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Miedo a la oscuridad por Dante Pena

Publicado: 20/01/2007


Es de noche. Las personas, dentro de la seguridad de sus hogares, miran la televisión. No les importa que sucede mas allá de la puerta de entrada. Afuera sólo hay oscuridad e inseguridad.

El estridente aullido de la sirena de un patrullero, obra de estribillo al lastimero cantar de los perros, encerrados en los patios de las casas. Alguien estornuda. Ruidos de tacones de zapatos de mujer se alejan, apurando el paso, por la vereda mas próxima a la ventana del living de una casa de tejas rojas.
A lo lejos, el altavoz de una estación de tren, anuncia que el servicio está interrumpido por un accidente en un distante barrio, de una distante ciudad. El crepitar discontinuo del motor de una vieja moto, se va apagando a medida que se aleja de la pobremente iluminada esquina del barrio.

Un grito... Otro más... Un eternamente corto lapso de tiempo después, se escucha un disparo. Otra vez el ladrido de los perros. Un coche derrapa violentamente, dejando tras de sí, la marca de unos desgastados neumáticos. Luego, nuevamente el silencio...Ninguna puerta se abre. Alguna ventana se cierra. El sonido de los televisores cubre la angustia de quienes se muestran indiferentes a lo que ocurre afuera. Muy lejos de lo que ellos creen que controlan. Donde "no hay que meterse". Sin embargo, nada de esto transcurre mas allá de un radio mayor a quinientos metros.
Si yo ahora escribiera que un tal Johnny, le pedía a gritos un "Emparedado de mantequilla de cacahuete", a una tal Estephanie. Y que un solitario cuervo del maíz, graznaba oteando el horizonte mas allá de las colinas de Wisconsin; podría ser perfectamente el primer capítulo de una historia de literatura negra de Alfred Hitchcock. Sin embargo, si escribiera: "El sonido de las carcajadas de Marcelo Tinelli, podía escucharse en los televisores de los desinteresados vecinos"....Pues podría ser en cualquier otro sitio. Un sitio muy alejado de ese paisaje norteamericano. Mas conocido y cercano. Podría ser cualquier barrio a lo largo del Ferrocarril Sarmiento. Tal vez Haedo, o Morón...o Castelar.

¿La "inseguridad" es un sentimiento?. ¿Un estado emocional?. ¿Un tópico pegado a un lapso de tiempo vivido?...¿Que es la Inseguridad?....Porque verdaderamente, la siento.
Hoy día, cada vez que abrimos un diario, cualquier diario, nos informan de un nuevo suceso de violencia. No hablo de violencia internacional. Tampoco hablo de la "violencia tolerada" del flamante Premio Nobel de La Paz, mientras da la orden de enviar 30000 soldados más, a una guerra a miles de kilómetros de su país. Hablo de algo mas cotidiano y nuestro. Hablo de algo que hace muchos años se podía sentir muy de vez en cuando. Y que ahora es el comentario de cualquier vecina, mientras compra un kilo de papas en alguna verdulería de la avenida Arias.

Robos, atracos, inseguridad, violaciones.....en fin...MIEDO.
Hace muchos años, escuchando a mi abuelo Alfonso relatar sus historias de la guerra civil española, me imaginaba un mundo raro y lejano. ¿Cómo podía ser que la gente tuviera miedo a caminar por las calles?. ¿Cómo aceptar que en cualquier momento, una bala distraída de un objeto inerte, en manos de un ser con conciencia, pudiera acabar con la vida de otra persona, llena de emociones y vivencias?. Era sin duda, una locura. ¡Que suerte tenía yo!. Vivía en el centro del mundo civilizado. En mi barrio de casas bajas y confortables, con jardines llenos de flores. Claro, yo vivía en Castelar.

