y muerte de los animales. Disfrutaba pasar sin resistencia a través del tiempo; jamás objetó ni mucho menos rechazó alguno de los quehaceres en el trabajo. Quizás por eso, en algún lugar difuminado del tiempo se encontró casado con la hija de la dueña de la pensión y, poco más tarde, con su divorcio anunciado.
Para sus compañeros de trabajo él era un tipo extraño, pero por alguna inexplicable razón no lo tomaron de punto como al gordo Pereyra, que se las sabía todas. Sería por conveniencia, por respeto, o porque a la mayoría femenina le caía bien y, como es sabido, no conviene tener un ejército de mujeres en contra. Un día, durante uno de esos interminables recreos de media mañana, Julieta, la secretaria del director de

Planeamiento urbano, le dijo:
—Che Emiliano, Me enteré de que hay cursos gratis de fotografía los sábados, y como vos tenés tiempo creo que te puede interesar.
—Ah, bueno, gracias. ¿Dónde hay que anotarse?

En un futuro difuso, se encontró un sábado de abril a las 10 de la mañana en la Plaza de Mayo formando parte de un grupo heterogéneo de aprendices de fotografía. Siguiendo rigurosamente las recomendaciones del instructor en lo referente al enfoque, la luz, la velocidad y la relación entre el diafragma y la profundidad de campo. Los alumnos usarían medio rollo en ejercicios y el resto en tomas propias a modo de ejercitación. El entusiasmo no era una reacción común para Emiliano, podría asimilarse más bien a una curiosidad difuminada en el tiempo, a una necesidad de llenar los huecos de su historia, pero la fotografía le abrió un mundo desconocido y misterioso que se apoderó de su ocio.

Debería esperarse que el primer rollo revelado no saliera del todo bien, pero para su sorpresa y la del resto, el profesor lo felicitó por su bajo porcentaje de fallas y la calidad estética de sus tomas; especialmente la del linyera en el banco. Esa noche salió del curso un poco aturdido por el regocijo y el halago, pero al mismo tiempo le carcomía el cerebro no acordarse de haber fotografiado a un linyera.
Pasó el tiempo y Emiliano incorporó a su rutina la fotografía. Cada tanto volvía a su memoria la foto premiada, porque había ganado el concurso municipal y ya le habían sugerido presentarla en el nacional. Cuanto más ganaba prestigio su foto, más dudaba él de su existencia, pero estaba en su naturaleza dejar correr los acontecimientos a su antojo, sin involucrarse, como si fueran los de otro. Sin embargo, el asunto lo obsesionaba, todas las noches boca arriba esperando el sueño enfocaba las manchas del techo y veía la imagen del linyera en el banco de plaza.

Siempre despertaba en la misma posición y al abrir los ojos veía al linyera difuminado en la humedad oscura del cielorraso, como si la noche no hubiera ocurrido. Hasta que un día despertó sentado en un vetusto banco de hierro y madera en la estación Realicó, Provincia de la Pampa. Entrecortada y lejana  escuchaba la voz del sereno…

—Dale Cacho, levantate que tengo que limpiar. ¿Escuchaste que vuelve el tren?
Levantó la cabeza y el sol de la mañana se coló por entre las hojas del castaño. Casi sin querer descubrió en su mano izquierda una foto Blanco y Negro, ajada por el tiempo, donde se veía borrosa la imagen de un pordiosero sentado en un banco de plaza. Si hubiera conocido su cara, habría sabido que era él.

Jorge Beade Harbin es integrante del Taller literario de Marianela.

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