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Un soldado en una playa de Castelar por Dante Pena

Publicado: 02/03/2007


Cuando uno es niño, los días pasan con lentitud. Cada amanecer promete algo nuevo que aprender. Algunos de esos días, sin embargo, suceden cosas demasiado novedosas. Algunas graciosas, otras graves. Son esas jornadas, las que hacen que mantengamos en nuestra memoria, acontecimientos que nos acompañaran el resto de nuestras vidas.

Y cuando los miramos con otros ojos, desde otra perspectiva, los transformamos en anécdotas, mas o menos veraces, según a quién se las contemos y según el sentimiento que intentemos transmitirle a nuestro oyente.

Si yo tuviera que explicar desde mis 10 años lo que significo el "Proceso de Reorganización Nacional", Podría decir que era una suerte de propaganda que salia por la tele y en los diarios, de labios de un señor muy serio con uniforme y cara de pocos amigos, que se parecía mucho a Don Ramón, el personaje del Chavo. Si después de quitarme los anteojos al terminar de leer hoy día, algún informe sobre desaparecidos y torturas; miraría al cielorraso y diría: Bendita sea la candidez de mis diez años.

Algunas veces, sobre el cielo de Castelar volaban aviones y helicópteros que tenían como destino la antigua VII Brigada Aérea de Morón. Allí había hecho el servicio militar mi papa, y de allí a veces salían unas camionetas azules con soldados sentados en doble fila en la caja; frente a frente.

A finales de la primavera de 1976, mi casita de pasaje estaba en obras. La familia había crecido, y mi hermano menor tenía ya dos años y medio. Se habían hecho un baño y un lavadero nuevos y se habían puesto baldosas rojas en el patio. Eso significaba que el montón de arena que había delante de la casa, en terrenos del ferrocarril, no era para que los pibes del pasaje la desparramáramos jugando, según decía mi abuelo Alfonso con una zapatilla en la mano. Pero para nosotros era como una bendición. Una pequeña playita de arena sin mar, un montón de sueños de baldecitos y coches de plástico que atravesaban túneles inverosímiles que cavábamos en la arena, metiendo la mano bien profundo y sintiendo el fresquito de la arena húmeda.

Una tarde, después de volver de la escuela, los chicos que jugábamos y tomábamos el sol de esos ya calurosos últimos días de la primavera; vimos como un helicóptero volaba bajito cerca del enorme galpón gris de los talleres del ferrocarril. Poco tiempo después, por la tranquera que existía donde ahora hay unos hermosos árboles en la plaza Cumelén, entraba a gran velocidad una de esas camionetas ford azules. Se detuvo un instante, y de ella bajó un soldado con casco y todo, como los que salían en la serie "combate" de la tele. Nos mirámos atónitos, cuando también nos dimos cuenta que a sus espaldas colgaba un fusil, igualito-igualito que el que yo había hecho con maderas y palos de escoba la semana anterior.

Luego de dejarlo allí, el vehículo desapareció tan rápido como había llegado, y el soldado rascándose la barriga dio unos pasos en dirección hacia donde nosotros jugábamos en nuestra montaña de arena. Nos miró, dio media vuelta, y me pareció que muchas ganas de estar allí no tenía, pero de repente marcho con paso firme directo hacia nuestra playa privada, poniendo el fusil en bandolera y apoyando sus brazos sobre él.

Solo dos a tres pasos antes de tocar con sus botas la arena, y cuando vio con detalle nuestras caritas de sorpresa aun congeladas por la emoción, se toco el casco, y nos dirigió la palabra:

-Chicos....¿Ustedes viven acá?
Silencio.
-¿Alguna de esas casas es de ustedes?
Silencio.
-Vayan adentro que aquí no se puede estar.
-Que?, se oyó una vocecita.
-¡Adentro carajo! no me oyeron?

El soldado vio como a uno de los chicos el mas pequeño le caía una lagrima por la mejilla del susto, y en ese momento me fijé en su cara. Tenía cara de pibe. Rubiecito y flaco. Y esa orden que nos había gritado, salió de su boca con una voz nerviosa e incómoda.

Cuando la lagrimita era ya un pequeño llanto, el soldado dio media vuelta mirando hacia el galpón de chapa ondulada. Esperaba a alguien, o esperaba que sucediera algo.

-Che, vos sos colimba?- Le pregunté al soldado.
Otro silencio.
Un autito de plástico cayó de las manos del nene que lloraba.

Un tren que venía de Moreno hacia Once pasó traqueteando interponiéndose en la vista del soldado, y nos miró nuevamente desde unos ojos que a mi me parecían que estaban a diez metros de altura.

- Les dije que entraran...
- Por que?
-¡Adentro, y cierren la puerta !.
- Ehhhh !!!! Recién entramos a tomar la leche, después se hace de noche y no podemos jugar en la arena. -Dijo alguien.

Otra vez la vista nerviosa del rubio del casco hacia el galpón.
Un momento después, a lo lejos, pudimos ver varios vehículos entre ellos la camioneta azul, que entraban por un pequeño camino detrás del taller, a la altura del principio de la calle España, a toda velocidad, en dirección a la puerta que quedaba enfrente de mi casa.

El soldado-cara de niño, corrió al instante hasta el límite de las vías electrificadas del ferrocarril, pasando por encima de los primeros rieles y solo deteniéndose donde empezaba la zanja; mas o menos donde ahora discurre el alambre que separa la plaza, de los trenes.