En aquellos años, los chicos andábamos por el barrio sin pensar en estas cosas. ¡Cuidado nene, que viene el coche!...¡Guarda que Doña Tota esta baldeando la vereda!...¡No dejes la bicicleta tirada, que seguro que alguien la va a pisar!....Estas cosas, eran las que nuestros inocentes oídos escuchaban a diario. Eran las cosas que teníamos que tomar en cuenta, si no queríamos tener un disgusto. Eran unos años también, en que la violencia estaba instalada en nuestras vidas, sin que lo supiéramos, desconociendo la verdadera naturaleza de unos señores uniformados que nos gobernaban de vez en cuando. Pero nadie reparaba, en que los conductores de los coches siempre tenían ese "plus" de atención, ya los chicos jugábamos en las calles a la pelota. O que Doña Tota no tenia que preocuparse si salía en chancletas o con un batón, a baldear la vereda. O si la bicicleta estaba tirada en la calle, porque después de una hora, seguiría exactamente en el mismo sitio donde la habíamos dejado. Eso era normal, porque éramos personas normales.

Una vez robé una golosina del kiosco "02", de la Avenida Arias y San Pedro. ¡Dios mío, que vergüenza!...Muy de vez en cuando, alguien contaba, que hacia no se cuanto tiempo había oído, que un amigo de un vecino le había contado, que en otro barrio de otra ciudad, había un señor que tenía un hermano, al que le habían robado. Así era mi vida y la de los míos. Así era mi barrio, Castelar, en un país que se llamaba República Argentina.

Algunos años después, a finales de los setentas y principios de los ochentas, disfrutaba de mi angustiosa adolescencia, escuchando con un poco mas de asiduidad, los relatos de extraños sucesos ocurridos en Buenos Aires. Pero no en Castelar. Eran cosas que pasaban lejos de casa. Tal vez en lugares carenciados...¡Que oprobio!. Pero nadie se percataba de que eso empezaba a ser normal y cotidiano. Seguíamos disfrutando del verano, de las flores y de las plazas de nuestro pequeño mundo burgués. Pero era sin duda, un claro aviso. Sin embargo, paseaba yo, indiferente por las calles escuchando la música de Queen, en mi moderno Walkman a pilas, del tamaño de una caja de zapatos.

Al finalizar esa esperanzadora y divertida década, que fueron los ochentas; los sucesos se precipitaron. La clase política y dirigente volvían a hacer de las suyas, y se escucharon algunos gritos exasperados, acompañados de muertes, por parte de algunos individuos que se resistían a entender que los derechos son para todos. Seamos un desastre o no, todos podemos opinar. Eran unos curiosos personajillos, que se habían propuesto resucitar el Ford Falcon de color verde. Pero nuestra democracia era joven. No teníamos ganas de darles la razón. Sinceramente, a mi me gusta votar y patalear de vez en cuando. Sin embargo, estos sucesos fueron perfectamente transmitidos por la televisión. Teníamos a los unos y a los otros, en el living de casa. Tomándonos el café con leche. ¡Si hasta algunos se reían!...Yo no me reía un carajo, pero seguía siendo un aviso...
Es en éste lapso de tiempo, según recuerdo, que yo iba a la Facultad de Arquitectura en la Ciudad Universitaria en Núñez. Al lado del río. Gastaba casi dos horas de ida, y otras tantas de vuelta, que hacían que mi regreso a Castelar fuera casi de madrugada. Después de escuchar algunas historias de robos y atracos, una estúpida tarde, decidí que si llevaba una navaja automática en el forro de la manga del sobretodo, me iba a sentir mas "Seguro". Y así fue.

La llevé durante semanas, hasta que una noche, volviendo en compañía de mi hermano menor, que se había mudado a vivir conmigo, al volver de noche desde la estación de Castelar a casa, sentimos que alguien nos seguía.

Al sentirlo detrás de mi, instintivamente tensé el brazo donde tenía la navaja. El tipo, al ponerme una mano en el hombro, recibió a cambio una violenta reacción, de otro tipo asustado, que en una fracción de segundo, se giró y le puso una automática de doble filo en la cara.

-¿Tenés cigarrillos, flaco?, disculpame si te asusté.
-No, no tengo. Tomátelas de acá.

