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Shambala: “El oeste es hermandad”

Publicado: 13/05/2014


Dueña de un sonido propio, marcado por el reggae, y la impronta de Morón y su mundo cultural, Shambala lleva más de una década haciendo música y transmitiendo su mensaje. “La hermandad es algo fundamental, ahora el individualismo nos está asfixiando socialmente y la respuesta es la música, las armonías”.

La ciudad mítica del budismo y el hinduismo, existe escondida, o es sólo alcanzable con el espíritu, la ciudad de Shambala representa la respuesta a los males de la humanidad, a la codicia, el egoísmo, etc.  Un reino del saber perdido en el Himalaya. Su simbolismo, su misticismo le dieron forma y nombre a la banda reggae del oeste del Conurbano.

Shambala nació en Morón junto con el nuevo siglo. El primer disco no se hizo esperar, y una formación multitudinaria gestó Reggae Vibes en 2001. Desde entonces los escenarios y los discos se sucedieron. Grado Latinoamérica (2005), Rompiendo barreras (2009), Libre albedrío (2013) le mostraron a su público el crecimiento de la banda que sumó a su ritmo original sonidos propios del rock, de la música latinoamericana y hasta de cuarteto y punk rock.

Tras lanzar su último disco, el que se puede descargar gratuito desde la web, contaron a Castelar Digital los secretos de Shambala. “Nuestro estilo es abierto, el mensaje es con conciencia, como el reggae. Musicalmente, podemos componer muchas canciones porque nos deja trabajar de un montón de maneras y tener un repertorio amplio”, relató Juan, el cantante  de la banda. “Shambala refiere a un sitio de luz, ciudad de luz con integrantes conectados logrando un estado juntos”, completó Pocho, el tecladista.

El génesis de la banda se dio en una casona de la calle Yatay, en Morón, donde en el comienzo de la década del 2000 gran parte del under de la zona se reunía para ensayar y conocerse. Ahora, desde la terraza de la Casataller Budapest, reunidos por el dueño de casa, el artista Buda, los músicos recordaron como se dio la unión de estilos y personalidades para crear sonidos propios: “en su momento nos encontramos en Yatay una casa donde se reunían muchas bandas, aunque entre algunos nos conocíamos de antes. Le pusimos este nombre a la banda porque identifica el ideal nuestro, el espíritu de un mundo ligeramente diferente y más conectado”.

Frente al grabador y bajo el cielo nocturno de Castelar Sur, los dos músicos fueron acompañados por Leo, el bajista, pero la banda se completa con Ana en voz, Pasto en guitarra, Juancito, “el pulpo”, en la batería, y Leti en coros. “En este momento somos un septeto y es una formación que venimos llevando hace como 10 años. Este año cumplimos 14 años de banda y con esta forma hace aproximadamente 10 años. En los comienzos de Shambala éramos el doble de integrantes y luego bajamos al formato a septeto. Mezclamos estilos hacemos  reggae, rock, música popular latinoamericana, primero empezamos con un sonido mas orquestal y ahora un combo”, destacó Juan.

La dedicación a la música por parte de los integrantes surgió desde la curiosidad. Con pasos por métodos formales de educación y por maneras que los llevaron directamente a crear canciones: “me motiva el sentimiento, la felicidad, no me imagino haciendo otra cosa. Pienso que es directo, es simple”, declaró Pocho, y continuó, “el primer contacto con la música fue en mi casa. Toda mi familia es música. También estudiando; me llevaba mi viejo desde chico al conservatorio. Tenía 9 años y él me acompañaba, me esperaba y después volvíamos. De más grande empecé con bandas. A Shambala primero la vi de abajo del escenario y me partió la cabeza. Me dije ‘yo quiero tocar en un banda así’”.

Leo coincidió con su compañero: “creo que todos empezamos así, desde chicos con el gusto por la música y después de mas grande formando una banda. Después entre los 20, 20 y pico, empezamos a tocar juntos y eso generó  la unión que tiene la banda. El tiempo recorrido con conciencia. Tocamos por necesidad de comunicar. Hacer música, es algo que casi no podemos evitarlo, es un deseo que llevamos a través del tiempo”.

