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Gabriela, la del pelo castaño 2 por Dante Pena

Publicado: 20/04/2009


Últimamente escribo poco. O lo que escribo, termina dormido e inconcluso, en alguna carpeta de mi computadora. Muchas cosas nuevas: Nuevos problemas, nuevas inquietudes, nuevas responsabilidades, nuevas crisis…pero...

Hace algunos años, escribí en esta sección, una anécdota titulada: “Gabriela, la del pelo castaño”.

Sin embargo, me propuse escribir esto, porque para aquéllos que hayan leído esa anécdota, les quiero contar otra… Ya que por obra del azar, quiso que existiera una secuela de ese relato. Pues sí. Hubo una “Parte Dos”.

Esta vez, no habrá paralelismos con mi pasado en Castelar. Esta vez no habrá reflexiones de Hombre –Niño, que provoquen una sonrisa o una lágrima. Esta vez soy yo. Ahora, y en este momento. Por eso, puede que suene mas a “Confesión”, que a “Anécdota”…. Sin embargo no deja de ser otra historia, en la que Castelar tiene mucho que ver.

Antes de madurar, a mediados del año 2007, cuando todavía creía en el Amor Incondicional, y buscando en la red una cosa que no pienso explicar, ya que sumarían datos peligrosamente a la identificación de mi amor adolescente, (Y no quiero perjudicarla en absoluto); Encontré su nombre, en un anuncio en el que demandaban personal para un empleo. Ella era a la persona a la que se tenían que remitir los postulantes… Ella, o alguien que se llamaba igual. Daba una dirección de correo electrónico… Y me arriesgué a escribirle.

Fueron pocos renglones. Es más, no creo que llegaran a dos. Pero le dí datos precisos de su pasado en la Escuela Nº 7, “Tomás Espora”, provocando su reacción y su respuesta.

“¿Quién sos?”….”¿Como sabés quién soy yo?”…. “¿De dónde me conocés?”…

Eran preguntas que debería haber contestado allá por el año 1973. Pero me las estaban haciendo treinta y tantos años después. En aquél entonces, hubiera huido cobardemente de las respuestas. Pero ya no era 1973. Ni yo era yo. Sin embargo, y aunque no lo crean, tuve ganas de salir corriendo. Pero no lo hice. Decidí abandonar a Felipe, el amigo de Mafalda, mi compañero de sentimientos de todos estos años. Lo dejé solo, en el banco de la plaza, mirando a esa chica que le gustaba tanto, y a la que no se atrevía a dirigirse.

Me separé de la pantalla unos tres metros. Me senté en el suelo de mi taller. Encendí un cigarrillo, y reviví en lo que duró en quemarse el tabaco en mis pulmones, una vez más, la película de esa época. No sabía lo que sentía. Pero lo que me aterraba, era la posibilidad de haber cambiado tanto, que ya no sintiera nada.

Otro mensaje: “¿Quién sos?”, “Hablá”….

¿Seguiría siendo “ella”?....¿Pero quién era ella?. Ya no la conocía….Ni ella a mi.

Fui al baño, y me miré al espejo. ¿Qué vas a hacer Dante?... Porque ya estás grandecito para boludear por Internet…

Y claro, hablé. ..Y tanto hablé, que ella se contagió…

Durante semanas, intercambiamos e-mails de forma enfermiza. Desde el trabajo, desde el baño, desde la calle, inclusive le robaba horas al sueño. En el peor de los días, nunca bajábamos de cien mensajes, cada uno.

Y así me presenté. Decidí no mentir. Le dije quién era, como era, dónde estaba, y a que me dedicaba. Le comenté de la página de Castelar Digital, y ella leyó estas historias… Se sorprendió por los detalles. Y ni ella recordaba el número de la chapa patente del auto de su padre en los años setentas….Por supuesto, se lo dije. Descubrí a alguien con quien no me esperaba encontrar. Su rapidez mental era absolutamente fascinante. Y su humor, era ácido, casi grosero; Idéntico al mío. Pero lo que mas me gustó fue su desfachatez…. Era como mi hermana gemela. Se sorprendió de que yo supiera cosas de su familia y de sí misma, que ella ya no recordaba. Definió los años de su niñez, como años tristes, que su mente se había encargado de borrar.

Hablamos de nuestras vidas…de que vamos a hablar, ¿no?. Nos contamos historias. Tantas historias flotaron en la red, que ambos llegamos a descuidar nuestros trabajos diarios.

