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Semifinal en la Canchita de La Vía por Dante Pena

Publicado: 30/09/2007


Hay en Castelar, algunos rincones, donde se vivieron vibrantes domingos de pasión y fútbol de potrero. Dependiendo del barrio, esos sitios estaban identificados con diversos calificativos: "Polideportivo", "cancha", "canchita", "potrero", o simplemente: "valdío con palos cruzados".

La Canchita De La Vía, estaba enmarcada, creo yo, en una subcategoría por debajo del estatus de "autódromo de ratas de tren". Entre un desierto lleno de piedritas y cal , y parcela de sueños en forma de pelota de goma pinchada. Pero era Nuestra.

Estaba a menos de cien metros de mi casa del pasaje. Donde termina el Parque Cumelén. Antes de la hilera de eucaliptus donde está la misteriosa "tumba del accidentado". (haré mención a dicha tumba en algún otro relato en el futuro).

Allí pasé horas y horas, sábados y domingos. Pateando en vano mil pelotas deshilachadas; solo para convencerme de que el fútbol no era lo mío.

Algunos chicos del barrio "la movían bien". Eran esos chicos que siempre deseabamos que jugaran en nuestro equipo. Los que cuando elegíamos haciendo "pan, queso, pan queso", salían los primeros.

Normalmente yo era de los últimos. Cuando no, el último.

Las otras, las de otros barrios, podían ser mas decorosas; mas prolijas. Pero ésta era en la que sabíamos que no nos iban a interrumpir, si llegábamos antes que los chicos "grandes". Los chicos "grandes" son la generación de Castelar que hoy debe rondar por la cincuentena. y los "chicos", los que rondamos los 40 y pico.

Cuando se jugaba algún partido previamente pactado, entre los mas viejos, los gritos e insultos producto de la intensidad de la contienda, llegaban con el viento hasta el patio de mi casa. Y si yo estaba sin hacer nada, a la hora de la siesta, mientras todos dormían; me escapaba con una bolsita con un pan y una manzana, a ver el partido detrás del arco.

Algunas veces, los obreros del ferrocarril, paraban sus actividades, y se jugaban un picadito para bajar la comida.

Otra que estaba cerca de casa, era "la canchita de Presente". Ubicada en la esquina de Rodríguez Peña y la cortada. Donde ahora hay un pequeño centro comercial. Con locales que se caracterizan por durar poco, en manos de sus arrendatarios.

Esta era una canchita particular, porque tenía un enorme árbol en el medio, que hacía que algunos pelotazos rebotaran en el tronco y fueran a parar a cualquier lado. Le llamábamos "de Presente", porque en la esquina de Arias y Rodríguez Peña, estaba la tienda de ropa para escolares "Presente".

Otra era la del Sofía Barat. Pero era demasiado pituca para nosotros. Además estaba sobre la avenida Sarmiento, algo lejos para ir caminando.

Cuando yo rondaba los diez u once años, no recuerdo bien el año, de una extraña manera se pactó un partido de fútbol entre los chicos que viviamos en las calles que dan a la vía, y un equipo de cerca de la Placita de Los Españoles. Con bastante antelación preparamos el lugar, marcamos las líneas con cal de una bolsa rota que robamos de un vagón de tren, y por primera vez la canchita tuvo travesaños en los arcos. Los hicimos con cachos de madera que juntamos de los fondos de las casas; clavados y emparchados para que se tuvieran de pie. Lo que no sabíamos, era si se iban a caer al primer pelotazo que se estrellara en ellos.

Conseguimos una pelota de cuero, que en aquél tiempo era carisimas, la embadurnamos de grasa de caballo de la zapatería, y le pintamos con pintura los gajos de cuero que habían desaparecido por la erosión de las piedras de nuestro estadio. El tema de la pelota era siempre un drama, porque cuando venía algún chico nuevo del barrio a jugar y traía pelota, sólo jugábamos los que él quería...o se la llevaba a casa.

A los postes le pintamos una franja blanca con la cal que nos había sobrado de las líneas. Y quitamos todas las enredaderas que tapaban el alambrado, impidiendo ver a los vecinos el crucial encuentro deportivo.

