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Punto de Encuentro por Dante Pena

Publicado: 15/06/2009


Cuando mis viejos decidieron emigrar hacia la provincia de Santa Fé en busca de trabajo, me quedé solo en la parte delantera de mi casa del pasaje Los Incas. En la parte posterior vivían mis abuelos. Al ser ellos ya muy mayores, a veces, cuando venían mis amigos a verme, ellos ni aparecían por "mi" sector de la casa. Esto hacía que esa parte del chalecito estuviera decorado de una manera muy "sui generis", además del total desorden en el que habitualmente yo vivía ( desorden que aún conservo, habiendo pasado ya de los 40). Pocos años después, el abuelo emigró hacia el mismo destino de mis padres, para morir sólo algunos días después.

Durante unos pocos años, mi casa, (o el sector de ella, que yo controlaba), se convirtió en el punto de encuentro de mis amigos. Antes de salir a cualquier lugar, nos reuníamos allí. A veces boludeabamos un poco. Otras, escuchábamos música, mirábamos un video o una película, (era el único sitio donde ellos podían ver una porno, sin que los molestara nadie), o simplemente filosofábamos acerca de las mujeres y el sentido de la vida.

Fue una buena época. El pais no andaba "bien", pero tampoco andaba "mal". El dinero no sobraba, pero para salir, ponerle un par de litros de nafta al Ford Taunus de Jorge, y tomarnos una coca cola o un café; alcanzaba. La cuestión era estar juntos. Y evadirnos de nuestras responsabilidades. Sin novias, sin padres, sin curiosos, y sin otra cosa que hacer que cultivar nuestra amistad. En definitiva: Mi casa se convirtió en un perfecto "bulín", en el que nunca pasaba nada sexual; ya que estábamos mas verdes, que la camiseta de Ferrocarril Oeste.

Quienes éramos esos habitantes?. Pues: Rubén, Víctor, Jorge, Daniel, Fabián y yo. En la última etapa de esa época, se sumó mi hermano menor, Gonzalo, que se había escapado de la casa de mis viejos en Santa Fé, para "estudiar" en la UBA. (creo que sumando todos los días que fue a la universidad, no llegaban a una semana).

Mujeres?, casi nunca. Salvo algunas veces mi vecina Fabiana, la cual nos tenía a todos medio trastornados con sus curvas, pero que no nos daba bola a ninguno. Éramos tan infantiles, que creo que ni yo poníendome en el lugar de ella, me hubiera dado bola a mi mismo.

A veces venían dos amigas de Parque Leloir: Claudia, y su hermana Patricia. Pero con ellas pasaba lo mismo. Amigos?, si… de lo otro …ni hablar.

Así transcurrían los meses, totalmente desinteresados por los acontecimientos de nuestro país. Escuchando música a todo volumen, (yo tenia un equipo que realmente metía miedo), y los padres de Gaby y Leonardo, que eran mis amigos de al lado de casa; decían que cada vez que yo ponía música en mi casa, se caía el revoque de las paredes de la suya.

No se en que momento se terminó todo aquello. Tal vez fue paulatino, a medida que cada uno de mis amigos fueron encontrando pareja. Tal vez el hecho de que me haya venido a vivir a España, o simplemente porque ya no nos hacía gracia el "hacer huevo", o como se dice ahora, "larvear".

Algunos días delante de mi casa, en los terrenos del ferrocarril, los coches estacionados se contaban con los dedos de las dos manos. El 133 de Rubén, El 147 de Víctor, El 2cv de Daniel, El Taunus de Jorge, "La Bola" de Fabían, y el horroroso Renault 4 que tenía yo, llamado: "La Carusita". A veces mis viejos llegaban de visita, una vez por mes. Y entre los coches estacionados anárquicamente, y la música a todo volumen, se preguntaban que carajo estábamos haciendo con la casa que ellos me habían dejado. Eso, sumado a la eterna montaña de platos sin lavar en la pileta de la cocina, provocaba mas de una llamada de atención de mis progenitores, alarmados por aquél descontrol. Sin embargo, éramos felices asi.

En algunas ocasiones las conversaciones se daban todas juntas y en total descontrol: Mientras Daniel me intentaba explicar que significaba el Marxismo, Jorge cantaba a los gritos algún tema de Talk-Talk, con la letra cambiada, diciendo guarangadas. Al mismo tiempo Víctor nos contaba acerca de alguna cosa novedosa que había visto en la casa de deportes de Carlos Casares y Arias, coincidiendo con Rubén, que hacía mención de alguna cosa que había pasado en LAPA, la empresa aérea donde él trabajaba. Fabían nos miraba con desdén, asegurando que nuestra existencia no tenia el mas mínimo sentido… Pero nos entendíamos siempre.