Nos contamos nuestras “Primeras Veces”, en todos los sentidos. Cuando me dijo con quién “debutó”, tuve que morderme la lengua. Conocía al tipo, y es un reverendo tarado.

Descuidé a mis clientes. Me retrasé con el alquiler del taller. Manejaba por las calles de Madrid, como un loco. Con tal de volver a estar delante de la maldita computadora. Y cuando llegaba, sus mensajes estaban allí, esperando mi respuesta.

Ella me comentó, que después de vivir durante años en la Capital Federal, había vuelto con su pareja, a la casa de sus viejos en Castelar. La historia volvía a repetirse.

Una mañana, me dí cuenta, que había vuelto a escuchar de forma compulsiva, música de Chicago. Que pedazo de gil… Pero el haberla encontrado, me había puesto así. Fueron unos meses alegres, como hacía mucho tiempo que no tenía. Me importaban un huevo los embotellamientos, o que me sirvieran el café frío en el bar. Era impermeable a la mala onda y a los gritos de mis clientes en el taller.

Algo que ella sí recordaba, era el misterioso regalo de cumpleaños que le llegó, en Enero de 1980. El que en la otra anécdota, dije que dejé en la puerta de su casa. Casi treinta años después, se había transformado en un misterio familiar…. Para cerrar ese misterio, me declaré culpable. Ella también pudo cerrar otra historia: La razón por la que su padre la dejaba sola, dentro del auto, en la esquina de mi casa de vez en cuando…. ( Un tema familiar privado que tampoco pienso contar ).

Ella me dijo, que sufría una inevitable tendencia a “Aburrirse” de las cosas. ¿Se aburriría de mi?..... ¿Se aburriría de nuestros mensajes?.... Hice todo lo posible, para que eso no ocurriera.

Pero Gabriela tenía pareja….y una hija pequeña. ¿Por qué había esperado tanto para ser madre?... pues porque tuvo una juventud bastante salvaje. Supe que disfrutó de la vida mucho mas que yo… Hizo lo que quiso, las veces que quiso, y con quien ella quiso…. Mientras yo picaba piedras en las autopistas de Madrid a principio de los noventas.

Sentí un poco de envidia por ella, pero mas por los hombres que la conocieron…. Me envió una foto suya, en una playa… Seguía siendo tan hermosa como yo la recordaba….. Bah!!! Para ser mas claros, un minón infernal… porque yo tengo muy buen gusto.

Un día le pedí su número de teléfono. Me dio su celular, el de su trabajo, e increíblemente el de su casa. Era muy arriesgado por su parte, pero tal vez yo le inspiraba confianza. Hablamos varias veces. Inclusive sus compañeras de trabajo a veces atendían el teléfono, y me preguntaba si yo era “El amigo español”. Su voz era extraña. Fuerte, Casi masculina. Profunda. Inspiraba respeto, pero se reía mucho, y eso me gustaba. Para que negarlo. Estaba volviendo a enamorarme.

Una noche, mientras yo le regalaba una fortuna con mis llamadas a Telefónica, le dije lo que sentía por ella…. Lo que sentí en mi niñez y adolescencia. Porque Sinceramente no sabía lo que sentía en mi estado actual. Casi me sentía un pendejo. Porque mi confesión me hacía sentir vulnerable. Por supuesto, lloré.

Ella me calmó. Nunca supe si porque sentía vergüenza de mis palabras, o porque no quería bancarse a un cuarentón rompebolas al teléfono… Pero fue muy dulce y comprensiva. Fue tan dulce, que casi pude escuchar la música de fondo del imbancable de Elton John, en la banda sonora del “Rey León”.

Un estúpido día, en que la estupidez flotaba en el aire, y millones de estúpidos virus de la estupidez me contagiaron una estupidez galopante; Le hice una broma pesada, mientras hablábamos por chat. No pude resistirme, Gabriela es terriblemente competitiva. No se banca que le retruquen una afirmación…Y yo tampoco. Por eso tensé tanto la broma, que me salió el tiro por la culata… Quedé como el culo.

Por mas que le pidiera perdón mil veces, admitiendo mi torpeza; las charlas jamás volvieron a ser las mismas. Fueron menguando. Poco a poco, languidecieron hasta desaparecer. Al final, un día, dejó de contestar mis mails.