Recuerdo el día que jugamos. Por primera vez estábamos todos juntos en un equipo. Los buenos y los troncos. No teníamos camisetas, pero yo le robé a mi viejo unos botines "Sacachispas" Nº 43, que me quedaban enormes. Me puse unas medias de fútbol, y con cinta aisladora le puse a mi camiseta blanca un numero "7", porque me gustaba René Houseman, "El Loco". Que era mi ídolo, desde que Huracán salió campeón en 1973, de la mano de Menotti.

La verdad no sabía si jugaría a algo, pero al menos estaría en el banquito de suplentes... Porque la cosa también tenía banquito de suplentes.

Mi viejo me observó mientras me arreglaba para el partido. Y sin decirme nada, ese día prefirió no dormir la siesta; y acercarse a ver el encuentro.

Esto mismo debieron pensar muchos padres, porque aquél día, detrás de los alambrados de la vía, había mucha gente. Abuelas con reposeras, jovatos con camiseta de tirantes, sentados con la silla al revés; y la mayoría de los padres de los que íbamos a jugar.

A la hora señalada, llegaron los otros chicos. En varios coches. Con sus padres. Bajaron con tranquilidad, y allí pudimos ver la primera de una serie de diferencias que había entre nosotros. Estaban vestidos con el equipo completo de fútbol. Con botines, con camisetas numeradas. Limpios y hasta ordenados por estatura. En aquél momento nos entraron unas ganas bárbaras de cagarlos a trompadas. Pero fué una buena enseñanza acerca de lo que nos encontraríamos después, en el resto de nuestras vidas: Se puede ser un equipo. Se puede ser un buen grupo. De fútbol o de trabajo. Pero además de serlo había que parecerlo. Y ellos lo eran, como lo demostraron después. Nosotros nos sentimos un grupo de refugiados vietnamitas, lo que no era nada bueno antes de comenzar el partido.

En nuestro equipo había solo tres o cuatro que podían decirse "dignos" de enfrentarlos. Tal vez Walter, David, Gaby o "El bicho". El resto éramos un rejunte. Una pequeña manada de muleros que pateaban tobillos a diestra y siniestra.

Pocos minutos pasaron hasta que nos llenaron de goles. Pero el partido era por tiempo y no a "12 goles", así que creímos que nos meterían goles por valor de una cifra de tres dígitos.

Nosotros estábamos acostumbrados a patear para arriba, y después rezar para que la agarrara Walter, o alguno de los que eran algo habilidosos. Gambetear a medio equipo contrario al estilo de Maradona, y después meter algún gol, como fuera posible. (cabe señalar que en aquéllos años nadie sabía quien era Maradona).

Así que como estábamos perdiendo como en la guerra, el desgano y la desidia, hicieron mella en nuestro equipo. Nadie quería jugar, nadie quería siquiera patear la pelota en sentido contrario. Estábamos acabados. El arquero a veces se quedaba helado, y le entraban los pelotazos a docenas. Los vecinos y padres nos cargaban, y ese día fuimos los payasos que animaron la fiesta de los chicos del barrio vecino.

Mi viejo observaba el partido desde atrás del arco, y me sonreía. Al menos yo no estaba jugando, y nadie podía decir que estábamos perdiendo por mi culpa. Sin embargo, poco antes de que terminara la tortura, me hicieron entrar...en el arco.
Casi al final cobraron un penal a su favor. Así que pensé que solo sería un gol mas en la cuenta interminable de perforaciones que teníamos en nuestro arco.

En ese momento, por primera vez, todo el mundo me prestó atención. Yo era el gordito con el número 7 en la camiseta y guantes de goma, que hacía de arquero. Imaginé que lo atajaba. Soñé que al menos, defendería la dignidad de mi equipo, y me transformaría en el pequeño héroe de la jornada.

Tiró un pibe bajito. Sólo recuerdo eso. La pelota pegó en un poste, me rebotó en el culo, y rodó lentamente como cargándome, pasando la línea de cal. Otro gol mas. Pero el mas gracioso de todos. Conmigo atajando.

