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La Inercia del Orden por Dante Pena

Publicado: 02/11/2010


Hace unos días detuve mi coche en una estación de servicio aledaña a las vías del tren. A pocos metros, los carteles luminosos de una estación, avisaban a los pasajeros, que el próximo convoy arribaría al andén número 2, en tres minutos.

Dos minutos después, y cuando mi Coca Cola Diet estaba por la mitad, Una dulce voz femenina anunciaba por la megafonía el inminente arribo del tren. Mientras yo pensaba como mierda bajar el volumen de mi barriga sin llegar a morirme de hambre, sentado sobre el capot de mi coche, pude sentir la brisa en mi cara, generada por el paso del primer vagón. Era un tren precioso. Blanco, rojo y azul. Silencioso como un susurro. Rápido como un avión.

Cerrando los ojos, intenté escuchar el ruido de las ruedas metálicas sobre los rieles. No escuché nada. Tal vez un pequeño zumbido de los equipos de aire acondicionado de la formación que abandonaba el andén. Cuando abrí los ojos, el tren ya se perdía en la lejanía. La estación, vacía, invitaba a otra ronda de viajeros apurados por llegar a casa.

Todo era desesperadamente normal. La gente no miraba a los trenes. Sólo estaban ahí para usarlos. Estarían hoy, mañana y pasado mañana. Y por las noches se irían a dormir a los garajes de trenes, después que unos señores los limpiaran en unas cabinas enormes, con agua y jabón. Que buena vida tenían los trenes, no?. Siempre listos, siempre limpios, siempre hermosos y eficientes. Tal vez las personas no comprendían todo lo bueno que podía dar el ferrocarril. Simplemente existían. Y los que trabajaban en ellos, supongo yo, debían ser con toda seguridad, felices.

Estaba aburrido y tenía unas ganas locas de fumarme un cigarrillo. Pero estaba en una estación de servicio, y como todos saben, no se puede fumar. En los trenes tampoco se fuma. Está prohibido. Tan prohibido como en las estaciones. Los papelitos de los envoltorios de las golosinas de los chicos eran recogidas del suelo, previo castigo al culpable de tiralas, por las madres. Como en una ceremonia, los papelitos iban a parar a los tachitos cromados con su correspondiente bolsita de plástico azul, que son tan comunes dentro de los vagones y estaciones.

Me subí al coche. A mi lado, en el vacío humano del asiento del acompañante, había dos juguetes envueltos. Un pony para mi sobrina Julieta, y un camión de bomberos para mi sobrino Juan Manuel. Al salir a la autopista, las señales indicaban una y otra vez que el límite de velocidad era de 120 km por hora. Muy de vez en cuando, algún nene alcoholizado subido al BMW de papá, superaba este límite. Lo normal es que todo el mundo hiciera lo mismo que yo: respetar las normas de tránsito. El tintineo de la alarma del cinturón de seguridad, me recordaba que si quería matarme, era cosa mía. Pero mejor ponérselo, no?....total no cuesta nada.

Hoy no tenía nada para hacer en el taller. Estabamos a mediados de semana, y los primeros días del otoño me permitían disfrutar de un día de sol, sin el agobio de los calores del verano. Antes de la salida de la autopista, el puente del ferrocarril trazaba una línea paralela al recorrido de mi coche. Como una flecha, un tren urbano de pasajeros, me pasó como si yo fuera a paso de tortuga. Miré el velocímetro: 120 km por hora. El bendito tren debía ir a mas de 200. Llegando a casa pensé en la mañana siguiente: Tenía que ir al banco a cobrar un cheque. Y cada vez que cobraba uno, para mi era un pequeño día de fiesta.

Al quitarme la campera de jean sentí un poco de frío. Puse la calefacción. Mi habitación es muy pequeña, por eso la he bautizado "El Ascensor". Seguramente esta noche tendría que ponerme una frazada. Claro, estábamos ya en Octubre. Y como cada año, en España, Octubre es el mes en que caen las hojas.

Algunas semanas atrás, leyendo algunos diarios digitales de Argentina, me pude enterar de los sucesos ocurridos en la estacion de Castelar. La gente cortándole el paso al tren que salía de la estación. Algunos, tirando piedras contra las ventanas ya de por si bastante deterioradas. Algunas pedradas impactaban en los empleados del ferrocarril Sarmiento, que infructuosamente intentaban arreglar no se qué cosa, entre los equipos que están en la parte inferior del primer vagón. Luego el fuego y los gritos e insultos. El humo negro del aceite y de los plásticos del tren. Los cánticos en contra del gobierno y el concesionario de la empresa del "Ex Sarmiento". Finalmente la carga policial, los gases, los palos y los gritos de los suboficiales de la Policía bonaerense.