Esa fué la respuesta del que había sido el chico de la bicicleta verde, unos años atrás. Un pibe de Castelar. Un tipo con miedo, que podría haber metido la pata. Sin embargo no me arrepentí. Por el contrario, me envalentoné. Sentía que tenía una posibilidad más, en el caso de que se cruzara en mi camino uno de esos tipos que me daban tanto miedo.
Pocos días después fuí a la armería "El Ciervo", en Morón. Ya tenía mas de 21 años, lo que me habilitaba a tener, (pero no a portar), un arma para defensa propia. Contaba y recontaba el dinero que me había propuesto gastar. Y miraba, inexperto, las vitrinas de armas cortas.....¡Que pinta tenían!.
De repente entró a la armería un policía de la Bonaerense, vestido con ropa de fajina. Era el típico policía barrigón y cincuentón de barrio, al que seguramente no lo engañaba nadie, porque se las sabía todas. Me miró, lo miré. Y bajé mis ojos hasta el suelo.
Seguí mirando las armas de los expositores. Un ratito después, sentí la voz del policía en mi nuca.:

-Llevate ésta pibe. -Dijo. Señalando una de tantas armas de la vitrina. -No es gran cosa, es nacional, es de un calibre respetable, y te puede salvar la vida. Eso sí, no hagás ninguna cagada.

Me giré, y lo miré a la cara sin decir palabra alguna. Tal vez busqué confirmación con mis sorprendidos ojos. Buscaba una excusa para no sentirme un bicho raro buscando un objeto que me diera mas "Seguridad".

-Cuando tengas que usarla pibe, apuntá al estómago. ¿Entendés?. Si apuntás al estómago, el tipo se dobla, y no puede responder. Si querés hacerte "El Rambo", el chorro te quema seguro.

Me sorprendió la facilidad con la que pude acceder a un arma. Sólo necesitaba un increíblemente superficial examen psicológico, dinero, y mi D.N.I..
Así fue, que me hice poseedor de un revólver calibre 32 largo. Negro con cachas de madera de nogal. Sin duda la decisión de alguien que expresaba sus necesidades a partir del miedo. Pero yo era tan joven, que casi lo veía como un juguete más.
Se lo conté a mis amigos. También a mis padres. Algunos amigos me dijeron que hacía bien. Inclusive un par de ellos también invirtieron en la compra de un arma. Mi viejo, sin embargo, se opuso a mi decisión. No era partidario de formar nuevos ejércitos inexpertos, de gente con miedo.

Semanas pasaron antes de que dejara de jugar limpiando y cargando mi flamante revólver. Apuntaba a la nada, simulando un virtual enfrentamiento. Hasta llegué a mirarme al espejo, para comprobar si mi eterna cara de bébé grandote, con un arma en la mano, podía parecer intimidatoria.
Un día sentí la imperiosa necesidad de dispararla. No lo había hecho nunca. Para eso me fuí lejos, con un amigo que tenia coche, a disparar al campo.
¡Qué sensación de poder!. A cada tiro que salía del revólver, mi ego se hacía mas y mas grande. Me sentía poderoso. Me sentía "Seguro". ¡Que vengan, que los estoy esperando!....Sin embargo, jamás me habían asaltado o robado, ni en mi barrio, ni en cualquier otro sitio.

Poco tiempo después, repartiendo pan con mi amigo Jorge en Haedo, tuve la desagradable experiencia de ser asaltado. Eran tres individuos de edad mediana. Anteojos tipo "Ray Ban" de sol. Pelo corto, entrecano, y muy tranquilos. Armados y silenciosos. En fin, "Profesionales", que jugaban con la baza del miedo de la gente. Me pusieron una "Cuadrada" en la barriga. (Para los que no saben, una "cuadrada" es una Ballester Molina, calibre 45, de fabricación nacional), Y se llevaron todo lo que teníamos en la camioneta. Todo muy rápido y tranqui. Todo muy sorpresivo. No tenían pintas de chorros de villa. Parecían sospechosamente controlados y organizados.... Dejo en manos de quienes lean esto, para que se imaginen a "Que" se parecían. Yo lo tengo clarísimo, pero no quiero ganarme demandas legales.

