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Los negros de la vía por Dante Pena

Publicado: 08/01/2005


Hace muchos años ya, el Ferrocarril Sarmiento, era un medio de transporte que hacía que Castelar estuviera comunicada de una manera eficiente y confortable con el resto del gran Buenos Aires. ( Quien lo diría , no?). Pero para nosotros, los chicos del pasaje Los Incas, era además, nuestro referente y nuestro lugar de juegos.

Allí había todo lo que un pibe con alma de aventurero podía necesitar. Y como si esto fuera poco, fue fuente de emprendimientos comerciales; tales, como la fabricación de medallones con monedas de un peso aplastadas en las vías del tren. (A los mas jóvenes: en aquél entonces, las monedas de un peso eran de UN PESO, enormes, pesadas y brillantes).

Casi sin notarlo, por allí pasábamos a diario, una serie de personajes que recién ahora que soy mayor, (y sé que no sé nada), puedo comprender y extrañar. Los que se bajaban de los trenes enojados, a doscientos metros de la estación, caminando por las vías. Los chicos que juntábamos las ramas de quebracho que caían de los vagones de esos interminables trenes de carga que usábamos para hacer los asados del domingo; las mariposas de todos colores que cazábamos en verano; y los miles de luciérnagas que hacían que nos quedáramos noches en vela con una frazada tirados en el patio delantero de mi casa para verlas.

A veces, cuando estábamos aburridos, nos dedicábamos a observar a los empleados de los talleres y cocheras salir y entrar en fila india, todos los días. Y a unos personajes que estaban también allí, que se la pasaban arreglando no se qué cosa en los durmientes; juntos, cabizbajos, golpeando eternamente las vías del tren. Según mi abuelo, que era comunista, eran "obreros". Según otras personas que los miraban con desprecio por su aspecto, (entre ellos mi madre), eran "Los Negros de la Vía".

Algunas veces, estos señores, después de horas de picar y martillar se daban a un oportuno descanso a la sombra de algún árbol, o de las enredaderas de flores azules que tapizaban los alambrados del ferrocarril. A veces, estos señores tenían sed, y se acercaban a las casitas del pasaje, con las botellas vacías, a pedirnos agua a los chicos que jugábamos por allí.

Cuando alguno se acercaba, mi madre me mandaba entrar a casa, ya que mi padre trabajaba y ella estaba sola con nosotros. Y así, muy de a poco, fui formándome la idea de que esas personas tenían un lado oscuro, que mejor no mezclarme con ellas, y que en el fondo me daban mucho miedo.
Cuando mi abuelo vino a vivir con nosotros, la cosa seguía igual. Un día uno de esos obreros se acerco a mi casa, cansado, sudoroso, con un enorme sombrero de mimbre roto en su cabeza coronada de pelo negro azabache y encrespado. Y con una enorme sonrisa, mezclada con evidentes signos de cansancio; me pidió agua. Desde luego que corrí dentro de mi casa como mi mama me había ordenado, mirando al sorprendido personaje desde atrás de la puerta del patio de mi casa en silencio. Su cara contrariada, dejo paso a una de resignación; y sentándose a descansar un poquito en la parecita del frente de mi casa, se relamía los resecos labios, mientras se acomodaba el sombrero de mimbre.

Mi abuelo, que había observado la escena, me llamo para que fuera con el a la cocina. Y abriendo la heladera sacó unas botellas de cerveza, que en aquellos veranos jamás faltaban en los últimos estantes. Y me explico, que ese señor solo tenia sed porque estaba cansado. Fui con él, y buscamos al resto de la cuadrilla, y todos, menos yo, que como era chico, odiaba la cerveza; tomaron un descanso fresco, con un vientito que invitaba a dormir la siesta. Mi abuelo les preguntaba sobre no se que cosas de los contratos, convenios laborales y esas cosas que hablaban los mayores, y yo miraba como uno de ellos me daba las gracias con su cara colorada y negra al mismo tiempo, muertos de calor. Muchos años después, cuando el recuerdo de esos días estaban olvidados en un cajón herméticamente sellado de mi memoria. La vida me encontró para sacarme de mi sueño de inmigrante, trabajando de peón de la construcción, en una gigantesca autopista de Madrid. Una de las mas de veinte o treinta, que hacen que esta ciudad parezca una suerte de nudo viario con casas incorporadas, una ciudad que es frenéticamente atravesada por coches que mas que correr vuelan, y trenes bala que surcan el montañoso horizonte, apareciendo y desapareciendo a una velocidad asombrosa. A veces recordándome a mis viejos vagones del Ferrocarril Sarmiento. A veces haciéndome sentir tan lejos de casa.

Ese día en particular, estaba arreglando una alcantarilla de registro, "a pico y pala", con la sola compañía de una pequeña radio de pilas, y un "botijo", que es una ánfora de barro, muy común en España desde la época de los romanos, utilizada para retener el agua fresca en los días calurosos del seco verano de Madrid.