Cuando terminó el partido, de vuelta a casa, mi viejo me puso una mano en el hombro, y reía sin parar. Me confesó que a él también le había pasado algo parecido. Pero también me dijo que de vez en cuando, perder no estaba tan mal, porque cuando ganáramos la emoción sería aún mayor.

Como en todas mis historias, hay una moraleja. Y un retorno a las experiencias que viví de pequeño en Castelar. Ésta no es una excepción.

Hace pocos días, se jugó en Villarreal, España; una de las semifinales de la UEFA Champions League. O mejor dicho: La Copa de Europa. El torneo mas importante a nivel mundial, de equipos. (no de selecciones).

Quiso la casualidad, que una persona me contratara para llevar el montaje de la publicidad estática en los partidos que se jugaran en territorio español. Esto me permite a veces, estar inmerso en ese mundillo emocionante de jugadores estrella, directivos semicorruptos, famosillos de moda y truchos que roban cámara...yo siempre vestido de uniforme de obrero. Haciendo este trabajo, he podido conocer y charlar con diversos jugadores argentinos que militan en clubes de Europa: La brujita Verón, del Inter, Cambiasso (cuando jugaba en el Real Madrid), Juan Pablo Sorín, del Villarreal; y Walter Samuel, antes de que se fuera de España, con su habitual cara de enojado. A Juan Román Riquelme solo se le acerca su familia; ya que siendo un excelentísimo jugador, es menos simpático que una sardina fuera del agua.

Obviaré a los internacionales, porque la verdad, no me caen tan bien. Ronaldo, Beckham, Zidane y otros, solo te hacen un "gestito de idea" como Carlitos Balá, y se escapan rodeado de guardaespaldas.

Imaginen el marco de ese día. Medio mundo prendido a la televisión. Canales de todo el mundo, diarios y revistas deportivas de 20 idiomas diferentes, reunidos para dar noticias y novedades del encuentro. Cámaras y fotógrafos, periodistas famosos y de los otros, (los que se dedican a trabajar),

minas con pompones, y un desfile de intereses económicos en forma de marcas de bebidas alcohólicas, y coches de lujo... y Dante detrás del arco, vestido de negro, cuidando que ningún desaprensivo deteriorara los carteles que se pagan a mas de un millón de Euros el minuto de publicidad.

El partido transcurrió sin sobresaltos. El Villarreal dominando y el Arsenal de Inglaterra metido en su arco. Si el equipo de Riquelme y Cia. marcaba solo un gol, habría posibilidad de jugar el alargue, que daría el pasaporte a la final del torneo mas prestigioso del fútbol.

Yo estaba sentado entre paramédicos y bomberos. Entre guardaespaldas y policías. Era el tipo que nadie sabía que hacía allí, pero que estaba ataviado con el uniforme de la UEFA Champions League, con sus colores , y un pase irrestricto a todo el terreno de juego e instalaciones, lo que me hacía prácticamente intocable.

En el minuto 89, a uno del final, marcan un penal a favor del Villarreal. (sinceramente solo fué penal en la imaginación del árbitro, pero eso, no soy quien para discutirlo).

Riquelme fué designado para patearlo. En ese momento comenzó a dolerme la cabeza. Miraba su cara. Lo tenía a escasos metros de mí. El arquero de origen alemán del Arsenal, estaba agazapado esperando. Y el tiempo se detuvo allí mismo. Ni Riquelme era ese chico bajito de la canchita de la vía, ni Lehmann era el gordito de la camiseta blanca. Pero me sentí como en aquél día. Porque para mí era importante que mi papá estuviera orgulloso de mí. Y supongo que toda la familia de Riquelme deseaba lo mismo para él. ¡ Tenía ni mas ni menos que la primera final de la copa de Europa en sus pies!. Empecé a sentirme mal...

Tiró despacio y a colocar. Como El Diego. El arquero adivinó la intención y fué justo a ese lado. Lo paró fácilmente.

Riquelme ni tan siquiera fué a buscar el rebote. Se lo veía tan abatido, tan dolorido, que ni pudo moverse mas de dos pasos. No pretendo compararme con un jugador de tal calibre, pero si con sus sentimientos. Me entraron unas ganas locas de saltar a la cancha y darle un abrazo. Ponerle una mano en el hombro, como hizo mi viejo conmigo. Estábamos los dos tan lejos de casa... Pero hubiera terminado bajo una montaña de policías antidisturbios, acusado de intento de asesinato.