Cuando volví a casa, estaba mas resuelto que nunca, a defenderme en caso de sufrir otro atropello semejante. Quería hacer justicia. Eran "Ellos o nosotros".....¿Pero quiénes éramos nosotros?...Nosotros eramos los vecinos normales, que habíamos mutado en seres violentos, con unas irrefrenables ganas de hacer justicia por nosotros mismos. Estábamos cansados de que las autoridades no solo no nos protegieran, sino que encima nos robaran a diario también...Todo esto, pasó, hace mas de 20 años...

Mis viejos vivían desde 1983 en un pueblo de la provincia de Santa Fé llamado Hughes. Venían una vez por mes a hacer las compras necesarias para la tienda de ropa de mi vieja en el pueblo. Papá tenía la jodida costumbre de no avisarnos cuando venía. Quería sorprendernos con la casa "patas arriba", como normalmente la teníamos mi hermano y yo. La eterna pila de platos sucios en la cocina, y las montañas de ropa sin lavar tiradas aquí y allá. A papá no le servía que "preparáramos" la casa, una vez por mes, cada vez que ellos venían. Quería agarrarnos con las manos en la masa, y darnos una serenata de excusas, enseñándonos "Las virtudes del orden y la limpieza, del lugar en que se vive". Creo que de nada sirvió, porque hoy día sigo viviendo en el mas absoluto desorden.

Para sorprendernos, entraba por la puerta lateral del patio. Encima del termotanque, que estaba afuera de la cocina, siempre había una copia de la llave de atrás. Por si alguna vez perdíamos la original. Ese día yo estaba en casa solo, mirando la televisión. Papá manejaba entonces, un enorme Ford Granada importado. Silencioso como un susurro. Un coche precioso. Por eso no lo escuché cuando lo estacionó en los terrenos del ferrocarril. Enfrente de mis pinos. Donde ahora está la plaza Cumelén.

Mi perro Tomi, ni siquiera levantó la cabeza. Seguro que él si sabía que mi viejo estaba abriendo la puerta del costado. Pero como era un perrito, era sin duda mucho mas inteligente que yo, un tipo joven, armado, y con miedo.

Todo estaba oscuro. Pude oír el débil chirriar del pasador oxidado de la puerta del patio lateral. Enseguida supe que alguien estaba entrando. Nunca ponía la cadena. Era la sinrazón de la vagancia combinada con la estupidez de tener algo para evitar la entrada de indeseables, y no utilizarlo.
Manoteé a tientas, en la oscuridad, la caja de plástico del revólver. Silenciosamente caminé hasta la parte de atrás de la casa, donde estaba la cocina. Estaba enfermo de ganas de sorprender a alguien entrando a mi casa. ¿Por que?.....Es aún hoy, que no sé por que sentía eso.

Alguien introducía la vieja llave en la cerradura de la puerta de chapa descolorida de la cocina. Me recosté sobre la pared, y apunté. Esperando que quien fuera, entrara a la casa. En las noches de verano, en Castelar, la luz de la luna hacía que las siluetas nocturnas se recortaran perfectamente en la oscuridad. Ese alguien entró. Y ese alguien puso las manos sin querer sobre la pila de platos y tazas sucias de la pileta de la cocina... Al tirar un plato al suelo, en el mismo momento que decidí apretar el gatillo, escuché a mi viejo decir: ¡ La puta que los parió !, ¡Siempre me tienen la casa llena de mierda !. Encendí la luz, y ví a mi viejo, con su eterno Parisienne encendido en la boca, y con una bolsita de plástico, de comida comprada en la rotisería Santa Anita, para que por una vez, sus dos hijos menores no comieran la misma comida de mierda que se preparaban ellos mismos.

