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¨A vos te lo cuento¨ por Mónica Baldi

Publicado: 10/03/2015


Aunque la verdad es lo contrario de la mentira, la ficción no es lo contrario de la verdad. Juan José Saer

30 de noviembre de 2014
Querido diario: no sé si llamarte así.  Es cierto que te escribo todos los días para contarte mis cosas, pero vos sabés que cuando se me terminó el cuaderno Gloria rayado que me quedaba del cole, te convertiste en un puñado de hojas que fui perdiendo a medida que el Pilu me pegaba el grito para salir corriendo.
Hoy tengo la sensación de que, a pesar de los quince años estrenados ayer, el final está cerca.  Pasa que el Pilu está dado vuelta todo el tiempo y es el capo máximo.  Me metí en ésta y no tengo cómo salir: no hay escapatoria.

Es jodido vivir en Rosario… se sabe.  Más jodido es cuando te trajeron a los ocho años porque al viejo lo trasladaban para abrir una sucursal de la empresa acá.  “Usted es nuestro mejor hombre, Señor Suárez.  A quién más le podemos confiar semejante tarea”. Me acuerdo de la felicidad de papá y mamá: se abrazaban, se besaban, lloraban de alegría. Es de las pocas cosas que me arrancan hoy una sonrisa.
Todo era muy confuso.  A mí no me preguntaron.  Solamente me abrazaban mientras decían algo así como “¡qué vida vamos a tener Juanchi!”. Francamente, creo que esa frase se me grabó en el corazón por todo lo que vino después. Los abuelos organizaron un gran festejo familiar de despedida.  ¡Nunca más una joda tendría ese valor! ¿Será porque no volvimos a estar jamás todos juntos?  Debe ser, bah… yo digo.

¿Te acordás diario que empecé a escribirte como un año y medio después? Fue cuando papá murió del infarto.  Culpa de la empresa que levantó vuelo y se rajó del país.  ¡Qué quilombo!  Nadie cobró, dejaron de pagar los alquileres de las viviendas de los ejecutivos, mamá lloraba por las deudas, papá sollozaba crispado de pura impotencia.  Todos venían a la casa del Barrio Tiro Suizo a putearlo… Hasta las cámaras vinieron, la cana también.  Claro, la poli venía a cuidar la casa alquilada.  Éramos los más odiados de Rosario… Ni a la calle podíamos salir.  Ahí fue cuando dejé de ir al colegio: tampoco podíamos pagar la cuota y mis compañeros me bardeaban.  La Directora le dijo a mamá que era común por esos días… está pasando con muchas empresas por culpa de la inseguridad económica, o por la violencia.  Eso dijo. Y yo, ¡me quedé sin escuela y sin amigos!  A los dos meses también nos echaron a la calle. 

Papá estaba mal, parecía enfermo: no dormía, fumaba y chupaba todo el tiempo, no comía.  Sólo vendía lo que teníamos porque decía que no iba a volver a Buenos Aires derrotado.  Cuando llegó la notificación, cazó una maza y empezó a darle golpes a la pared del galponcito mientras gritaba con toda la garganta, hasta el desgarro.  Mamá no se movía de la cama.  Yo me arrinconaba abajo del termotanque y me tapaba los oídos.

La primera noche que pasamos apretados en la pieza de la pensión del Barrio Saladillo Sur, en Lituania y Oribe, el viejo se desmayó y fue al hospital en ambulancia. No volvió más.  Estuve cuatro días solo esperando a la vieja.  Cuando mamá llegó, le corrían unas lágrimas silenciosas de esos ojos enormemente abiertos por un rostro ya sin gestos. Me tocó la cabeza y me dijo que papá se fue.  Y yo, que todavía era un gil, le preguntaba a dónde se fue… Hasta que entendí que se murió.

Había que parar la olla y unos pibes me llevaron con el Pilu.  Yo no lo conocía.  Tenía una pinta de guacho reventado que me asustaba.  Ahora todavía me asusta.  La falopa lo tiene cada día peor.  Así empecé porque dijo que tenía cara de boludo y no estaba marcado.  Empecé a hacer deliverys para un par de búnkers.  Cualquier cosa llevaba.  Yo solamente sabía que la vieja necesitaba guita para curarse de la depresión.  También había que morfar.

A los dos meses ya andaba calzado.  A los seis, me metieron en cana por primera vez… ¿Te acordás diario?  Fue el primer intento de salir de caño y no sabía bien qué tenía que hacer con el fierro.  Después supe que necesitaba consumir para usarlo.  Dejé de ser yo para ser un pibe chorro más, un falopa más… vivo en pedo de paco para no recordar… ¿Qué loco no? Por miedo a olvidar, te empecé a escribir hasta que te fui perdiendo a vos también. Me aliviaba poner en un papel lo que era y lo que soy. Sos lo único que me queda.

Ahora me siguen los capos, se dieron cuenta de que vengo haciendo de buche para un rati.  Un gorra enganchado con la banda me batió…  Soy boleta para cualquiera, peligroso para todos.  De acá, del Parque Regional Sur puedo rajar para cualquier lado. 

Este papel de mierda se me termina.  Me están pisando los talones. Yo no me voy a entregar como los viejos.  Por ahí, quién te dice... te vuelvo a escribir.  Ahora tengo que rajar con los fierros entre las pilchas.
Si me queman, van a encontrarte a vos en un bolsillo y sabrán que una vez fui Juan Manuel Suárez.

Mónica Baldi es integrante del Taller literario de Marianela.

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