Los videos se sucedían en la página de Youtube. Con el programa que utilizo para bajarlos a mi carpeta de documentos, los ordenaba según el canal y el noticiero que los había emitido. Tal vez, en aquél momento, mi estado de ánimo era de euforia por algún trabajo interesante que me había salido. Tal vez estaba muy ocupado en algún diseño. O tal vez tenía sueño. Solamente los guardé, para mostrárselos a mis amigos y a mi hermano. Pero lo haría otro día. Ese día estaba en otra cosa.

La mañana siguiente al día del tren y la estación de servicio, y luego de cobrar religiosamente el cheque, me acordé de los videos. Los grabé en un CD, y con una botella de Tia María en la mano, me fuí a verlos sentado en mi sofá-cama. Los pasaba una y otra vez. Buscaba caras conocidas entre la gente que estaba en la barrera de la estación, cortándole el paso al tren. Buscaba entender algo de alguna cosa, en medio de un enorme kilombo que me resultaba dramáticamente lejano. Ahí estaba, en el video, la esquina de la Pizzería Noi. El puesto de diarios pegadito a la barrera, donde tantas madrugadas esperé el micro que me llevaba a Ezeiza, cuando era becado en Aerolíneas Argentinas en 1982. Donde compraba cada mañana, apenas era bajado del camión, el diario "Crónica", con las noticias de los últimos acontecimientos de la guerra de Malvinas. Ahi estaban también los Inútiles tubos que describían el "Zigzag" de la salida peatonal de la barrera, recorrido que nadie hacía, ya que pasaban por al lado, interfiriendo el paso de los coches que tocaban la bocina de manera compulsiva, luego de esperar eternos minutos a que la madera carcomida de la barrera se levantara de una vez.

Era consciente de que el tren funcionaba mal. Sabía que la gente no tenía la culpa de que el servicio fuera un desastre. Hasta podía legar a comprender a los encapuchados jóvenes que saqueaban las máquinas expendedoras de boletos, buscando una revancha en forma de monedas, a sus diarios calvarios. Pero no entendía por qué también destrozaban las vidrieras de los negocios cercanos. Por que se ensañaban con el desvencijado kioskito de diarios de la esquina. Por qué rompían las sillas de la Pizzería, donde tantas tardes adolescentes pasé sentado y sin un mango en el bolsillo.


Era una batalla de pobres contra pobres. Galeotes contra esclavos. Ciegos contra tuertos. Sin embargo la gente arremetía de un lado y del otro, sin encontrar a los culpables en ningún sitio. Hubieran sido capaces de levantar hasta los durmientes de las vías con tal de echarle la culpa a alguien. Pero nadie se daba cuenta de que los verdaderos culpables estaban muy lejos de allí. Tan lejos, que tal vez ni estuvieran en el país. Los culpables ya habían hecho su negocio. Sólo habían quedado las sobras de la fiesta, en forma de trenes viejos, estaciones quemadas, funcionarios corruptos, empleados indiferentes, policías nerviosos y poco profesionales....en fin, las migajas en las que nos habíamos convertido.

Si quiero ser sincero, debo admitir que en algunas ocasiones, mi sentimiento por alguno de mis antiguos amigos, ha cambiado. Por una traición. Por su "desinterés" hacia mí. Porque esa persona ha cambiado tanto, que ya no reconozco en él o ella, a esa alma gemela.

Si salgo a caminar por Madrid, puedo cerrar los ojos y volver a vivencias sólo de 18 años atrás. Al abrirlos puedo ver a casi las mismas personas de aquél entonces. Pero esas personas, esos "nuevos amigos", tienen sus historias. Historias que no son de Castelar. Y son historias de las que el gordito sin barba no ha participado.

Pero había algo que me dolía aún mas. Estaban quemando mi tren. Ese tren que aún hoy puedo dibujar con los ojos cerrados. El tren que con su ruido me hacía dormir por las noches. Mi tren Sarmiento, el que me llevó durante años y años al colegio y a la universidad, al trabajo y a la diversión. El tren que también me acercó humildemente a sacar, un día, un pasaporte azul que me permitiría abandonarlo, como a mi país. Ese día también me llevó. Sabiendo que iba a dejarlo. Se bancó mi traición, con sus defectos y virtudes.

Hace una semana pude por fin bajar de Internet la película "La próxima estación". Me costó terminar de verla. Me dolió muchísimo. No saben como me gustaría poder charlar sentado detrás de una taza de café con el señor Fernando Solanas. Me recuerda mucho a mi viejo. Y mi viejo era una persona justa y honesta. Sólo que no pude aprovecharlo, yo era muy pibe y creia que me las sabía todas. Ahora ya no lo tengo. La noche siguiente, después de ver la película de Pino Solanas, no pude dormir. Sólo tenía en mi cabeza el traqueteo eterno del tren que pasaba a escasos metros de la casa de mi niñez.