Con una pose emulando a Cristóbal Colón, el muchacho uniformado intentaba ver que sucedía allá enfrente, cuando de los coches descendieron algunas personas que según podíamos apreciar tenían mucha prisa por hacer algo dentro del galpón.

Se quedó allí parado. Mientras nosotros de a poco nos fuimos acercando hasta donde el estaba; las rodillas llenas de arena seca, y alguno con un pie descalzo olvidando una ojota enterrada en la montaña.

Lo rodeamos por detrás y atacamos en masa al pobre chico que evidentemente esperaba algún acontecimiento.

- Que esta pasando ahí? -preguntó uno
- Por que tanto quilombo?-preguntó otro
- Que estas mirando vos?-inquirió un tercero
- Che, vos sos colimba? o sos soldado de verdad?- le volví a preguntar yo...
El soldado estaba como ausente, pero nos hacía señas de que nos fuésemos para atrás, decía:
- Shhhhhhh!!!
- A sus casas carajo!
- No molesten !

Por un momento sentí el ruido del viento entre las ramas del viejo pino del patio delantero de mi casa. Uno de nosotros apuntó al soldado con un revólver imaginario haciendo el gesto con la mano, y yo tenía ganas de tirarle al rubiecito un muñequito de esos que venían en los chocolatines Jack, para que nos diera bola. En un momento estábamos rodeándolo como si el pobre colimba fuera el centro de una ronda en el patio del colegio. Nadie tomaba en serio ya, los gestos del nervioso chico del casco.

Todo parecía un juego, cuando desde dentro del galpón, un disparo sonó como un trueno entrecortado.
Alguno salió corriendo, el de la lagrimita en la mejilla retomó su politica de llantos, y yo me quedé helado detrás del rubio.

Luego otro, y otro mas, una ráfaga corta y el sonido del eco de los gritos dentro del taller. No se como ni cuando, pero yo estaba en el suelo con las manos a los lados de mi cuerpo y la cara contra las piedras grises que en esa época regaban el suelo de los terrenos del ferrocarril.

El soldado estaba arrodillado a dos pasos de mi, mirando nervioso hacia la salida donde habían dejado los coches los señores esos que habían entrado apurados a buscar a alguien dentro, y desde una de las casas se escuchó el grito de una mujer que llamaba a su hijo.

Cuando quise levantarme para irme a mi casa, ya que lo que estaba ocurriendo ya no me parecía nada gracioso, el soldado me hizo señas para que me quedara quietecito, así como estaba, boca abajo; seguro, detrás de él.

Un tiro mas, y los gritos otra vez... Un rato interminable. Me pareció que estaba allí detrás de él desde hacia horas, y solo habían pasado no mas de 15 minutos desde que el soldadito había descendido de la camioneta.

Una sombra se acercó por detrás de mi, y sentí como me elevaba en el aire. Era mi abuelo que me estaba agarrando por la remera y me llevaba a mi casa como si fuera una valija.

Pude ver claramente como salían de los talleres varias personas con las manos sobre la cabeza en fila india, y un tumulto de gente y gritos confusos, mientras la puerta del living de mi casa se cerraba detrás de mi.

Un rato después mientras en mi casa se comentaba lo sucedido, y mi abuelo insultaba en gallego la situación que se estaba viviendo en el país. El soldadito con cara de niño recorría el frente de las casas del pasaje con el fusil descansando a la altura de su cinturón. Sin que me vieran, salí al patio y le hice morisquetas desde la puerta de hierro del costado de mi casa. Él tenía la mirada perdida, y caminaba mirando a la nada, cuando se dió cuenta de mis señas. Me sonrió; y en ese momento, se detuvo detrás de él, la camioneta azul que lo había dejado antes. Por un momento me pareció que me miraba triste. Y pensé que tal vez al ver nuestro montón de arena, le hubiera gustado mas jugar con nosotros a los cochecitos, que hacer de campana al otro lado de la vía.

Cuando me preguntan en España que significado tuvieron esos años oscuros y extraños en mi vida; les digo que si alguien de los que entraron a ese galpón, se hubiera detenido a explicarnos a esos chicos que jugábamos en la arena de mi abuelo, que lo que hacían beneficiaba a alguna de esas personas que marchaban en fila india, nosotros nos lo hubiéramos creído. Hoy pienso al ver a las generaciones que vinieron detrás de mi, y que ponen en tela de juicio los testimonios de los que en verdad sufrieron esos abusos, que se tomen la molestia de explicárselo a sus hijos, no vaya a ser que en un futuro nos vean ellos machar en fila india a nosotros, con las manos en la cabeza.

Luego, el verano empezó y termino como tantos otros hermosos veranos de Castelar, pileta en el club Mariano Moreno, vacaciones, paseos en bici, y asados los fines de semana. Solo quedó la anécdota del soldado y los tiros. Sin embargo, en un viaje que hice a Argentina en el año 2001, pude ver como un policía hacia guardia de nosequé, y para nosequién; en la Avenida Arias. Ametralladora a la altura de la barriga y chaleco antibalas. Ahora el señor mayor era yo. Él era un pibe. Tal vez, tan pibe como aquel soldadito del pelo rubio. Lo miré con sorpresa y me devolvió la mirada de la manera que una ave rapaz observa al peligro que le acecha.

Pensé en que mundo le estábamos dejando a los chicos que juegan en las montañas de arena. Y seguí caminando. Quería llegar rápido a un asado en la casa de un amigo.

Desde Madrid los saluda, Dante.

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