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Lluvia por Dante Pena

Publicado: 15/07/2005


A veces, cuando cierro los ojos y milagrosamente consigo hacer desaparecer todas las preocupaciones de mi vida actual, logro que mi nariz vuelva a sentir ese olor característico de la lluvia que esta por venir. El olor a "ozono", que le dicen. Yo prefiero llamarlo "olor a tierra mojada".

En todos estos años que llevo alejado de mi casa de Castelar, creo que solo una vez pude contemplar una sesión lluviosa como las que veía a través de los cristales del ventanal redondo de la casita del pasaje Los Incas... Una cortina de agua. Una explosión de gotas estrellándose contra los charcos que se formaban en los terrenos del ferrocarril Sarmiento. Lluvia de verano o de invierno, daba igual. La diferencia estaba en que calzado me pondría cuando dejara de llover. Si era invierno, rebuscaría en el fondo del estante de los zapatos para ponerme esas pesadas botas de goma, y si era verano...me importaba poco el calzado, porque de todos modos saldría a chapotear descalzo al patio de casa, debajo de la lluvia.

Hace unos veintitantos años, hubo una gran inundación en toda la zona oeste. Jamás había visto las calles de mi barrio convertidas en un inmenso río que corría de puerta a puerta en veredas opuestas. Negocios inundados, manantiales en las alcantarillas de la zona cercana a la rotonda de la iglesia de los Mormones. Agua bajando desde la Avenida Arias, hacia las calles adyacentes a Francia y Arredondo.

Para algunas familias fue la ruina. Coches desaparecidos debajo de miles de litros de agua que se habían colado en los garajes subterráneos tan típicos de las casas de esa zona, árboles tumbados, cientos de kilos de tierra y arena arrastrados desde los jardines hasta las exhaustas bocas de lluvia de las calles.

Para mi no fue tan grave. Me subí a mi bicicleta, y pedaleé divertido desde la zona de la estación hacia la Avenida Santa Rosa, pasando por calles mas bajas que las de mi barrio, y viendo como las personas corrían de aquí para allá, intentando sacar los coches afuera, cuando el agua ya les llegaba a la altura de las ventanillas. Comerciantes persiguiendo los carteles "sandwich" que flotaban alegres en el medio de la avenida, y de vez en cuando alguna prenda de ropa que cruzaba el caudaloso río, poniendo un poco mas de color a la tragicomedia.

Tiempo después un amigo me contó que su hermano había atravesado en kayak, desde Arias hasta casi la avenida Sarmiento. Y otro conocido me aseguró que caminó con el agua rozándole las rodillas montado sobre unos zancos de madera, cerca del antiguo supermercado Canguro.

Yo fui pedaleando con gran dificultad con las ruedas de la bici totalmente tapadas por el agua. subiéndome a los jardines de las casas mas altas, y atravesando impunemente por los patios y puertas abiertas de las viviendas.

Lo mas grave de todo esto, si lo pienso hoy, es que aquello era normal. Solo que esta vez le había tocado a Castelar. Otras veces había visto la casa de mi abuela en el barrio de Flores con el agua arriba del cordón de la vereda. o el puente que separa Castelar de Morón, (ese bendito puente en el que siempre algún salame que no lee la altura máxima y se queda empotrado); se inundaba con mas de un metro de agua.

Hoy día, aquí en Madrid, la lluvia es algo celebrado con fiestas y banquetes. Casi no llueve. El Clima es parecido al de la serranía cordobesa, pero sin aguaceros. Me ha tocado vivir varias épocas de sequía, una de las cuales es ésta; la del verano del 2005, que es cuando escribo esta anécdota.

La gente cuida cada gota de agua. y lavar el coche en la calle está prohibido. Los riegos se hacen con agua no apta para el consumo humano, y las fuentes funcionan con esa misma agua. El agua potable es un bien apreciado, y a veces, escaso.

Lejos me quedan ya, esas batallas de carnaval, con baldes llenos de agua y bombitas infladas flotando. Mas lejos aún, aquella vez que nos subimos al tractor del repartidor de sifones "Cimes" que pasaba por casa, y antes que se diera cuenta le habíamos vaciado dos o tres cajones de soda en las cabezas de los incautos transeúntes que se atravesaban en nuestro camino.

Hoy en Madrid, estamos sufriendo unos 40 grados. Las pocas personas que se animan a salir a la calle, lo hacen con cautela y prisa, porque en cualquier momento te puede pasar que los pies se te queden pegados al asfalto ardiendo. En los veranos de Castelar también había días como éstos, pero mucho menos agobiantes. Íbamos a refrescarnos a la pileta del Club Mariano Moreno, o a la casa de algún amigo que tuviera una pelopincho. Los días de lluvia nos quedábamos en casa, o nos escapábamos al patio, cuando el abuelo salía para abrir la tapa de la cámara aséptica, para que corriera el agua.

Recuerdo que, días después de la lluvia, seguían tozudos, algunos charcos de agua cerca del vagón que ahora adorna la Plaza Cumelén. Y era allí donde especulábamos si esas cosas verdes que crecían en las orillas eran huevos de algún animal desconocido, o simplemente verdín. También sumergíamos alguna lagartija descuidada a ver si sabía nadar, (pobres bichos), o tirábamos mojarritas de las que traía mi viejo cuando iba a pescar a la laguna de Lobos.

Dentro de unos días me subiré a un avión que me llevará a casa de vacaciones. Espero volver a sentir el ruido de la lluvia en algún techo de chapa. Ver los charcos en la vía del tren, y la gente corriendo cuando se despiden de la protección del techado de la estación. Y volver a chapotear, aunque sea invierno, con las botas de goma. Hoy, que puedo decir que he pasado por algunos países en los que el agua no es algo tan común como en mi barrio de Castelar, puedo también afirmar que no sabemos la suerte que tenemos nosotros al tenerla en tal cantidad.

Ese día que vi llover en Madrid como en mis épocas de niño, escribí esto; que quiero compartir con ustedes:


Lluvia en Enero, pero no es igual.

Cuando la lluvia amanece en Madrid
y un viento canta entre las hojas
los chicos corren, los gatos saltan,
la gente huye, pero igual se moja.

Batería de pasos de suelas de goma
en torpes andares que marcan los ritmos
música y lluvia, se oscurece Madrid
recogen sus cosas, de la calle, los mimos.

Golpes de puertas, de miles de bares
refugios de almas, de pelos, y de monjas
paraguas de un momento, un café rapidito
¡que frío que hace!, ¿no para un ratito?.

Estoy en la calle, yo sólo, en el medio
el agua se cuela por todo mi cuerpo
la gente me mira, tal vez no se enteran
en Castelar es verano, no es lluvia de invierno.

Y cierro mis ojos, y veo mi barrio
la lluvia en el patio, mis charcos de agua
calor y color que no me hacen daño
es 7 de enero...es mi cumpleaños.

Cuando vean llover, recuerden que esa es una razón mas, para sumar a una larga lista de beneficios que tenemos al vivir en Argentina. Esa larga e inexplicablemente insuficiente lista de hechos y ventajas que en otros lugares son tasadas al precio del oro, pero que a nosotros no nos bastan para ser felices.

Desde Madrid, y bailando la Danza de la Lluvia como los Apaches, a ver si llueve... los saluda:

Dante.

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