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'La Señora' por Cristina Talarico

Publicado: 03/07/2014


Rosa vino a Buenos Aires desde su Misiones natal con los mismos sueños que tienen todas las chicas que vienen del interior y creen que acá van a poder tener una vida mejor.

Como ya lo hacían sus hermanas mayores y sus primas, empezó a trabajar como mucama con cama adentro. Trabajaban de lunes a sábado y a la noche iban a bailar o a pasear por Palermo.
Después de un año había cambiado de trabajo varias veces. Rosa tenía 20 años y era bastante callada. No le gustaba cuidar chicos y no tenía mucha experiencia para cocinar y servir la mesa. La echaron de varias casas y sus hermanas le dijeron que si no trataba de hacer las cosas bien iba a tener que volver a Misiones a trabajar en el yerbatal. Por nada del mundo quería volver, así que decidió esforzarse y adaptarse a lo que le tocara.

Consiguió trabajo en una casa donde, por suerte, no había chicos. La familia estaba formada por un matrimonio de unos cincuenta años con dos hijos grandes. La hija estaba casada y no vivía en el departamento, y el hijo no estaba nunca. Ella tenía que lavar, planchar y limpiar, pero la Señora cocinaba casi siempre y hacía las compras. Lástima, porque a Rosa le encantaba salir de vez en cuando del departamento.
La Señora era muy autoritaria (mandona según Rosa) y no le dejaba pasar nada.  Tenía que estar todo el día trabajando (salvo los horarios en los que le correspondía descanso), haciendo lo que hubiera que hacer. Para la Señora siempre había algo sucio, desordenado, mal planchado, y tenía muy poca paciencia. Siempre estaba enojada con ella y nada la conformaba. Eso sí, si de repente llegaba el marido o la llamaban por teléfono, cambiaba el tono de voz y la mirada censuradora y se mostraba paciente con ella, pero quejándose de su falta de voluntad y su ignorancia. Y Rosa tenía que aguantar y escuchar las barbaridades que decía de ella.

En sus momentos de descanso, de catorce a dieciséis y de veintidós a siete, tenía que estar encerrada en su pieza, sin televisión ni radio. No podía ir al living a ver la tele aunque no hubiera nadie allí. Cuando salían aprovechaba, pero salían poco.

Tampoco podía comer cualquier cosa que hubiera en la casa. Si agarraba algo que no le correspondía, la Señora se daba cuenta enseguida y se enojaba.
Rosa aguantaba porque no quería volver a Misiones.

Después de dos años de vivir así, resignada a ser considerada una cosa más que una persona, después de dos años viviendo en una casa de prestado donde nunca la trataron como parte de la familia, algo sucedió.
Un día como cualquier otro, Rosa estaba limpiando los vidrios y la Señora estaba detrás de ella dándole instrucciones, como de costumbre. Cuando la estaba retando por algo que hacía mal, cayó al suelo, y cuando Rosa se dio vuelta vio que estaba tirada en el suelo, con los ojos fijos en ella, pero sin poder hablar ni levantarse.

A Rosa le pareció raro y no supo qué hacer, entonces salió corriendo a llamar al encargado. Él se ocupó de todo: vino una ambulancia, se llevaron a la Señora a la clínica y Rosa se quedó en la casa. Terminó de limpiar los vidrios, limpió el piso donde había caído la Señora porque se había orinado encima, terminó con la rutina de la casa y se sentó a esperar.

Estaba tan acostumbrada a cumplir órdenes, que sin ellas no sabía qué hacer. Tampoco se preocupó o se puso nerviosa, solo esperó.

Cuando ya era casi de noche llegó el hijo y le dijo que la Señora había tenido un derrame cerebral y estaba internada. Le pidió algo para comer, pero ella no tenía nada preparado porque no se ocupaba de la cocina. No podía creer cuando el muchacho le dijo que no se preocupara, que iba a pedir una pizza para los dos porque el padre se quedaba en la clínica. La trató muy bien y Rosa se dio cuenta de que casi no habían tenido trato hasta ese momento.

