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'El juicio de Paris' por Héctor Saldaña

Publicado: 09/09/2014


Sería injusto decir que no tuvo infancia feliz. Hubo una edad, los doce; hubo unos días de esa edad, sábados, domingos, los de las vacaciones de verano, en que fue por demás dichoso en su casita de Parque Leloir.

Era esperar, en esas oportunidades, desde temprano, el paso del auto, si mal no recordaba, un Falcón verde. Esperar que doblara, a eso de las nueve, en la esquina de su casa, Carlos Reyles, en dirección contraria, y seguir, levantando polvareda, hasta detenerse una cuadra más allá, ante la tranquera blanca de la quinta. Entonces él aguardaba unos rigurosos diez minutos, como para no mostrarse ansioso, y disparaba hasta la entrada y aplaudía, intentando que los sones de sus palmas superaran los ladridos de la jauría que le salía al encuentro, para ser oído.

    El peoncito de la quinta venía a atenderlo, como todos los sábados. Cómo todos los sábados, él le preguntaba: “¿Está Catherine?” Iba a ver el muchachito, y volvía ella, y lo primero que miraba él en ella era su sonrisa.

    -¿A qué jugamos?

    No sabía para qué preguntaba si conocía de antemano la respuesta: “A la guerra”, o variantes mínimas. La guerra a cascotazos, trepados a los gigantescos eucaliptos o desde los techos con chapas de zinc de los galpones, la guerra cuerpo a cuerpo, la que más le gustaba a él, en pos de un puñal clavado en medio del parque, aun sin saber la historia de Sigurd y de Brynhild.

    Hacía mucho que la pelota había quedado relegada, porque en realidad él, la primera vez que había ido, había sido para jugar al fútbol con el hermano mayor, con Phillips, partidos de arco a arco. Sus madres lo habían acordado una vez que la Señora François fue a encargar un tejido a la señora Felisa. Pero el destino quiere otras cosas. Catherine se impuso en los juegos, Catherine era una amazona imposible de vencer, ella mandaba y lo arrastraba a inverosímiles correrías: explorar el río, talar árboles, armar casas en las enramadas, trepar y deslizarse por las lomas en bicicletas, sacar de los postes de alumbrado nidos de hornero. A casa regresaba con golpes, magullones, raspones, cortes leves, pero contento y satisfecho, como un soldado con sus medallas sobre el pecho.

    Una vez Catherine lo invitó a la pileta, y otra, para Pascuas, a comer un gigantesco huevo de chocolate convertido en conejo. No sabe si las dos cosas ocurrieron el mismo día, pero recuerda que un resfrío o el salir de la pileta lo hizo estornudar y quedar con toda la mucosidad corriéndole por la boca. Y la Señora François, que estaba colgando unas cortinas, siempre atenta, siempre tan así, tan francesa, corrió a buscar papel para borrar la terrible vergüenza.

    La semana era esperar los juegos con Catherine, ignorando ese monstruo que está siempre al acecho para la infelicidad de los niños: el tiempo. Porque sí, porque se va creciendo y uno no repara en él hasta que es tarde, hasta que Catherine deba, ya, ingresar a la facultad y seguir una carrera, Musicoterapeuta, o algo así, y él deba, también, hacer lo suyo, seguir sus cosas, que todavía no sabe bien cuáles son.

    Catherine crecía. Quizá por eso tramó una de las últimas aventuras y un día apareció con tres amigas, todas más o menos de la misma edad, y fueron de picnic a la orilla de ese horrible río que es el Matanza, pero que al fin de cuentas es un río y que hace que todo parezca de algún modo una salida exploratoria.

    Él entendió de qué manera su amiga se preocupaba por él. Vio, sólo ella vio, que él también crecía, y que ya era hora que conociera una novia. Por eso Catherine había llevado a esas chicas ese sábado, ahora lo comprendía, ahora comenzaba a ver la ínfima diferencia que, a  las niñas con que uno juega, las va haciendo muchachas.

    Y Catherine tomó una tapita de gaseosa del suelo y le dijo a él, que escribiera, que pusiera el nombre de alguna de las tres que más le gustaba, que seguro sería su novia. Entonces la miró una por una con detención. Se destacaba una morocha de catorce, a la que empezaba a aflorarle un busto que anunciaba sería prominente; aunque la rubia no estaba mal y la tercera, la petiza, era muy simpática. Con un clavo garabateo el nombre, pero se guardó la chapa en el bolsillo y dijo que se la daría después, que más tarde tomaría la decisión.

    Comieron los emparedados. Él miraba a la morocha, la morocha lo miraba a él. Había sólo que decir alguna palabra y sabía que los dejarían solos, sabía que Catherine estaba ahí para propiciar ese momento. Pero la tarde se les fue en guitarreadas y después con el mate y al fin llegó la noche. Catherine se olvidó, se olvidó del veredicto que debía emitir y aquel encuentro quedó como uno de los últimos recuerdos de la infancia.

    Excepto en una oportunidad, cuando tenían algo más de veinte años, nunca más se volvieron a ver. En esa ocasión encontró a Catherine en una estación de servicio sobre la ruta Martín Fierro, cargando nafta a su Jeep. Ahí fue cuando ella le dijo que estudiaba para Musicoterapeuta y él, con certeza, le dijo alguna mentira, porque aún no había terminado el secundario y estaba sin trabajo desde hacía meses.

    Cuando la vio subirse y partir, se prometió que si alguna vez tenía un auto, también sería un Jeep, y tanteo en el bolsillo del pantalón la tapita de gaseosa, ya toda oxidada, que llevaba desde hace tanto prendida al llavero, pero no quiso sacarla. ¿Para qué? Si ya sabía lo que decía, ya sabía el nombre, mal escrito que había puesto, porque en esos años lo ignoraba todo del francés. Si ya sabía que decía “Catrín”, ¿para qué?

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