¿Fue por la broma?....¿Fue porque se “Aburrió”?.... Nunca lo pude saber.

A finales de Diciembre de 2007, decidí viajar a Buenos Aires. Saqué pasaje para Enero. El vuelo hacía una escala en Brasil, lo que me venía perfecto para comprarle un regalo. Brasil, fue el destino de sus vacaciones muchas veces. Gabriela amaba Brasil.

Cuando llegué a Ezeiza, el calor agobiante de Enero, me pegó una trompada en toda la cara. Como otras veces, fui a parar al departamento de mi tío Horacio en Palermo. Estaba vacío, casi como esperando la llegada de alguien de la familia que viniera de afuera.

Ví a mis amigos. Visité a mi familia. Y pasé unos días muy agradables con una gran amiga que tengo allí. Pero no dejaba de pensar, que a pocos kilómetros de donde estaba parando, estaba ella en Castelar. No sabía que hacer. Pero lo hice, de todos modos.

Una tarde, caminé como tantos otros días de ese mes de verano de 2008, por las calles de Castelar. Y como casi 40 años atrás, pasaba de forma inocente e infantil por delante de su casa de la calle España, con su regalo entre mis manos. Estaba haciendo lo mismo, que ese chico de la bicicleta verde, con cintas de Boca Juniors en el manubrio, y una bocina a pilas con cara de gato. Ví su coche en la puerta. Sabía que era el suyo, porque en una de nuestras conversaciones me lo había contado. Me senté en el cordón de la vereda, al lado del auto. Y fumé unos setecientos cincuenta cigarrillos, esperando que la providencia me dejara verla salir de su casa. Pero no salió.

Esta vez no dejé el regalo bajo el buzón. Con ese acto, tal vez quise negar mi conducta pueril. Pero ya era demasiado tarde. Hoy, descansa en mi escritorio. Y me recuerda cada día, que uno puede cometer las mismas torpezas de niño, una y otra vez.

Volví a Madrid. Con una extraña sensación en mi interior. Ya no sentía esa impotencia adolescente, sino algo mucho peor y humillante… sentía, resignación.

Un par de años después, le comenté a Gabriel Colonna, la persona que me permite escribir estas cosas aquí, que estaba interesado en contactar con alguien para aprender los secretos de la creación de guiones de publicidad y cine. Su padre, que es escritor, conoce gente que se dedica a ello. Y me dio la dirección de correo de Un director y guionista argentino, al cual le escribí un par de veces. Al no obtener respuesta, decidí ser autodidacta en este aspecto.

Cada persona elige su destino. Yo aún no he elegido el mío. Pero ya no quiero seguir negando lo que me gusta hacer. Porque sigo viviendo de algo que no me “llena”. Sobrevivo trabajando en algo que no me apasiona en absoluto.

Puede que sea otro sueño, entre tantos. Y como la tradición dice que quien escribe, concibe su “Ópera Prima”, dentro de las anécdotas de su vida particular; te elegí a vos, Gabriela. Porque sos la persona que ha sacado de mí la mas amplia gama de sentimientos y sensaciones.

Seguramente, la idea tenga como base esta experiencia. Pero si quiero que alguien lea lo que quiero transmitir, y por que no, masificarlo de la forma que sea; debo hacer algunos cambios. Aunque las personas que lean esto en Castelar Digital, sabrán la verdadera historia.

Con el tiempo, y después de conocer a otras personas, descubrí que había perdido la capacidad de enamorarme. Por lo menos de la forma que yo conocía. ¿Cuánto tiempo puede estar enamorado alguien?.... ¿Tenemos una cantidad de amor para dar, que se mide en años?... Porque hoy día pienso, que la ausencia en mí de ese sentimiento, es porque se la ha llevado ella, en su totalidad.

Sé que vas a leer esto Gabriela. Sé que de vez en cuando tu hermosa curiosidad te empuja a entrar a ver si he escrito algo nuevo. Tal vez, algún día lo veas reflejado en otros medios. En otros formatos. Ojalá sea así, porque habré cumplido un sueño.

Pero ese día entrarás en mi mundo. En el que estuve casi 40 años. Y es el mundo de los que miran la vida de los demás. En este caso, la tuya. Me cansé de pertenecer a ese mundo querida Gabriela. Ahora te toca a vos. Bienvenida.

Desde Madrid. Mirando, contando, e intentando cambiar, los saluda:

Dante.

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