Una chica de los paramédicos me vio mareado y nervioso. Me dieron Valium porque tenía un estado de ansiedad extremo. Pero pude hacer una última cosa: seguir con la vista la pelota, hasta el momento que salió por un lateral antes de finalizar el partido. El chico recogepelotas les entregó otra. Y así, mareado y con un valium debajo de la lengua, me acerqué a él, y le pedí que me la diera, ( lo que me costo un buen puñado de Euros). La desinflé con la pieza metálica de la tarjeta de identificación que colgaba de mi pecho, y la oculté debajo de mi generosa anatomía.

Cuando el partido terminó, pude observar a los hinchas ingleses. Festejaban en buena ley el empate. Los jugadores del Villarreal, caminaban cabizbajos hacia los vestuarios. Otra vez habían ganado los chicos bien vestidos, los chicos del barrio pudiente, los que por su apariencia "parecían" mejor equipo que el Villarreal de los argentinos, sin serlo realmente. Porque Villarreal es un equipo humilde. Un pequeño pueblo de la costa del mediterráneo, lleno de gente honesta, obreros, e ilusiones de fútbol.

De regreso a Madrid, miraba la pelota. Una Nike oficial de la FIFA. Quién me creería que es la pelota del penal de Riquelme?. Nadie seguramente. Sólo yo lo sabía. Ahora reposa medio desinflada en un estante de la biblioteca de mi casa. Junto a decenas de fotos de mis amigos de Castelar. Los chicos del barrio. Junto a las cosas que mas quiero. A mis recuerdos de niño, en la Canchita de La Vía.

En 1999, antes que mi barrio se viera engalanado con la plaza Cumelén, plaza que ocupa también toda la extensión de la cancha de la vía, estaba todo en un estado ruinoso. Ese invierno fui de vacaciones a Argentina. Y la ví en ese lamentable estado. Sé que esto que escribiré a continuación puede sonar a anacronismo, pero demuestra mis sentimientos hacia ese cuadradito de tierra; de piedras y polvo de cal. Mis recuerdos y mis broncas. Mi vida de niño en Castelar.



"Un cuadrado, medio redondo, donde jugábamos, cuando el pesado de Tito traía la pelota"


Había un millón de piedras
cuatro palos, cinco alambres
Ocupada todo el día
por campeones de mi barrio,
La canchita de la Vía

¡Guarda el tren!
¡Pasa un auto!
No era del todo cuadrada,
en el centro un pozo había
no era hermosa, pero era mía.

Petete, David, Walter y Gabi
Pelé, Di Stéfano, Maradona y Cruyff
Entre ellos podía nacer
la jugada del milenio,
Yo era un tronco, pero estuve allí.

Con un compás de cielo, trazó Dios el sitio.
Ballet de cardos y flores berretas
Y en boludo de Tito pinchó la pelota,
Se armó el gran quilombo, Grita doña Tota,
cada uno a su casa, sucias de tierra, las jetas.

Ayer, que volví otra vez, por mi barrio,
Los útimos metros corrí como un loco,
quería mirarla, quería olerla
pero no te encontré querida canchita,
Sólo había despojos, y un toco de mierda.

Pregunté: ¿Y doña Tota?; murió hace mucho.
¿El Bicho y el Topper?; ahora son mayores,
Rompí el alambrado, me senté entre los cardos,
Tiré píedras al tren, jugando a los dardos.
¿Construirán aquí, un shopping tal vez, algún día?
Que solos estamos, tu y yo, canchita de la Vía.


Los lugares mas útiles para dar un paseo con el alma, no tienen por que ser artículos de diseño.

Alguien dijo por ahi: El Arca de Noé fue creada por amateurs. El Titanic, por profesionales.

Un beso enorme a todos los que saliendo del polvo de los barrios, logran cumplir con los sueños de todo un pueblo.

Desde Madrid, los saluda:

Dante.

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