También para Juan, el primer impulso fue familiar: “empezamos de chico con la familia, los amigos. El momento de estudiar y tocar en la calle, los bares en la adolescencia y los principios de Shambala, antes de Cromañón. Comenzamos a tomar conciencia de la música original, uno entiende mas el valor de la música y también de hacer versiones. La banda trabaja mucho la parte musical en un tiempo conjunto, el mensaje de la banda es el crecimiento en conjunto. Nosotros nos vimos implicados en cómo meternos más en la música y el lenguaje musical”.

Ana, la última en sumarse a la entrevista, señaló a su curiosidad como la disparadora de su vocación musical: “En mi caso surgió por curiosidad. Me anoté en el conservatorio de Morón. Tenía 17 años, todavía en la secundaria. En la adolescencia te identificás con cosas y es una edad sensible. Me metí en canto y me di cuenta que siempre canté de chiquita pero no me acordaba. Mi viejo tocaba la guitarra; son esas cosas incipientes: el motor es el placer. Es difícil de explicar, uno está en el camino porque es agradable, te da felicidad. Y con letras en las que te sentís identificado, que son algo para mí. Es un camino que uno emprende por curiosidad pero deja algo que no lo podés evitar, los años pasan y uno sigue involucrándose lo más que puede, alimenta el alma. El arte en general es así, nosotros supimos interpretar eso con la música”.

Tras cuatro trabajos de estudio y cientos de escenarios, la banda presenta un sonido contundente, siempre con un claro mensaje y creciendo en cada paso. “En cada disco se trabajó mucho, con algunos invitados también. Evolucionó la composición de los temas. A veces parten de ideas individuales o grupales, pasan por el filtro de la sala de ensayo y después toman la característica que va a tener el tema. Empiezan en ideas y luego mutan, el instrumento da el rol a cada integrante, después en la composición no hay roles intencionales. El modo de composición colectivo muta, no hay un patrón o manera de trabajar”.

Las ganas de tocar, de transmitir su mensaje a través de las canciones los llevó a tocar en distintos puntos de la zona, y hasta a inventar los espacios dónde tocar: “Hemos fabricado lugares para tocar, en años nuevos, en la calle Yatay con bandas de la época. Abríamos la persiana del garaje y tocábamos. La gente sabía que lo hacíamos y venía. Todos los años lo hacíamos en Morón. Al principio lo hacíamos en Ramos, en la calle y después en Morón. Acá tocamos por todos lados, los sábados, si no tocamos en vivo ensayamos”.
El conurbano y su zona oeste es el lugar que vio nacer a Shambala y por donde dieron sus primeros pasos.

El sentimiento de los artistas de la región, según los músicos, identifica a cada obra. “El oeste es la hermandad en lo musical. La hermandad es algo fundamental para nosotros. En estos tiempos individualistas, todo parece llevarnos a eso, pero también hay otras cosas que indican otros caminos. Hay personas que aun pueden quedarse abajo del agua y el viento para hablarle a un teléfono en una entrevista (en alusión a esta entrevista que se realizó bajo llovizna fuerte en la terraza de Casataller Budapest ); hay valores que trascienden las épocas. Ahora el individualismo nos está asfixiando socialmente y nos estamos auto aislando, por eso es necesario comunicarnos, para eso está la música. Las armonías tienen que ver con cosas que en el mundo individualista no se dice. La hermandad como forma de vida, el mensaje a los hijos-hermanos, es un motor clave. Es como una chispa de fuego, en un mundo helado. El oeste es eso: para la Capital es muy pueblerino, pero muy citadino para el campo, eso es fundamental. Los estilos los mamamos de nuestras familias de hermanos y es lo que intentamos dar”, finalizaron resumiendo el mensaje de Shambala.

Entrevista: Gabriel E. Colonna
Redacción: Leandro Fernandez Vivas
Fotos: Dani Roldan

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