Se hizo la hora de irme, cuando caí en la cuenta de que ya no tenía mas agua, y que nadie había venido a comprobar mi trabajo, comprendí que a mi alrededor no había nadie. Claro, había permanecido horas dentro de la alcantarilla y nadie me había echado en falta. Me habían dejado solo.
Estaba a varios kilómetros de la base de la obra, en medio de la nada mas absoluta, cerca de ninguna parte. Ya que la obra de la autopista estaba cruzando una zona agreste y nos llevaban allí, en vehículos todo terreno.

Los negros de la vía
Con una sonrisa forzada, llena de incredulidad, y cargando el pico y la pala al hombro; comencé a caminar en dirección a la zona aun invisible por la distancia, donde yo suponía que se hallaba el campamento base de la obra.

Después de un par de kilómetros y bajo el sol aún asesino de esa tarde de verano, comprendí que si no paraba a descansar y a beber agua, no llegaría a ninguna parte. Así que al divisar una pequeña urbanización de chalets a la distancia , me dirigí hacia ellos, con el botijo colgando de mi dedo índice.

Eran una preciosas y coquetas casas de dos pisos, con techo a cuatro aguas de estilo italiano; garages para tres o cuatro autos, y la mayoría de ellas tenían pileta de natación. Pero ninguna tenía una paresita que te invitara a sentarte como mi casita de Castelar. Altas paredes y setos espesos de plantas extrañas me dejaban la única opción del portero eléctrico, en la totalidad de las casas. De qué tenían miedo esas personas?, para que tanta medida de seguridad, si España distaba una eternidad de Argentina en cuanto a delincuencia?. Allí jamás pasaba nada de nada, sin embargo allí estaban esas paredes enormes de ladrillo anaranjado.

En vano toque uno tras otros los timbres de aquellas casas. A veces un "no", a veces un sonido y un"¡click!"; a veces solo me observaban desde la lente de la cámara de seguridad. Pero nadie me dió agua.

Al alejarme de ese grupo de pequeñas fortalezas inexpugnables llenas de garages con autos con estrellas en los capots, extrañe mucho, muchísimo a mi casita de Castelar, a mi abuelo comunista, mis mariposas, y a los hombres de caras redondas y morenas que picaban y picaban en la vía del ferrocarril Sarmiento. Los extrañé y los comprendí. Porque en ese momento supe que para esas personas de Madrid, yo no era mas que otro "negro de la vía", y que desgraciadamente ellos pensaban como mi mama y no como mi abuelo. Casi sin darme cuenta, reparé en que llevaba un pañuelo y una gorra manchadas de polvo gris. Era una seña de identidad que me marcaba, y me alejaba un poco de esa tarde; y me acercaba a esos hombres que dejaban todo su pasado para arreglar esas vías del tren que todos usábamos a diario. Pero que jamás nos acercamos a ver las piedras entre los durmientes y reparar en las gotas de sudor que riegan cada una de ellas, y que soportan el peso no solo del tren, sino de los prejuicios que tanto nos alejan los unos de los otros.

Caminé hasta una pequeña carretera comarcal, casi de noche, ya. Tenia los labios partidos y se me había caído el botijo....roto no servía para nada. Así, con ese aspecto. subí al primer autobús urbano que encontré. "Todos los caminos llevan a Madrid". me dije. Y después de algunas combinaciones, y cuando todos dormían placidamente en sus casas, llegue yo a la mía; En el barrio de Chamberí.
Antes de acostarme pensé si iría a trabajar al día siguiente. Me daba igual. Podía dar parte de enfermo ya que nadie sabia lo que me había pasado y nada podía probar yo de lo sucedido. Cené, me di un baño, y a modo de homenaje y recuerdo de mis amigos y compañeros "los negros de la vía" escribí esto:

A LOS NEGROS DE LA VIA:

SOL ALECCIONADOR, SOL DE VENGANZA
SOL ABRASADOR, YA POR LA MAÑANA
CUANDO AÚN NO SE QUIEN SOY
RECIBO SU CASTIGO, ADMITO SU REVANCHA

RECUERDO AHORA LAS BURLAS
RECUERDO AHORA LAS CHARLAS
SOBRE LOS QUE BAJO SUS RAYOS SUFRIAN
LA AGONIA DE SUS ESPERANZAS

EN SUS CABEZAS ESCUDOS
ESCUDOS EN SUS ESPALDAS
MARES DE SUDOR LLORABAN
LOS ENORMES SOMBREROS DE PAJA

Y AHORA QUE ME TOCA A MI
LUCHAR CONTRA ESTE SOL DE ESPAÑA
NO TENGO UN SOMBRERO DE PAJA
SOLO UN ESCUDO DE LÁGRIMAS.

Sé que un día volveré a casa. Sé que un día caminare por Castelar mirando las cosas de una manera diferente y mas triste que mis recuerdos de niño. Solo deseo llevar una botella del champagne francés mas caro que encuentre, para sentarme con ellos a tomarlo en las vías de mi tren. Pero nada me haría mas feliz, que me miraran otra vez con esas caras redondas e inexplicablemente felices.. y que sonriéndome solo me invitaran a tomar un trago de agua.

Desde Madrid los saluda y extraña: Dante, el pibe del Pasaje Los Incas

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