Cada vez que veo los trenes de España, siento como si estuviera acostándome con la mina mas linda del barrio, luego de haber debutado con la vecinita fea, pero que realmente me quería. Por eso sólo los miro. Pero luego del impacto de la primera impresión, sólo me provocan indiferencia. ¿Por qué entonces, cada vez que viajo en ellos respeto las normas?. ¿Por que recojo los papeles y los tiro a los cromados tachitos de basura?. ¿Por qué aquí respeto las reglas, y cuido a estos trenes, cuando, como todo el mundo, descuidé durante años a mi tren Sarmiento, a mi vecinita fea?.

Estoy seguro de que nadie se considera totalmente culpable del estado de los trenes en Argentina. Y digo "totalmente", porque en nuestra particular manera de ver las cosas, nuestra cuota de culpabilidad siempre es menor que la del que tenemos al lado. ¿Para qué voy a cuidar los bancos de la estación, si seguro que algún político advenedizo está disfrutando de las coimas recibidas por los pseudos empresarios que tomaron las riendas del ferrocarril?. ¿Por qué tengo que pagar el boleto que mantiene al tren funcionando, si considero que las tres cuartas partes del costo de ese pedacito de papel van a parar a una concesionaria de coches de lujo, donde se compra el Mercedes Benz cada año, el sindicalista corrupto de "La Fraternidad"?. ¿Por qué tengo que ser el primero yo siempre?. Pues porque en el fondo quiero y necesito a ese tren...

¿Que fuerza mística del ser humano hace que aquí respete las reglas y allá no? . Después de darle muchas vueltas al asunto, me dí cuenta de que esa fuerza existe. Y la Bauticé: "La Inercia del Orden". La Inercia del Orden es un compendio de refranes y tópicos, que hace que uno se "aggiorne" con mas naturalidad. "Donde fueres haz lo que vieres"..."Quien fue primero? el huevo o la gallina?"..."Es el perro que se muerde la cola"....Sé que mas de uno alguna vez ha escuchado estas expresiones. España es un país con tradiciones muy fuertes, entre ellas la de los refranes. Pero, ¿no suenan como excusas para no hacer nada por cambiar las cosas?. Si por un momento, antes de tirar esa piedra contra las ventanas del tren, antes de quemar una estación, antes de apalear a un motorman; nos diéramos cuenta de que estamos destrozando las ventanas de nuestra casa...El techo que mal o bien, nos cobija de la lluvia. El movimiento lento y exasperante que nos traslada y nos diferencia de las plantas...Sé que es difícil. Que la bronca es mucha y muy grande. Pero intentemos resistir a la "Inercia del Orden". Al menos a la inercia negativa, la que nos hace "no hacer nada". Alguien tiene que empezar. Alguien tiene que dar el ejemplo. No esperemos la primera acción de las manos de un político o un empresario. Hagamos un camino paralelo e indiferente a los organos de poder.

Una vez, hace muchos años, un profesor de taller del "Jorge Newbery" de Haedo, mi colegio industrial, me retó por poner los pies encima de un banco de trabajo. Me hizo comprar una lata de pintura, y al día siguiente pintarlo. En ese momento, y a mis 15 años, me pareció un cretino resentido y con problemas de próstata. Pero ese profesor estaba enamorado de su colegio, como yo de mi tren. Y si alguien le hacía daño, simplemente lo defendia. Hoy día quedan muy pocos profesores como él. Tal vez por eso las "vecinas feas" de Argentina estén tan descuidadas. Estoy un poco harto y un poco viejo. Y sinceramente las minas lindas me atraen menos que las minas que me hacen reir.

Hoy cobré otro cheque. Estuve pensando en comprar unas latas de pintura para pintar los bancos de la estación de Castelar. ¿Por que no?. Soy publicista, y antes fuí pintor. Hacen falta muchas mas cosas que pintar un banco de estación. Pero con mi lata de pintura puedo generar mi propia "Inercia del Orden", e iniciar un nuevo camino paralelo a los poderosos prendados de indiferencia. ¿Y si contagio a un electricista que compre unas lamparitas para el tren?, ¿y si consigo motivar a un altruista ingeniero que ponga su granito de arena para mejorar en servicio?. ¿Por que tengo que ser yo el primero?....porque cada vez que veo el video en que prenden fuego a mi tren, es como si me quemaran una parte de mi cuerpo, y tengo que defenderme.

Algún día tengo que ir a visitar a mi vecina, la fea. Es lo que corresponde, ella es la que me hizo debutar. Le pediré disculpas con mi lata de pintura en las manos, y si ella aún me quiere, puede que el asiento vacío de mi coche en España, se transforme en una familia feliz que viaja en tren....solo espero que no se haya ido con otro, en todos estos años. Es mi particular tren cargado de sueños.


Desde Madrid, creciendo muy de a poco, los saluda:

Dante.

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