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La Costa de Castelar Sur por Dante Pena

Publicado: 28/01/2006


Una vez dije, que tuve la oportunidad de disfrutar de una pequeña playa de arena sin mar, en Castelar. Lo que no dije, es que de alguna manera, ese mar existía. Mi familia viene de una provincia al norte de España, dentro de la Comunidad de Galicia. La familia de mi madre es de La Coruña, y parte de la de mi padre viene de Pontevedra. Esta región se caracteriza por su frondosa vegetación, sus bosques, y sus costas.

Para todo aquél que tuvo que sufrir el sentimiento de desarraigo al emigrar, los puntos de referencia con el pasado, adquieren a veces, un valor, que los que no tuvieron que vivir esa experiencia; jamás llegan a comprender.

Por eso pido disculpas si alguien siente que mis historias son un poco ñoñas, o tal vez cargadas de la retórica pusilánime de los que hacen de su día a día, un eterno recuerdo de épocas pasadas y melancolías tangueras; pero es así como me siento. Y si deseo compartir, además de estas anécdotas, algo del pasado de ese Castelar que algunos no conocen, debo ser sincero, y recordar también algunos de los malos momentos que me tocaron vivir, en el único lugar donde puedo afirmar que fui feliz.

Mi abuelo Alfonso era de El Ferrol, en La Coruña. Fue entre otras cosas marinero, (militar), y cursó estudios en la escuela de marinería de esa ciudad, en grandes veleros y acorazados. Por algún tema familiar, (del que él nunca deseaba hablar), se fue de su casa a los 16 años, y se enroló en la marina.

Muchos Domingos después de comer, en el patio de baldosas rojas de mi casa del pasaje; el abuelo Alfonso con su vasito de vino en la mano, se ponía a contar historias de su vida en Galicia. De sus compañeros de armas, de sus sueños en el mar; y de los sufrimientos y penurias que vivió durante y después de la guerra civil española del '36 al '39.

A veces sus relatos adquirían una tensión narrativa tal, que hacían que mi abuela se levantara de la mesa ante la sola mención de ciertos nombres. Y otras, acompañando las palabras con pequeños sorbos de alcohol, sus historias se diluían en imprecisiones que nadie discutía; ya que eran historias con actores extraños y nombres desconocidos, seguramente cambiados, dependiendo de si el vaso fuera de cerveza, o de grappa.

En algunas ocasiones, cuando mis abuelos eran ya muy mayores, mis padres habían decidido dejarme con ellos en Castelar y emigrar por razones laborales, a la provincia de Santa Fé. El abuelo Alfonso se quedaba sentado en un sillón del jardín del frente de la casa, cerca de la puerta de entrada, con la vista fija en el enorme galpón gris del ferrocarril Sarmiento. A veces yo estaba haciendo algún arreglo en mi destartalado Renault 4, y me daba la sensación de que el abuelo me hacía compañía. Otras veces él estaba solo, con mi perro Tomi echado a sus pies.

Su mirada era siempre la misma. Su silencio era siempre igual.

Una tarde, no mucho tiempo antes de venirme a vivir a España, el abuelo señaló hacia un imaginario horizonte situado mas allá del galpón, y dijo con una certeza absoluta:

- Allá estaban puestas las cadenas de los castillos de entrada a la ría…

- Y mas allá, estaba el puesto de guardia de la marina…
Lo miré con cierta incredulidad. Luego se sumió en el habitual silencio de sus tardes de "Sillón y perro echado".

Poco tiempo después, y antes de levantarme de madrugada para darle al abuelo su medicacíon nocturna, mi perro Tomi me despertó con gemidos nerviosos. Me desperecé y pude observar que me estaba indicando que algo pasaba. Lo seguí hasta la parte trasera de la casa, donde estaba la cocina y la habitación de mis abuelos; y pude ver que la puerta que va la cocina al patio, estaba abierta.

Salimos al pasillo del costado, y luego atravesamos la puerta de hierro del jardín. Tomi corría delante de mi, y yo iba poniéndome un buzo, ya que era invierno y la noche estaba helada.

Pasé por encima de la puertita de entrada del coche y accedí a los terrenos del ferrocarril atravesando el alambrado roto. A pocos metros de la primera línea de vías, en medio de la oscuridad mas absoluta estaba mi abuelo de pie, en calzoncillos y con un pie descalzo. Blanco como una vela blanca. Mirando hacia el galpón.

Al llegar a su lado vi que no tenía los anteojos puestos. El abuelo estaba operado de cataratas, y sin ellos no veía nada mas que sombras.

-¿ Que hacés abuelo aca?. ¿estas loco?, ¡ te vas a cagar de frío¡….vamos adentro por favor.

Tenía una enorme sonrisa dibujada en su boca. Y giró su cara hacia mi, con esa mirada característica de las personas que son casi ciegas, como mirando "al bulto".

Desistí de buscar la chancleta que le faltaba y me lo llevé adentro de casa. No dijo ni una sola palabra. Le dí su pastilla, cerré las puertas y me acosté. La abuela dormía plácidamente, ajena a la escapada de su marido.

La noche siguiente, al volver de la facultad, tenía la cena preparada como era costumbre. Mi abuelo Alfonso me esperaba despierto, sentado a la mesa, con una taza vacía frente a él.

- Tu madre me dijo que en Ferrol han construido unos edificios donde estaba la playa de La Gándara.