Haciendo gala de una madurez muy equilibrada, de vez en cuando le hacíamos una "montaña rusa" a Daniel, que nunca se quejaba. Sólo emitía quejidos de dolor debajo del apelotonamiento de personas que lo ahogaban. O intentábamos violar a Jorge, mientras él se defendía con gritos espeluznates a los que llamábamos "gritos de violación" o el quejido "del águila solitaria".

Hoy recuerdo todas estas boludeces con ternura. Eran solo eso, boludeces. Pero estábamos juntos siempre. El que nunca tuvo amigos como los míos, jamás podría entenderme.

En algunas ocasiones venían solos. Muchas otras, alguno tenía algun problema, o alguna pena que contarme. Y yo prestaba mi oreja y mi hombro para que se descargaran. En esas ocasiones no había musica y risotadas. Sólo habia cariño y complicidad, para sortear las difícil tarea de evolucionar hacia la edad adulta. La casita del pasaje, siempre tenía una luz encendida para ellos.

Según he contado en otra anécdota, mi taller de rótulos se llama "Castelar". Es un local de unos 100 m2. En este lugar se pueden encontrar desde trozos de carteles, hasta una pecera con tres peces hambrientos. Desde un ejército de motos a medio armar, hasta un gato a pilas que agita una banderita con unas hojas de marihuana. La decoración es caótica. El desorden es perfecto. Aún asi, se puede trabajar. En invierno con el acogedor calor de una salamandra de leña, y en verano….cagándonos de calor hasta que no instale el aire acondicionado aquél, que duerme en el rincón….

Con el correr de los meses y de los años, este sitio se ha transformado en un nuevo "punto de encuentro". Mis amigos de aquí, suelen reunirse conmigo para tomar mate. Para ir a comer al mediodía. O para arreglar cuanta cosa se haya estropeado en la casa de cada uno.

Nombres nuevos pueblan este local: Alejandro, 48 años, comercial, vendedor y un chanta encantador con una eterna sonrisa en su rostro. Guillermo, 54 años, Informático idealista, dos veces divorciado, padre de tres hijos, sensato y lacónicamente centrado. Claudio, 49 años, constructor, dueño de un pasado de chicas y rock´n roll. Débora y Willy, ambos hijos veinteañeros de Guillermo, que le ponen un poco de juventud a este grupo de viejazos emigrados, (todos somos argentinos).

Dos nombres aún se mantienen: Gonzalo, mi hermano. Y Daniel, mi amigo de la secundaria. Ellos me siguieron unos años después a España, buscando un poco de tranquilidad. Escapando de una situación insostenible, luego de la caida de De La Rúa.

Gonzalo suele venir con su familia a visitarme. Mi sobrina Julieta pinta soles y caritas en los folios de la impresora de mi escritorio. Juan Manuel, mi sobrino, mira a todo y a todos, con sus enormes ojos celestes de bebé. Y Claudia, mi cuñada, intenta que mi hermano no se transforme en un total cerdo eructador, por estar mucho tiempo en compañía de esta jauría de viejazos salvajes.

Algunos días, afuera de mi taller, los coches otra vez anárquicamente estacionados, hacen que los vecinos se quejen por no tener sitio donde poner los suyos. La diferencia es que ahora no son cacharros destartalados como en aquéllos años. Las modas han cambiado, y las marcas de coches, también. Otra diferencia es el tema "sexual"….Aqui sí han ocurrido cosas de ese estilo, pero mejor no decirlas, ya que mi madre suele leer mis historias.

Los mediodías transcurren entre risas y tazas de café, mientras torturamos hablando en lunfardo a la camarera rumana del restaurante. Aún hacemos boludeces. Aún disfrutamos con esas boludeces….es que ser serio me parece una tremenda boludez.

Por mas que intento encontrar una explicación a esta costumbre se ser el dueño de estos "puntos de encuentro", no soy capaz de comprenderlo. Será tal vez que al mantener mi soltería, todo lo que me rodea adquiere un significado repleto de insentatez, desmadre, e informalidad…Pero prefiero creer que lo que nos une es la palabra "Castelar", como en casa.

De aquélla época, sólo tengo una cuenta pendiente: Que la chica de mis sueños, Gabriela, hubiera llamado a la ventanita de mi habitación, para estar conmigo en esas tardes de sábado.

Soy parte de Castelar, y Castelar es parte de mí.


Desde Madrid, soportando al perro de un amigo que me mea en los rincones, los saluda:


Dante.

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