El  Señor llegó a la mañana siguiente y le pidió que mantuviera la casa en orden hasta que la Señora volviera. Le llamó la atención que la tratara con tanto cuidado, porque hasta ese momento casi no se había dirigido a ella. Claro, lo veía poco, porque cuando él estaba en la casa Rosa estaba en su pieza o en la cocina. También le comunicó que la Señora iba a estar unos días internada pero que estaba mejor.
La siguiente semana Rosa limpió la casa, cocinó para el señor y el hijo, lavó, planchó y hasta hizo mandados. Le dieron plata y le dijeron que comprara lo que hiciera falta.
Rosa se sintió rara, temerosa de equivocarse, pero a la vez libre al no tener esa mirada sobre ella todo el tiempo.

Cuando se encontró con sus hermanas le aconsejaron que tuviera cuidado, que los hombres a veces son amables porque quieren otra cosa y que se encerrara con llave a la noche. Pero a Rosa eso no la preocupaba,  porque se daba cuenta de que el señor la trataba más bien como a una hija y el hijo casi no estaba en casa o estaba con la novia.

No, ella en ese sentido no tenía miedo. Tenía miedo de cuando volviera la Señora, porque se estaba acostumbrando a manejar la casa como mejor le parecía. Ellos no se metían.
Después de quince días, volvió. Le habían traído una cama ortopédica y llegó en silla de ruedas. Vino con el marido y la hija.

Rosa se dio cuenta de que algo raro le pasaba porque no le habló y tenía la boca medio torcida. La mirada sí era la misma de siempre. Esa mirada de rabia, de enojo, aún peor que antes.
Lo que más la sorprendió fue el trato del resto de la familia hacia ella. Le explicaban lo que había pasado, lo que iba a suceder, cómo había que manejarse con la Señora de ahora en más. Sintió que, de repente, Ella era una persona importante. Todos esperaban que Rosa se hiciera cargo de cuidar a la Señora que no podía caminar, ni hablar, que había que bañarla, darle de comer, levantarla de la cama todos los días, suministrarle los remedios, cambiarle los pañales y muchas cosas más. Por supuesto que le ofrecieron un mejor sueldo y ayuda para los quehaceres domésticos. Decían que era una persona de confianza y que quién mejor que ella que conocía el manejo de la casa (y así se había comprobado en esos días) y que tanto conocía a la Señora, para cuidarla.

Al principio Rosa se quedó muda, confundida, y estuvo a punto de decir que no, aunque sabía que podía hacer muy bien ese trabajo porque a los catorce años lo había hecho por su abuela.
¿Por qué iba a hacerlo por alguien que ella no quería y que tampoco la quería a ella?
Estaban todos esperando su respuesta y se sintió importante. Además la señora ya no iba a poder gritar ni darle órdenes. La familia la necesitaba para seguir con su vida.
Entonces aceptó. Se acercó a la Señora que la miraba con miedo, le acarició la cabeza y le dijo mansamente: “yo la voy a cuidar como cuidé a mi abuela”.

El señor y la hija respiraron aliviados y Rosa se alejó llevando la silla con una sonrisa triunfante en sus labios.

Cristina Talarico es integrante del Taller literario de Marianela.

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Miércoles 23 de Julio de 2014 - 15:50 hs

Usuario: Monica Baldi

Localidad: Villa Gobernador Udaondo, Ituzaingó

Comentario: Felicitaciones Cristina! Me parece excelente todo el relato. El final es francamente terrorífico. Deja un mensaje muy importante en estas épocas en que fácilmente estigmatizamos a alguien por el trabajo que desempeña o los estudios que posee. La vida nos muestra, como a esta señora horrorizada, que todos merecemos un trato humano.
Nuevamente, toda mi admiración. Moni Baldi


 

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