Nos quedamos en silencio, mirándonos. No sé cuanto tiempo fué. Lo que sí recuerdo es que veía la sorprendida cara de papá perfectamente centrada en la mira de mi revólver calibre 32. No dijo nada. Se acercó, me quitó el arma de las manos, me dió un beso en la mejilla, y puso el arma y la bolsita de comida sobre la mesa. Lo que mas me dolió es que no dijera nada. Porque por primera vez, pude ver en mi viejo el miedo reflejado en sus ojos.
A nadie dijimos nada de lo que había pasado. Era un tácito acuerdo que de vez en cuando mi viejo y yo teníamos, cuando alguno de los dos hacía algo que podía ser cuestionado por el resto de la familia. Pero aunque no habláramos de ello, sabíamos lo que podía haber ocurrido, si no me hubiera quedado helado con el arma en la mano, recostado en aquélla pared. Seis años después, cuando yo, ajeno a todos esos miedos e inseguridades del pasado, ya vivía mi sueño de inmigrante en Madrid, papá murió de una estúpida enfermedad que hoy tiene cura, agravada por su estúpida adicción al cigarrillo, y a comer de más.

¿Cómo transmitir esta experiencia a los que hoy viven en mi barrio?. ¿Cómo rebatir los argumentos de quienes piensan que con un arma de fuego en sus manos, van a resolver, los problemas de la "Inseguridad"?....No puedo hacerlo. Yo también sentí así. No puedo condenarlos ni criticarlos. Es el derecho a opinar, y a decidir. ¿Como puedo decirles que el miedo a la oscuridad se combate llenando las calles de la luz de la gente manifestándose contra la maldad?....¿Como hacerlo, cuando la maldad está en las calles, a plena luz del día, y cuando está empezando a ganar la batalla del control de nuestras vidas?. Con nuestro desinterés, y sin nuestro compromiso, institucionalizamos la maldad y el crimen. Lo llevamos mas allá de los que tienen "Pinta de malos", y hasta a veces los votamos...Ellos nos gobiernan.

Ayer leí una vez mas El diario "Clarín", en mi computadora. Había una noticia acerca del asesinato en Castelar, del custodio de un matarife. ¿Sería ese policía retirado que me recomendó el revólver?. Todavía confío en que hay buenos policías. Padres de familia y buenos vecinos....¿Como puedo distinguirlos?...Tal vez a ellos no...Pero claro, puedo distinguir a esta nueva tribu que se llaman "Pibes chorros". Son los que van vestidos con zapatillas de 200 dólares y gorritas de marca, pero viven en las villas y se atiborran de "Paco"...¿Son los malos?. ¿Quiénes son los malos ahora?....Porque en la oscuridad de las mentes de las personas, hoy día, todos podemos ser chorros.

No me sorprendió la noticia. En Castelar, de vez en cuando, hay cosas por el estilo. Este año llevamos unas cuantas. Recuerdo con ternura, aquéllas noches en que los amigos volvíamos cantando y saltando, de noche, por las calles de Castelar, después de tomarnos un helado en la "Golfo Di Nápoli". Recuerdo con el dolor de lo inconcluso, las enseñanzas de mi viejo. Del que heredé su estúpida costumbre de fumar, y de comer de mas. Y recuerdo a mi barrio lleno de bicicletas y vecinos, tomando mate en las puertas de las casas, en cualquier noche de verano. Poco tiempo después, al decidir viajar a España, entre otras cosas, vendí el revólver. Se lo entregué a un viajante, conocido de mi viejo.

¿Donde estará ese revólver hoy?... Puedo sentirme culpable por haberlo comprado. Alguien dirá, que: "Si no lo hubiera comprado yo, lo hubiera comprado otro"....Pero siento que a esa arma la puse yo en la calle. Es la hija de mi inconsciencia y mi temor. Y tal vez haya sido usada por otra persona, para intentar arreglar lo que nunca debimos dejar que naciera entre nosotros....La Inseguridad.

Hoy sumo un día mas, a mi inexplicable sensación de cobardía, por haber buscado la solución a mi "Miedo a la oscuridad", yéndome muy lejos de mi barrio.

De noche. Fumando sentado en una vereda de Madrid, los saluda:

Dante.

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