( Mis padres habían viajado hacía poco tiempo a España). Y mi madre volvió a su tierra, mas de 40 años después de haberse subido a aquél barco, en tercera clase, en el puerto de Vigo.

- Me dijo que ya no hay playa, y que para ver la arena hay que ir hasta Valdoviños.

- Si abuelo, si. A mi también me lo dijo. ¿Qué hacés levantado a esta hora?

- La playa de La Gándara era la que mas cerca de casa estaba, hasta podíamos ir caminando…

- Está bien, andá a dormir que pongo el despertador para darte la pastilla, sinó después no dormís nada.

En aquél entonces, además de ser mas pibe, yo era absolutamente ignorante del sentir de un inmigrante. Tenía mucha suerte: vivía en el único lugar donde podía sentir todos los sonidos y los olores sin que estuvieran presentes. Vivía en mi casa.

Algunas noches me desperté antes de la hora de la pastilla del abuelo, y pude oir el cuchicheo, a veces en castellano, a veces en dialecto gallego; las conversaciones de mis abuelos despiertos en su habitación.

Pocos meses después, y ante el agravamiento de la enfermedad del abuelo, mis padres decidieron llevarlos a vivir con ellos a Santa Fé… Antes de un mes de haberse establecido allí, el abuelo murió.

Pasé diez años solo en Madrid, hasta que al señor De La Rúa se le ocurrió junto con algunos cancerberos de turno, escribir en la historia de Argentina una página mas de vergüenza. Sin embargo, en ese acto de eterna estupidez politico-sindical rioplatense; me hizo un regalo del que le estoy eternamente agradecido: Echó a mi hermano menor y a su familia de mi país, y los acercó a mi.

Gonzalo, mi hermano menor, poco y nada tiene que ver con Castelar. El se crió con mis padres en Santa Fé. Desde que está conmigo aquí, en Madrid; mi vida ha dado un vuelco radical y en casi todos los aspectos, positivo.

A veces, divagando, le comento cosas del pasado en mi barrio, como si él supiera lo que le estoy diciendo. Y claro, me contesta que no sabe de que carajo le estoy hablando. Otras veces me mira como si yo estuviera loco cuando señalo una planta o un árbol, y le digo que en tal o cual casa , o que en ésta y en aquélla calle de Castelar , había una igual. En algunas excursiones que hacemos por la sierra de Madrid, o algún lago de la zona, señalo algún bicho o algún pájaro que , según creo, también volaba por encima de los pinos del frente de mi casa del pasaje. Creo que en alguna ocasión pude ver dibujado en el rostro de mi hermano, esa mirada de desconcierto que yo tenía, cuando escuchaba las anécdotas de mi abuelo.

Una de las últimas tardes que pasé con mi abuelo, golpeó la puerta de mi habitación. Entró y se sentó en mi cama. Tenía los ojos llorosos, y sacándose los anteojos que para él eran como su perro lazarillo, me dijo:

- Dante, siento que desperdicié mi vida. Que hice todo mal. Que tomé las decisiones equivocadas…no le digas nada a tu abuela.

No dijo nada más del tema. Nunca más.

Hace poco soñé con el sonido del viento entre las ramas de los árboles. Con el ruido del silbato del heladero que pasaba por la esquina de casa pedaleando en esas tardes de verano. Con en traqueteo del tren al atardecer.
Me desperté sentado en la silla de mi escritorio. Con la cabeza entre mis brazos. Encendí la computadora. El destello de la pantalla vacía iluminó un vaso de agua con el cual empujé una pastilla para dormir dentro de mi boca. Me quedé mirando fijamente el cursor titilando. Creo que en ese instante comprendí lo que estaba soñando mi abuelo, aquélla noche desnudo, de pie frente a las vías del tren.
Supe que algún día, mirando la línea oscura del cielo recortando las montañas de Madrid; imaginaré las vías del Sarmiento separando una imagen real, de una vida irreal. Y prometí escribir todo lo que sintiera acerca de las cosas que había vivido. Puede que tal vez, para no caer en los mismos errores de mi abuelo. O para que no tenga que contarle a mi nieto sentado en su cama, que mi vida carecía de sentido.
Antes de que Morfeo me protegiera en su regazo, atiné a escribir esto:

Poesía para el tren Sarmiento, que nunca andaba bien; pero a veces… tampoco


Tra-track!, tra- track!
Pasa un tren, como una lenta bala.
En él, mil personas van.
Sordos bostezos callan.

Tra- track!, tra- track!
Viene mi tren a la mañana
Oficinistas, mas de cien,
leen noticias pasadas.

Tra- track!, tra- track!
Oigo al tren de mi niñez;
obreros, obreras también,
recuerdan que hay hojas en mis ramas

Tra- track!, tra- track!
Vuelve el tren, vuelve su carga,
de piernas flojas, de caras cansadas.
De almas que como yo,
sueñan con sueños sin playas.

Tra-track!, tra-track!
Tengo esta imagen del tren
en mis retinas grabada.
Y ahora que estoy yo tan lejos de él,
queda su loco eco en mi alma.

Tal vez sea que soy así. Tal vez a algunos les resulte repetitivo. Si quieren remediarlo, revuelvan en su interior. Escriban a la página. Y compartan con los que sentimos a Castelar de esta manera, sus historias y anécdotas; y no dejen que yo los aburra con melancolías y poesías de pañuelos descartables.

Escribiendo de madrugada desde Madrid, los saluda:

Dante.

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